20 de julio de 1969. Medio mundo frente al televisor. El otro medio muriéndose de hambre. Neil Armstrong posa su pie sobre el satélite lunar mientras que Aldrin le sigue pocos minutos después. Collins espera en la nave. Mientras, un niño de siete años mira hacia el cielo de Madrid incapaz de entender una sola palabra de aquella mítica frase: "that´s one small step for a man, one giant leap for mankind". Él daría otro gran paso. Diecisiete años después.
En plena guerra fría, el hecho de que Yuri Gagarin realizara el primer vuelo espacial tripulado en 1961 supuso un duro golpe para el inabarcable ego de los estadounidenses. Por eso, en 1962, Kennedy se apresuró a afirmar ante el Congreso de su nación que pronto un hombre norteamericano pisaría la luna gracias a todo el apoyo logístico que se canalizaría a través del proyecto Apolo.
1979, España. Finalizada la transición y mientras políticos y burócratas se repartían el territorio peninsular como si se tratara de un gran pastel, un abulense, el Presidente Adolfo Suárez, aseguraba en un discurso frente a todo el país que pronto un español jugaría en la NBA en un intento por reafirmar el poderío hispano frente a la vecina Portugal en medio de una sorda batalla por la primacía peninsular. Eso sí, de apoyo financiero nada, que hay mucho funcionario de Comunidad Autónoma al que mantener. Obviamente, esto nunca sucedió, pero el hito de Fernando Martín es de dimensiones extraterrestres.
En 1986, año en el que España empieza a formar parte de la CEE, en Europa éramos conocidos por los toros, el flamenco y Benidorm. Nos temían porque, cual sanguijuelas, íbamos a empezar a saquear los fondos estructurales y de cohesión de los que antes se beneficiaban otros países. Sólo nos querían por nuestras aceitunas, nuestros vinos y nuestras mujeres. Pues sí, como ahora.
El español de los ochenta era bajito, moreno y bromista. Sin embargo, Fernando Martín era alto y fuerte, trabajador, honrado y serio. Mujeriego, sí, pero no al estilo de Pajares y Esteso, no un truhán sin escrúpulos o un baboso de barra de bar. Más bien un Don Juan de Zorrilla, un Giacomo Casanova de Madrid. Al morir joven nos recordó al rebelde Dean. Su única causa, el baloncesto.
Fernando Martín fue uno de los primeros grandes jugadores que emigraron desde el Ramiro para pasar a vestir de blanco. Lo hizo junto a su hermano Antonio y pronto se consagró como un jugador de referencia tanto en el Real como en la propia selección española con la que cosechó la plata en el Europeo de Francia 1983 y, muy especialmente, la plata bañada en oro de los Juegos Olímpicos de 1984, un logro que parecía rozar la categoría de lo imposible. Pero el destino de Fernando no estaba en Los Ángeles, sino unos cuantos kilómetros más al norte. Portland, Oregon. Allá vamos.
Y nada tiene que ver el verde paisaje de Portland rematado en el horizonte por el Monte Hood con el mar de la Tranquilidad de la Luna, pero la entidad de la hazaña puede considerarse análoga. En la década de los ochenta los entrenadores y managers de la NBA ignoraban casi por completo el baloncesto que se jugaba en Europa. Sólo unos pocos osados habían dado el salto antes que Martín. El madrileño fue drafteado por New Jersey, pero iría traspasado a los Trail Blazers donde coincidiría con jugadores del talento de Clyde Drexler, Kiki Vandeweghe, Terry Porter o el famoso Sam Bowie (sí, al que eligieron en el número 2 del draft de 1984 por delante de un tal Michael Jeffrey Jordan). Poco más de cien minutos, apariciones puntuales, contadas referencias en los noticiarios españoles. Un tratamiento indigno del calibre de su gesta. Las lesiones acabarían con su paciencia y regresaría a Madrid donde disputaría los últimos años de su carrera peleándose, en el sentido literal de la palabra, con Audie Norris y un Barcelona que empezaba a dominar las competiciones nacionales. Sumó a su palmarés la Copa del Rey y la Recopa de 1989 compartiendo pista, que no balón, con el gran Drazen quien realizaría un camino casi idéntico al de Fernando aterrizando en Portland para acabar despuntando en New Jersey y terminar muriendo en el interior de un coche, un espacio muy reducido como para acoger tanta grandeza deportiva. La de Drazen, la de Fernando, la de dos mitos.
Fernando no llegó a la Luna, Fernando sólo la observó para saber dónde quería llegar. Y llegó. Vivió una experiencia y dio un pequeño paso en su carrera, pero aquel viaje hacia lo desconocido supuso un gran paso para todo el baloncesto español al abrir las puertas de una liga que, entonces, parecía una ciudadela inexpugnable y en la que, hoy día, los Pau, Marc, Rudy y próximamente Ricky dan muestras de que ni bajitos ni quemados por el sol. Menos aún perezosos.
Gracias Fernando por soñar y cumplir tus sueños. Por derribar murallas. Por destruir estereotipos. Por jugar al baloncesto.
UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS