Vámonos de Copa





Ocho equipos. Ocho aficiones. Siete partidos. Muchas sorpresas. Un campeón. Números que definen una competición,  la Copa del Rey, consagrada como la más emocionante de nuestro baloncesto.

Dicen, los que la han jugado, que ni siquiera una Final Four logra generar una atmósfera comparable a la del torneo copero. Las gradas se convierten en un mosaico de colores representando a cada uno de los conjuntos participantes. Las aficiones realizan largos viajes y se hermanan entre sí para compartir nervios y, también, alguna que otra copa nocturna para celebrar u olvidar, en función de lo sucedido sobre la cancha.

Números son, también, los que afirman que el Regal Barcelona lo tiene complicado para resultar vencedor. Por un lado, la maldición del anfitrión y, por otro, el hecho de que ningún equipo haya ganado en tres ediciones consecutivas así lo atestiguan. Sin embargo, y sirviéndonos de uno de esos tópicos tan repetidos como infalibles, el equipo de Xavi Pascual tiene muy claro aquello de que las estadísticas están para romperlas. Es más, los que entienden, y los que apuestan, lo tienen claro. La copa ha viajado hasta Barcelona para quedarse y al rey, si es que hace acto de presencia, no le quedará otra que hacer entrega del trofeo al genial Juan Carlos Navarro.

Sin embargo, a pesar de que muchos periodistas ya tengan preparado el titular del domingo con la foto de la plantilla del Regal celebrando la consecución del título, lo cierto es que quedan muchas dudas por resolver. Y es que tampoco el cuadro se ha mostrado clemente con los de azul y grana quienes, para empezar, tendrán que superar al equipo revelación del campeonato, el Lucentum Alicante. En el caso de ganar, y salvo sorpresa, se verán las caras con el Caja Laboral de un Dusko Ivanovic con amplia experiencia ganadora en el torneo.


Más fácil lo tendrá el Real Madrid de Laso para acceder al partido decisivo. En el camino medirá sus fuerzas con Fuenlabrada, un equipo muy bien trabajado bajo la batuta del segoviano Porfirio Fisac, y en la supuesta semifinal, se encontraría con el vencedor de un derby andaluz venido a menos por el mal momento por el que atraviesan tanto Cajasol Banca Cívica de Sevilla como Unicaja de Málaga.

Es ésta, la de 2012, una edición marcada por las ausencias. Ausencia de históricos como Estudiantes o DKV Joventut, equipos que en los años 90 eran fijos no sólo entre los ocho, sino entre los favoritos a la consecución del título. Ausencia de los “Men in Black” de Bilbao, el conjunto más en forma del momento tanto en España como en Europa. Más argumentos a favor de que se repita la final de los últimos años, de que se confirme el dominio del Barcelona sobre un Madrid que aún se encuentra muy lejos de los niveles de competitividad, defensa y control de las situaciones que exhiben los de Pascual.

Será una copa con nombres propios. Los de jóvenes que buscarán consagrarse como Mirotic o Lima. Los de estrellas que asumirán las posesiones decisivas como Navarro, Teletovic o Fitch. Los de técnicos que buscarán estrenarse como Laso o Chus Mateo; o los de Pascual o Ivanovic que intentarán asegurarse un hueco en el olimpo de los entrenadores.

Será, seguro, una copa para disfrutar. Dice, la tradición, que habrá sorpresas. Dice, el sentido común, que ganará el Regal Barcelona. Digo, yo, que lo importante es que se vea buen baloncesto y que nuestro deporte salga reforzado de un fin de semana en el que, al menos, los medios de comunicación nos tienen en el punto de mira. Que empiece el espectáculo.

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

¿Enamorado del deporte equivocado?




Agarrado a su balón. Como tantas otras tardes. Con la vista perdida en el horizonte y frente al pabellón en el que lleva entrenando desde que era un entrañable benjamín me encontré a Fernando, uno de los chicos del equipo infantil del C.B. Santa Marta a los que tengo la fortuna de “dirigir”. Él, a pesar de sus doce años, es plenamente consciente de la difícil situación económica que atraviesa el club. Resulta imposible abstraerse cuando en todos las tertulias o corrillos de padres, entrenadores y directivos no se habla de otra cosa. Una pena que sea así cuando hace apenas unas horas que, tanto el Junior Masculino como el Cadete A femenino, han certificado su pase entre los ochos mejores equipos de Castilla y León.

La historia del club, nacido en julio de 2004 para incorporar al cada vez mayor número de jugadores surgido de las Escuelas del Ayuntamiento, parece estar tocando a su fin. Todo, o gran parte, por los repetidos incumplimientos de la palabra dada por parte del consistorio municipal. Ni siquiera la crisis económica, parapeto habitual de nuestra clase política, constituye un muro lo suficientemente opaco como para evitar que la luz de la sospecha llegue hasta nuestros ojos. Y la sospecha no tiene que ver sólo con una mala gestión, sino también con el orden de prioridades establecido, con la indiferencia con la que siempre se han dirigido hacia una institución, el C.B. Santa Marta, que luchando contra los elementos, se ocupa del crecimiento como personas y como jugadores de ciento catorce chicos y chicas que han hallado en el baloncesto esa fuente de inspiración para aferrarse a una vida que no tendría tanto sentido sin los momentos de amistad, compañerismo, esfuerzo y compromiso que encarna nuestro deporte.

Resumiendo las circunstancias, el cambio en el ámbito temporal del convenio, realizado de forma unilateral por parte de la corporación local, (si antes se renovaba cada 1 de julio, ahora es cada 1 de enero) deja en el limbo una cantidad nada despreciable de euros (la que se debería haber recibido para el semestre julio-diciembre de 2011) con la que se contaba a principio de temporada y que, en el caso de no llegar a cobrarse, colocarían al club en una situación de inviabilidad de cara al medio plazo (próxima temporada) al carecerse del remanente indispensable para costear los gastos federativos propios de la inscripción de los equipos.

Por este motivo, el pasado 10 de febrero tuvo lugar una Asamblea General en la que se discutieron las medidas a tomar y en la que, finalmente, se decidió adoptar una postura reivindicativa. Se apostó por hacer valer los derechos, no de la institución y sí de los 114 chicos y chicas que la dotan de alma y la nutren de espíritu. Se acordó la reclamación de los diez mil euros que pretende ahorrarse la corporación local al variar el ámbito temporal del convenio, sabedor de que esta cifra supone una cantidad vital para la supervivencia de nuestra asociación deportiva. 


Asistimos a un claro caso de falta de voluntad política, a un ejemplo inequívoco de la deriva moral en la que está entrando nuestra sociedad. Y es que una comunidad en la que la palabra dada no tiene valor vinculante es pobre y ruin. Lejos quedan los momentos en los que el honor era todo lo que llevábamos encima. Muy lejos. Demasiado.

“Si se extingue el club, con él se irá parte de mi vida” me afirma Fernando mientras dirige su mirada hacia el Pabellón Municipal cuyas luces se distinguen desde la distancia. Quizá no vuelvan a brillar nunca más, no al menos para iluminar el esfuerzo sincero de diez jugadores que con la excusa de meter un balón en un aro exhiben fortaleza y vigor, verdad y valor a partes iguales. Quizá les impidan seguir jugando al baloncesto en Santa Marta, defender unos colores con los que algunos se vistieron antes de saber, siquiera, lo que significaban. No se lo pondremos fácil. 

No, porque la familia que compone este club está decidida a agotar todas las fórmulas para poner fin a esta injusticia. Se saldrá a la calle si es necesario. Los políticos y demás instituciones públicas no podrán hacerse eternamente los sordos y tendrán que escuchar el bello sonido, quizá ruido para ellos, de cientos de balones en la plaza del pueblo. Sabrán, entonces, cómo late el corazón de un chico enamorado del baloncesto, el sentimiento contenido en cada sucesión de sístoles y diástoles.

Para que Fernando, Emilio, Ana Belén o Lucía puedan seguir jugando en el club que les vio crecer. Para que ciento catorce historias sigan ligadas al baloncesto en vez de derramarse por los múltiples y turbulentos cauces de la vida. Por todo ello DIFUNDE este post y reivindica, con ello, el derecho de estos chicos a jugar y ser felices en el lugar donde nacieron, vistiendo los colores que un día les impusieron y que hoy sienten como si formaran parte de su propia piel.

POR EL CUMPLIMIENTO DE LOS COMPROMISOS, POR LOS DERECHOS DE NUESTROS JÓVENES Y POR EL AMOR AL BALONCESTO... LARGA VIDA AL C.B. SANTA MARTA


La Canasta del año




Pocas horas después de publicar mi particular previa del Celtics-Lakers de esta noche, una canasta de Austin Rivers sobre la bocina me recordó que ni siquiera el duelo entre los de verde y los de púrpura y oro puede equipararse, en términos de emoción y competitividad, al que tiene lugar cada año entre dos de los programas universitarios más exitosos del país, el que enfrenta a los dos College más importantes del estado de Carolina del Norte. Duke y North Carolina.

Si Boston y Los Ángeles representan modelos de vida opuestos separados por más de 4.000 kilómetros de distancia, apenas 14 separan a los dos campus antes mencionados. 14 kilómetros que en torno la Autopista 15-501 conforman un corredor de alto contenido tecnológico especializado en la investigación médica. Los alumnos de uno y otro campus comparten restaurantes y cines. Quizá se corten el pelo en el mismo establecimiento. Pero no durante la semana del partido.

Ni siquiera el alto nivel intelectual que caracteriza a los miembros de uno y otro college impide que sean los instintos más primitivos los que reinen durante los días previos a la gran cita. Desde este punto de vista se entiende que sea el resultado del partido el que determine la superioridad de unos, los ganadores, sobre otros, los perdedores. 




La discusión sobre esta rivalidad también se puede entablar en términos filosóficos. Así, si los Blue Devils (Duke) representan valores como la renuncia al ego y la fe en el colectivo, los Tar Heels se caracterizan por haber fabricado alguno de los mayores talentos ofensivos de la NBA encarnados en hombres como Worthy, Jordan o Vince Carter. De ser esto cierto se pondría de manifiesto que los caminos de la victoria pueden llegar a ser muy diferentes, pero yo prefiero recordar que por Duke han pasado jugadores de la talla de Elton Brand (Míster 20-10 no por nada) o Grant Hill (el llamado a suceder a Jordan), mientras que también la Universidad de Carolina del Norte ha cosechado títulos con rosters más modestos como el que encabezaba Tyler Hansbrough (un séptimo hombre en la rotación de Indiana Pacers) en la primavera de 2009. Eso sí, parece que los jugadores de Duke son más grandes bajo el cobijo de Coach K, mientras que los graduados de North Carolina no experimentan tal sentimiento de dependencia saliendo mejor preparados para volar con sus propias alas.

Pero más allá de la lucha por la jerarquía dentro de la región y de cuestiones filosóficas, lo cierto es que si esta rivalidad ha ido creciendo a lo largo de los años es porque grandes jugadores, grandes técnicos y grandes momentos han contribuido a dicho crecimiento. No en vano, el partido de anoche se disputaba en el pabellón Dean Smith en honor al mítico técnico, quizá el único hombre ante cuyos pies el Dios Jordan se postraría.

Con 22.000 almas vestidas del azul celeste que caracteriza a los Tar Heels y, muchas de ellas, con sus caras pintadas, los chicos de Duke parecían condenados a la derrota. Los de Coach K presentaban los peores números defensivos de la historia del mítico entrenador y todo hacía indicar que el factor cancha jugaría un papel determinante en la resolución del compromiso. Además, el poderío de Tyler Zeller bajo los tableros decantaría pronto la balanza del rebote en favor de los de Roy Williams poniendo mucha presión en los talentosos aleros de Duke quienes, ante la falta de rebote ofensivo y de capacidad defensiva, se vieron pronto obligados a conseguir altos porcentajes de acierto.

Y así, según lo previsto, se fue desarrollando el partido. Las ventajas de North Carolina rondaron siempre los diez puntos durante la segunda parte y todo parecía controlado cuando a falta de dos minutos y 35 segundos el marcador reflejaba un 82-72 tras la canasta de la futura estrella Harrison Barnes. Fue entonces cuando los aleros de Duke sacaron su fusil demostrando tener el mejor juego exterior de toda la competición. Kelly, Thornton, Curry (el hermano menor de Stephen) y Rivers se turnaron para anotar y destrozar el perímetro de North Carolina hasta llegar a los últimos 13 segundos con posibilidades de victoria. Con 82-83 en el marcador el siete pies antes mencionado, Tyler Zeller, disponía de dos tiros libres para garantizar, al menos, la prórroga para su equipo. Sin embargo, un fallo en el segundo fue reboteado por Mason Plumlee quien rápido le entregó el balón a Austin Rivers para que éste, en las narices del propio pívot rival, con poco más de un segundo en el reloj, clavara un triple desde más allá de la línea para conseguir la victoria más prestigiosa que puede obtener un alumno de Duke en su primer año de carrera.

29 puntos y 5 rebotes ante la atenta mirada de un padre orgulloso que se camufló entre la airada afición de Carolina del Norte para seguir los pasos de un hijo que pronto hará que Doc Rivers deje de ser recordado por sus años de jugador en Atlanta o por sus éxitos en el banquillo de Orlando o los Celtics (no olvidemos que ya posee dos galardones a mejor entrenador del año) para pasar a la historia como el padre de uno de los mejores bases que han llegado a jugar en la liga. De momento, este chico de 19 años ya ha metido la canasta del año. Muchos méritos habrán de hacer Lebron, Durant o Rose para superar el significado de un triple, en el último segundo y en territorio enemigo que sirvió para silenciar a 22.000 almas que desde ayer saben que durante unos cuantos días son los de Duke los que mandan. 




UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Récords individuales, deriva colectiva





En el calendario de todo seguidor de los Celtics siempre hay una fecha marcada en rojo. Se trata de la visita de los Lakers al Garden, de la reedición de la rivalidad más encarnizada del deporte americano, mayor aún de la que mantuvieron en el pasado los Cowboys de Dallas y los Redskins de Washington en la NFL y al nivel de la enemistad existente entre los New York Yankees y los Boston Red Sox en la MLB. Sirviéndonos de símiles futbolísticos sólo un Real Madrid-F.C. Barcelona o un Boca Juniors-River Plate resistirían la comparación.

Todo desde un ambiente que se ha ido moderando. Lejos quedan las batallas de los 80 en las que los aficionados del Garden o del Forum de Inglewood odiaban realmente a los jugadores rivales. Es mítica la falta de Kevin McHale sobre Kurt Rambis que para muchos expertos supuso un factor clave en el desenlace de la eliminatoria (Los Celtics acabarían venciendo 4-3 en las finales de 1984). Para el conocido analista norteamericano Bill Simmons (@Sportsguy33) la clave no fue la falta de McHale, sino la reacción de James Worthy separando a su compañero empujándolo contra las Cheer Leaders. Una conmovedora escena, no cabe duda. 




Es más, durante la propia década de los 80, la rivalidad adquirió, incluso, tintes raciales. Los afroamericanos simpatizaban más con unos Lakers liderados por Magic, Worthy y Kareem, mientras que los blancos (la mayoría republicanos en cuanto al espectro político) se identificaban en mayor medida con los Celtics de Larry, McHale o Danny Ainge. Sin embargo, esta identificación peca de simplista y podría elevarse a la categoría de mito. No en vano un negro, KC Jones, entrenaba a los Celtics mientras que un blanco, Pat Riley, fue el ideólogo de esa filosofía de juego que pasaría a la historia con el sobrenombre de “Showtime”.

Lo verdaderamente cierto es que esta rivalidad no fue tal hasta que en 1985 los Lakers consiguieran batir por primera vez a los Celtics en unas finales de la NBA. Hasta entonces habían disputado ocho finales y en todas ellas habían vencido los de Boston. Gigantes de este deporte como Chamberlain, Baylor o Jerry West hubieron de despedirse sin conocer el sabor de vencer a los chicos de verde en la gran cita.

Jugar en casa siempre es importante. Sin embargo, tradicionalmente, este factor cobraba mayor importancia cuando el partido había de disputarse ante la ruidosa (y bien surtida de cerveza) afición de Boston. Este matiz tenía un indudable carácter socioeconómico. Los aficionados de los Celtics acudían a los partidos tras un duro día en la fábrica de acero, mientras que los de los Lakers lo hacían después de recoger la sombrilla de la playa con las diferencias en los niveles de estrés que ello supone. Sin embargo y más allá de estos tópicos, el halo del Garden se ha ido perdiendo no sólo por la modernización de la base económica del estado de Massachusets, sino también por la pérdida de elementos identitarios que hacían del Garden un lugar único en la liga (derribo del viejo pabellón junto a la vía del tren en el que no había aire acondicionado, introducción de las Cheer Leaders, proliferación de palcos VIP). Recurro de nuevo al irónico Bill Simmons quien en una entrevista asegura que las únicas dos diferencias que existen en la actualidad entre el Staples y el TD BankNorth Garden son “que los aficionados de Boston asisten de pie al salto inicial y que no abandonan el pabellón en partidos igualados para evitar la congestión en el tráfico”. 



Pues bien, mañana jueves las franquicias más laureadas de la liga medirán sus fuerzas en un encuentro marcado por la reciente consecución de récords individuales por parte de sus jugadores estandarte. Así, si el pasado lunes Kobe Bryant superaba a Shaquille O´Neal como quinto máximo anotador de la historia de la liga, esta pasada madrugada Paul Pierce se situaba como segundo máximo anotador de la historia de los Celtics al rebasar la marca de Larry Bird. Ambos jugadores llegaron a la liga en los momentos finales de la carrera de Michael Jordan y ambos, al igual que el 23 de los Bulls, son ejemplos de longevidad y de lealtad a una franquicia. Y aunque la diferencia en títulos es obvia a favor del escolta de Philadelphia, Paul Pierce está considerado como el mejor anotador de la historia del equipo con más anillos de todos los tiempos.

Al duelo individual entre los dos hombres récord del momento, hay que unir, como aliciente extra, el reciente rumor de traspaso que involucraría a ambas franquicias. Según éste Pau Gasol aterrizaría en Boston a cambio de Rajon Rondo y Brandon Bass. Los Celtics sacrificarían la posición de base y apostarían por rodear a sus dos anotadores, Pierce y Allen, con dos futuros hall of famers en posiciones interiores, Kevin Garnett y Pau Gasol. Para el de Sant Boi se abriría una opción única para ser el primer jugador en ganar el título con las dos franquicias, algo que Shaq no pudo conseguir la temporada pasada (lo mismo podría aplicarse para Rondo). Los Lakers adquirirían un base joven con categoría de All Star que podría aliviar a Kobe de las tareas de play maker que a veces se ve obligado a asumir por la incompetencia en el manejo de balón de Derek Fisher. Sin embargo, un juego interior sin la pareja Bynum-Gasol se convierte en vulgar e insuficiente de cara a pelear por el campeonato.

Poniendo en duda la viabilidad de este rumor, me parece más interesante y realista hablar del aspecto puramente deportivo. Aunque tanto Celtics como Lakers acuden a la cita con balances casi idénticos (14-10 y 14-11 respectivamente) los resultados recientes permiten concluir que los verdes van para arriba, mientras que los de púrpura y oro están atravesando un pequeño bache. Bryant, Bynum y Gasol no son siempre suficientes. El banquillo es uno de los peores de la liga y los sistemas de Mike Brown parecen ortopédicos y previsibles. El partido del jueves puede marcar el destino de los Lakers en la gira por el este que están realizando y que les llevará a New York en la noche del viernes. Y a su vez, y encadenando, del resultado de esta gira pueden depender próximas decisiones en los despachos.

Doc Rivers, en cambio, está empezando a confiar en su banquillo. Los titulares no juegan más de treinta y cinco minutos en los que son altamente productivos. Kevin Garnett parece estar recuperando sus piernas y Paul Pierce promedia más de 6 rebotes y 6 asistencias desde que Rondo cayera lesionado. Por su parte, Ray Allen, como viene haciendo en los últimos años, se mueve en un 50% de acierto en triples. Sin embargo, más allá de estas pequeñas luces, pesan más las sombras pues todo hace indicar que esta plantilla, envejecida, no podrá competir ante las piernas frescas de los Heat o los Bulls.

Como suele decirse en estos casos, un derby siempre es especial y diferente. No importan los antecedentes, la historia o el pasado reciente. Sólo lo que ocurra en los 48 minutos que durará el partido y en el que se renovará la rivalidad más apasionante de nuestro deporte. Y a riesgo de parecer parcial... Let´s go Celtics!

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Detalles y sorpresas





A razón de 10.000 tuits por segundo se dirimió la final de la National Football League. Multiplíquenlos por los 60 segundos que integran cada uno de los 240 minutos que duró el partido y háganse una idea de la repercusión global del evento televisivo más importante del año en los Estados Unidos. La Superbowl.

No nos equivoquemos. No es sólo farándula. Estaba en juego el título más deseado por los niños que crecen de oeste a este de los Estados Unidos, aquél con el que sueñan quienes no nacen con un bate o un stick en las manos. O junto a una cancha de baloncesto. Se enfrentaban los Patriots y los Giants representando a dos ciudades del nordeste americano, avanzadillas de todo el proceso que culminaría con la independencia del gran país. Se enfrentaban las fábricas manufactureras de la Nueva Inglaterra frente a las sedes de los bancos de la Gran Manzana. Se medían dos estilos de vida tan próximos en el espacio como separados por la filosofía. Perdieron los austeros bostonianos. Ganaron los virtuosos neoyorquinos. Mentira.

Simplificando, seguro en exceso, se medían dos equipos bastante semejantes. Dos registros similares que, con mayores o menores dosis de fortuna, se habían plantado en la final sin haber sido los mejores equipos durante la temporada regular (lo habían sido los Green Bay Packers por récord y por juego). Y ganaron los Giants, tras jugar los cuatro encuentros de Playoffs fuera de su estadio, yendo siempre de tapados. Como hicieron hace cuatro años. ¿Cómo? Gracias a grandes jugadas, aprovechando errores del rival y con una pizca de suerte, la que necesitan los campeones para distinguirse de quienes no lo son al convertir en eterna la mínima distancia que los separa de los finalistas. La misma que los libros de historia no tienen a bien reflejar.

Lo lograron, también, gracias a ese corazón de campeón al que hacía mención Rudy Tomjanovich en su discurso tras haber conseguido el segundo anillo de campeón de la NBA con los Houston Rockets. “Nunca subestimes el corazón de un campeón”. Y sobre esta frase y en relación con la sorprendente, merecida y, al mismo tiempo, ajustada victoria de los Giants en la XLVI Superbowl va a girar el contenido de este post. Un homenaje, creo que merecido, a aquellos equipos de baloncesto por los que nadie apostaba a priori y que se encomendaron a la fe y al trabajo para conseguir grandes éxitos.

Hablar de Boston Celtics y de Cenicienta en una misma frase puede resultar incongruente. No lo es tanto si recordamos las condiciones en que partía la franquicia del trébol en la temporada 1968-1969, a la postre la última de Bill Russell como jugador. Con el número 6 combinando su labor en la cancha con la de entrenador todo hacía indicar que unos verdes envejecidos y cansados de ganar serían presa fácil para unos hambrientos Lakers en los que estrellas como Jerry West o Elgin Baylor  aún buscaban su primer anillo. Sin embargo, con el confeti preparado, y con grandes dosis de suerte (un tiro de Don Nelson golpeó la parte trasera del aro y se elevó hasta el cielo del Forum de Inglewood hasta caer dentro del aro y sentenciar el encuentro. Por no hablar del tiro de Sam Jones sobre la bocina que le dio a los Celtics el empate a dos en la eliminatoria) el anillo voló de nuevo hacia el Garden de Boston.

Sin esa estela de campeón que aún acompañaba a aquellos denostados Celtics se presentaron en los playoffs por el título de 1977 los Portland Trail Blazers de Maurice Lucas y un aún sano Bill Walton. La media de edad de los jugadores no llegaba a los 26 años y, sin embargo, aquellos Blazers no tendrían problemas para vencer a los Lakers de Jabbar y a los Sixers de Julius Erving para alcanzar el primer y único anillo de la franquicia de Oregon. 




Toca remitirse de nuevo a 1995 y al segundo anillo consecutivo de unos Houston Rockets que habían firmado un modesto récord de 47 victorias y 35 derrotas en la temporada en que defendían el título. Fue entonces cuando Hakeem Olajuwon se empeñó en dejar claro quién era el amo de la pintura ante aspirantes como Karl Malone, David Robinson, Charles Barkley o el propio Shaquille O´Neal que poco pudieron hacer ante el poderío físico, técnico y táctico del nigeriano.




Permítanme incluir en esta reducida lista de equipos sorprendentes, de campeones con mentalidad ganadora y fe de acero, a los Pistons de 2004. Aquel equipo de Detroit presentaba sobre el parqué un quinteto sin estrellas integrado por Billups, Hamilton, Prince, Rasheed Wallace y Ben Wallace, amén de un banquillo conformado por un Okur aún muy verde, Lindsey Hunter (un base apañadito) y por un Corliss Williamson tan sobrado de clase como necesitado de centímetros. Con estos ocho jugadores y apariciones puntuales de un veterano Elden Campbell fueron pasando rondas en una Conferencia Este que, por otra parte, parecía un erial para ir directos al matadero, a las finales de la NBA frente a los Lakers de los Cuatro Fantásticos con Payton, Bryant, Malone y Shaquille dirigidos por Phil Jackson. Y vencieron. Y no de manera ajustada. Más bien de manera brillante, aunque a muchos no se lo parezca, minimizando el factor O´Neal y desquiciando a Kobe gracias a los enormes brazos y a la actividad defensiva de un Tayshaun Prince que parecía tocado por una varita. 




Cuatro ejemplos a los que hay que unir la historia del TDK Manresa de la temporada 1997-1998 que acompañó con el título de liga a la ya sorprendente Copa del Rey conquistada dos temporadas antes. Tras finalizar sextos en la temporada regular los de Luis Casimiro se deshicieron de Estudiantes, Madrid y Tau Cerámica cediendo un solo partido en cada eliminatoria con un tal Joan Creus como MVP de la final. 



El trabajo bien hecho puede no venir acompañado de una victoria, pero ninguna victoria puede llegar sin haber realizado un buen trabajo.

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

El Camarero





Padre de familia y enamorado del golf. Así vive sus años de retiro el emigrante croata más famoso de los Estados Unidos al que ni siquiera los recientes rumores sobre su presunta participación en una red de prostitución alteran el ánimo. Hablamos de Toni Kukoc.

El mismo alero adolescente que lideró junto a Radja, Tabak o Perasovic a la imparable Jugoplastika de finales de los ochenta. El mismo que acompañó a Petrovic y Divac en los Europeos conquistados en 1989 y 1991 y en el Mundial de 1990 con la extinta Yugoslavia. Pasados los años aún conserva su aire intelectual, el mismo que le llevó a ser considerado uno de los mejores pasadores de este juego. 






Si mides 2,10, eres zurdo y posees una coordinación fuera de lo común lo tuyo no es el fútbol. Algo así le debió decir Sergio Kresic, su entrenador en el Hadjuk Split cuando Toni aún era un prepúber. No porque no pudiera hacerlo bien. Sí, porque existía (y existe) un deporte que parecía (y parece) diseñado a su medida. Y así quedó demostrado durante sus primeros años en Europa repartidos entre la Jugoplastika y la Benneton de Treviso hasta el punto de ser considerado como el mejor jugador de la Euroliga en 1993. El talento de Toni era conocido en todo el mundo y, sin embargo, la cerrazón y falta de visión de algunos general managers americanos, posibilitaron el que Kukoc fuera elegido en la vigésimonovena posición del draft de 1990 por detrás de una gran cantidad de tipos que ni siquiera hicieron carrera en la NBA.

Su llegada a la liga coincidió con un momento de incertidumbre tanto para ésta como para la propia franquicia de Chicago. Michael Jordan había anunciado que abandonaba el baloncesto a raíz de la muerte de su padre para probar fortuna con el béisbol. Los Bulls afrontaban una etapa de transición con un Pippen descontento y con un Phil Jackson convencido de que su gran estrella regresaría tarde o temprano a su verdadero hogar, la cancha de baloncesto.

Kukoc tardaría poco en darse cuenta de dos cosas. Una, su juego era más que suficiente para ser importante en la NBA y dos, sus compañeros y su entrenador no se lo iban a poner sencillo. Y no se trata de un caso de xenofobia o trato discriminatorio, sino de varias circunstancias que jugaron en contra del croata.

Es por todos conocida la mala relación entre Jordan y el General Manager, Jerry Krause. Pues bien, el joven croata se convirtió pronto en el “hombre del presidente”, en el yerno ideal extremadamente mimado y, pronto, los dardos empezaron a planear sobre su cabeza. Su contrato multimillonario coincidió con un momento en el que tanto Jordan como Pippen se encontraban infravalorados salarialmente.

El dúo ganador de los Bulls no esperó tan siquiera a su llegada para hacerle saber lo que le aguardaba. Fue durante los dos partidos que disputaron Croacia y Estados Unidos en los Juegos Olímpicos de Barcelona (partido de grupo y la Gran Final) cuando las dos estrellas norteamericanas quisieron comprobar de qué material estaba fabricado el emergente talento balcánico. 




Más duras aún fueron las pruebas a las que se vio sometido por su entrenador, el entonces grande y hoy leyenda, Phil Jackson. Amante de exponer a sus jugadores ante la prensa, algo que sabe bien Pau Gasol, Phil retaba al croata con declaraciones del tipo: “Hoy Kukoc ha jugado bien porque pudo hablar con su madre por teléfono”. Del mismo modo, también es conocida la afición de Phil Jackson por regalar libros a sus jugadores. Pues bien, el primero que recibió Kukoc de la mano de su técnico fue un cómic sin apenas diálogos con una nota que traducida al español diría algo así como: “No estaba seguro de que pudieras leer en inglés”.

Hay diferentes caminos para reaccionar ante una situación hostil. Uno es agachar las orejas y aguantar hasta que escampe el temporal. La otra, la de los jugadores con carácter sabedores de su talento, demostrar lo que llevan dentro. En el caso de Kukoc, capacidades técnicas y compromiso con el juego de equipo. Capacidad para hacer mejores a sus compañeros. Y para ganar partidos. Como hizo a falta de 1,8 segundos en un partido de playoffs ante los Knicks en una jugada que Jackson diseñó para él haciendo que Pippen rehusara volver al parquet. Carácter ganador. Gen yugoslavo. 




Cuando Jordan regresó, Kukoc pasó a ocupar el rol de sexto hombre, ganando el galardón que conmemora al mejor jugador de banquillo en 1996, la temporada del récord de victorias en temporada regular, quizá la de mayor dominio por parte de un equipo profesional en ningún deporte (sólo comparable quizá a la del F.C. Barcelona en 2009). Y parte esencial de aquel éxito fue, sin duda, el juego altruista y generoso del zurdo apodado como “The Waiter” por su facilidad para servir canastas en bandeja para los compañeros.

Kukoc no tiene dudas. De haber jugado para sí mismo habría cosechado medias de más de veinticinco puntos por partido en vez de las más modestas de 13, 14 ó 15 que se elevaron hasta los 18 cuando se quedó al frente de unos Bulls deshechos tras la marcha de Jordan y de Scottie Pippen. De haberlo hecho de aquella manera habría ganado más dinero, habría estado presente en varios All Stars y, sin embargo, no habría conquistado ningún anillo. Así, por tanto, podemos encuadrar al croata entre esos escasos guardianes del secreto entre los que se cuentan algunos de los hombres a los que ya hemos rendido homenaje desde este blog como Bill Russell, Michael Jordan, Magic Johnson, Larry Bird o Isiah Thomas. Sin ser tan grande como éstos Kukoc siempre supo cuál era el camino más corto hacia la victoria. Su talento también ayudó.

Ahora Michael y Toni rememoran viejas vivencias mientras pasean por los campos de golf. Olvidadas quedan las primeras disputas, las dudas iniciales y los desencuentros. Ahora sonríen y lucen sus seis y tres anillos respectivamente. Comparten carcajadas y se dicen algo al oído. ¿Será el secreto?

Comparte con nosotros tus recuerdos sobre el gran anotador y mejor pasador que fue Toni Kukoc, sobre su capacidad para jugar en cualquier posición y para meter tiros importantes. Recuerda, también, si quieres, los años que vivió en Philadelphia o Milwaukee dando clases de baloncesto cuando ya sus piernas le impedían volar tan alto como en su juventud (ese talento físico con el que también contaba y que quedó un tanto eclipsado por sus otras capacidades). 





UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Inspiración



El reloj de la mesilla marcaba las seis y media. Tocaba desperezarse y abordar el último repaso de cara al examen de las diez. La noche anterior había dejado grabando el Magic-Celtics, la oportunidad de revancha para unos chicos de Orlando que habían caído cuatro días antes frente a los de Boston por un deshonroso marcador de 87 a 56. El tiempo me cunde y consigo terminar el estudio a eso de las ocho y cuarto. No puedo reprimirme y acudo al salón para ver el partido. Pero no hay partido.

A las bajas ya conocidas de Jeff Green, Rajon Rondo y Ray Allen se une la de un Jermaine O´Neal acuciado por unas dolencias crónicas de rodilla. El roster de los Celtics parece el de un equipo de la liga de Puerto Rico al que han llegado para retirarse Paul Pierce y Kevin Garnett. No me extrañaría que algún chico de Orlando recién llegado desde Disneyworld le preguntara a su padre por la procedencia de esos tipos vestidos de verde llamados Moore, Bradley o Stiemsma y que éste sólo pudiera responderle: “Calla, estoy buscando a Larry Bird”.

Pero como bien dijo Rick Pitino respondiendo a sus nostálgicos críticos, “Larry Bird is no walking through that door”. Y sin embargo, sin Bird o Russell, sin Cousy o Havlicek, sin Cowens o McHale, a los Celtics se les reconoce de lejos. Caminan con la frente alta, con la barbilla apuntando al cielo y con el pecho hinchado. Eso sí, anoche hicieron falta 24 minutos para poder identificarlos.

Aun sin Howard, relegado al banquillo por dos faltas tempraneras, Orlando anotaba desde todas las posiciones y a través de todos los jugadores. Cogían todos los rebotes, robaban y salían al contraataque. Se estaban sirviendo en frío la tan ansiada venganza. 32-16 el primer cuarto, 26-21 el segundo. Máxima de 27 en un momento del segundo cuarto. 58 puntos totales, más que en los 48 minutos del lunes. ¿Qué había cambiado?

Pagaría dinero por conocer lo que se dijo en el vestuario visitante del Amway Center durante los viente minutos que dura el descanso en la NBA. Me gustaría saber cómo Doc Rivers se introdujo en la mente de sus jugadores para picarles en su orgullo al tiempo que les invitaba a confiar en ellos mismos y en sus compañeros. Me gustaría saber cómo se urdió la transformación de un equipo derrotado, superado en todas las facetas, cómo se reconstruyó la autoestima de unos jugadores que habían perdido todas las batallas individuales durante los dos primeros cuartos.

Apareció Pierce, como en tantos otras remontadas, como en tantos otros momentos cruciales de la historia reciente de los Celtics. Ejerció de base en ausencia de Rondo, defendió con balón, sin él, reboteó y anotó. Le acompañó Garnett. Defendiendo a Howard como sólo un veterano e inteligente jugador puede hacer. Taponó balones desde una altura que hacía tiempo que no visitaba, metió tiros tras el fade away como sólo él sabe hacerlo. Y surgió Moore, un producto de Purdue, un olvidado del draft por su debilidad física, pero un anotador de vieja escuela, de esos que convierten tiros importantes como si hubieran nacido sólo para ello.

Aparecieron los Celtics, los del espíritu de Juanito a la americana. Los que ostentan la mayor remontada en un último cuarto de Playoffs. Los que poseen el récord de mayor “comeback” en unas finales. Esos que como el propio Daimiel reconoce “nunca defraudan”. Sacaron el recetario, el de las grandes gestas, el de las viejas noches. Recordaron las señas de identidad que les convierten en una marca de calidad patentada. Si los Bulls son el equipo en el que jugó Jordan, Houston el lugar donde bailó Olajuwon o Los Ángeles la sede del Showtime, los Celtics son mucho más que eso. Más que jugadores o tendencias, más que períodos concretos de éxito.





Una filosofía basada en el trabajo, una lucha constante alimentada por la fe. El orgullo de no dar un balón por perdido, la constancia del que se sabe inspirado por una fuerza no terrenal. Y de esa fuente de inspiración bebieron Russell, Auerbach o Bird al tiempo que aumentaban su efecto y su leyenda. Una fuente que no es exclusiva ni excluyente, que acoge a todos los que quieran convertirse. Converso es Pierce, un joven angelino que practicaba en los suburbios de Inglewood para poder jugar como Magic. Converso es Rivers, un Hawk resignado a perder una primavera tras otra contra los chicos de Bird y McHale. Llegaron de fuera, pero ya son nuestros.

Doc Rivers es un gran estratega. Un enamorado de la defensa que hace años incitó a sus jugadores a pasar a la historia como el mejor equipo defensivo de todos los deportes americanos recordando a los Chicago Bears de 1985. Doc Rivers es un motivador, un entrenador de jugadores. Al finalizar la gran remontada culminada con un 91-83 que supone un parcial de +35 desde que los de Orlando se pusieran 27 arriba, muchos entrenadores hubieran caminado con altivez hacia el banquillo repasando mentalmente lo buenos y guapos que son. Rivers, en cambio, sufrió el agasaje de sus jugadores. Buscó una a una, la mirada de sus jugadores para después darse un abrazo con ellos.

No puedo decir mucho más. El día no pudo empezar mejor. Sólo me queda la lástima de que este encuentro no fuera retransmitido en abierto. Los chavales habrían podido comprobar lo que significa el baloncesto, los principios de esfuerzo y recompensa que lo hacen tan especial. Os invito a ver el partido, más bien los dos partidos que en 48 minutos se sucedieron. Os recomiendo que os sentéis y disfrutéis del esfuerzo y la entrega, de la defensa y la intensidad física, del liderazgo de Pierce y Garnett y del modo en que éstos involucraron a todos sus compañeros.




De lo que es ser un Celtic. Aunque muchos no lo entendáis.

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

No hay debate




La llegada de Ricky Rubio a la NBA, más allá de fascinar a la prensa y al público norteamericano, ha reabierto viejos debates dogmáticos sobre la pureza de nuestro deporte.


Todo, porque en cuestión de meses hemos visto dos versiones radicalmente diferentes del base de El Masnou. Dos caras opuestas que no encuentran su única explicación en las mejoras propias del verano o en su participación exitosa en el Eurobasket de Lituania. Parece lógico recurrir, por tanto, a argumentos tácticos y de gestión para explicar el temprano éxito de Ricky en una competición que le ha recibido con los brazos abiertos. Parece lógico hablar de Adelman y de Pascual, de estilos de entrenador y de filosofías de juego.


Xavi Pascual, con la inestimable colaboración de Chichi Creus en los despachos, ha convertido a un club ya de por sí ganador, en el mejor equipo de Europa. En mi opinión, el hecho de que no conquistara la Euroliga del año pasado no le hace menos merecedor de este virtual galardón. El Regal Barcelona sienta las bases de su éxito en una defensa inexpugnable que parte, a su vez, de toda una serie de principios como la defensa agresiva sobre balón y las líneas de pase y por la presencia intimidadora de jugadores de gran envergadura protegiendo la canasta. Si a estos presupuestos universales le unimos la gran labor de “scouting” llevada a cabo por el cuerpo técnico nos encontramos con la mejor defensa de Europa. Y no nos engañemos, tener la mejor defensa es sinónimo de aspirar a lo máximo a un lado y otro del Atlántico. Boston triunfó en 2008 teniendo la mejor defensa y Chicago y Miami son claros aspirantes al título de este año no sólo por su talento ofensivo, sino y sobre todo, por su trabajo en la retaguardia. 




Es en la parcela ofensiva donde se dan los mayores contrastes. Xavi Pascual apuesta por sistemas largos, muy móviles y que generan opciones tanto dentro como fuera especialmente para jugadores clave como Lorbek, Mickeal o Navarro. En muchas ocasiones, la labor del resto de jugadores consiste en hacerles llegar la bola en las mejores condiciones para que luego éstos, con su talento, resuelvan. Las posesiones se juegan a una media de dieciséis segundos y el promedio total de tiros por partido es sensiblemente inferior al de la NBA con independencia de los ocho minutos más de tiempo en esta última competición. Todo ello para garantizar un balance defensivo óptimo y minimizar las opciones de anotación del rival en “cancha abierta”. Y pocos podrán poner en duda la eficacia de este sistema. Los títulos jalonan las salas del Museo del F.C. Barcelona y Xavi Pascual se ha ganado a pulso un hueco entre la élite de entrenadores europeos. 




Rick Adelman representa otro modelo, otros principios y otra filosofía. Sus ataques se basan en el juego libre y en la iniciativa individual de los jugadores. Están controlados, al menos en Minnesota, por el base, jugador que hace las veces de entrenador en el campo. Es éste el que interpreta las necesidades del partido en cada momento leyendo qué jugador se encuentra caliente o a en qué situaciones debe recibir la bola cada compañero. Todo en el marco de una línea conceptual compartida por todos y que, en ocasiones, necesita verse ajustada. Es entonces cuando Adelman, o cualquier otro entrenador NBA, marca jugada o pide un tiempo muerto. 




Algunos piensan que Ricky Rubio está hecho para la NBA, para triunfar en un estilo de juego que es, por definición, más rápido y libre. Yo, en cambio, creo que ha ido a parar al lugar adecuado y a las manos de un inmejorable tutor y que, de haber jugado para Phil Jackson, Tom Thibeaudau (entrenador de Chicago) o Doc Rivers, hubiera sufrido tanto o más que en el Barcelona.


Pienso, en contraposición a lo que defiende la mayoría, que hay un único baloncesto, un único deporte y no dos. Las diferencias en las reglas, en la duración de las posesiones, en la gestión de las rotaciones o en el criterio arbitral sólo son matices, pequeñas pinceladas que no pueden ocultar que son mucho mayores los nexos de unión que las diferencias. Me muevo en el término medio, en el que según Aristóteles, y el tiempo le ha dado la razón, se encuentra la virtud. Por ello me atrevo a hacer estas afirmaciones:


1. ¿Está el talento bajo sospecha en el baloncesto europeo? FALSO.  La mayor parte de los sistemas que desarrollan los principales equipos del baloncesto FIBA están pensados para hacerle llegar el balón al jugador más destacado se llame éste Navarro, Spanoulis o Carroll.



2. En la NBA no se defiende. FALSO. El mayor talento uno contra uno y la velocidad de alguno de los clásicos “jugones” obliga a conceder tiros antes que penetraciones. Sin embargo, se defiende muy duro en líneas de pase y en todos los bodychecks y bloqueos de rebote el contacto permitido es cien veces mayor que en Europa. El bloqueo directo siempre se defiende pasando de segundo (rara vez se ven fórmulas más conservadoras como pasillos o defensas en “push”) y se permite el uso habitual de manos y antebrazos. Se anota con más facilidad por el mayor talento general de la liga norteamericana, no por el menor esfuerzo defensivo o porque los entrenadores incidan más en aspectos ofensivos.

3. Los partidos excesivamente tácticos son aburridos. FALSO. Quizá sí para un aficionado esporádico o para un neófito en la materia. Sin embargo, la alternancia de defensas y la forma en que los ataques resuelven problemas refuerzan la perspectiva estratégica de un juego hecho por y para gente inteligente. El veneno, ya se sabe, es la dosis, pero un par de partidos al mes gobernados por los entrenadores tampoco matan a nadie. 



4. En la NBA sólo juegan bloqueos directos y aclarados. DEPENDE. La NBA está compuesta por treinta equipos con jugadores muy diferentes y técnicos formados en escuelas también distintas. Nos podemos encontrar con equipos anárquicos como los Knicks o los Nuggets, con equipos que basan su ataque en conceptos del juego libre (dividir y doblar, pasar y cortar, manos a mano para bloqueo y continuación y triangulaciones,...) como Minnesota o los Blazers, equipos que basan (o basaban, este año no los he podido ver) su ataque en las diferentes variaciones del sistema conocido en el mundillo como FLEX en el que como norma habitual todo el que bloquea es bloqueado como es el caso de Utah Jazz o equipos con innumerables jugadas como los Bulls o los Celtics. 




No entiendo a los que ven un baloncesto y no otro. A los que debaten en términos de blanco o negro, de todo o nada. No entiendo el desprestigio que entre los puristas sufre el baloncesto NBA o la alergia que a otros les produce el ritmo más lento del baloncesto europeo. Se trata del mismo baloncesto visto desde diferentes enfoques y practicado con diferentes filosofías complementarias e igualmente enriquecedoras. Se trata de meter la pelota en el aro contrario y de que no te la metan en el propio. De ganar, ganar y volver a ganar que diría el sabio. De participar, que diría el otro.


Disfrutemos del baloncesto en mayúsculas y sigamos potenciando todos los valores positivos que encierra más allá de que se juegue en uno u otro punto del planeta.

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

El día que dejé el baloncesto






El día que dejé el baloncesto duró menos de un día. Ni siquiera soy consciente de cuándo ocurrió. Fue un simple arrebato, una adolescente locura sin reflexión previa. El fruto de una mala tarde, tal vez de una mala experiencia o de un reproche que afectara a mi autoestima. En cualquier caso, una mala decisión de la que tardé horas en arrepentirme. Pero no siempre hay marcha atrás. Y he aquí el asunto de este post. Hoy quiero acordarme del joven que abandonó sin condiciones la práctica de este deporte, de aquél que se deshizo para siempre de sus zapatillas o de ése otro que nunca volvió a detenerse al pasar ante una cancha llena de niños corriendo detrás de un balón naranja.

Hoy en día, y más que nunca, el deporte supone el asidero perfecto, el menos nocivo de los pasatiempos bajo el que guarecerse en estos tiempos de crisis. Es una fuente de disciplina, de amistad, de esfuerzo y recompensas que no siempre tendrán que ver con un marcador o una medalla. El baloncesto, como juego colectivo, supone la puesta en común de talento y trabajo, de aptitudes y actitudes. Es una auténtica escuela de vida y de convivencia en la que nunca dejamos de aprender.

Pero no hay placer inocuo. Ni siquiera el baloncesto. Y no me refiero solamente a las dolorosas lesiones que cortan de raíz con las ilusiones de muchos jóvenes y no tan jóvenes. Hablo, más bien, del cincuenta por ciento de los chicos y chicas que entre los diez y los dieciséis años deciden, “voluntariamente”, abandonar la práctica del baloncesto. Las motivaciones varían desde un cambio en las prioridades, la imposibilidad de compaginación con los estudios o la pérdida de interés por el deporte. A estas motivaciones más subjetivas hay que unir aquellas otras de cariz más institucional que tienen que ver con la insuficiencia de la oferta tanto en términos cuantitativos como cualitativos.


Es, sin duda, la pérdida de interés, la que más me preocupa desde mi óptica personal. Considero que la labor de un monitor deportivo habrá sido loable siempre que haya sido capaz de inculcar entre sus pupilos un espíritu deportivo con reflejo e incidencia positiva en su vida cotidiana. Lo cierto es que el baloncesto encierra en su esencia principios como la lealtad, el compromiso o el esfuerzo que chocan con los principales axiomas de nuestro tiempo basados en lo epicureo y lo frugal. En lo material por delante de lo espiritual. Duele ver cómo muchos chicos (y chicas) sólo llegan a conocer la epidermis de nuestro deporte, sus gestos o, como mucho, sus reglas. Recordarán cuando y cómo hicieron un determinado movimiento, pero olvidarán lo que sintieron al realizarlo. No habrán comprendido el valor de formar parte de un equipo, de ser uno de los doce. De ser doce para uno.

Los niños tienen excusa. Tienen derecho a equivocarse y comprobar que el rumbo por el que nos conducen las modas y la baja política es el de la eterna insatisfacción, el de las carteras llenas (no siempre) y las conversaciones superfluas. Pero nosotros, como adultos más o menos expertos, tenemos el deber de hacer llegar nuestra pasión, de promover el respeto hacia el compañero y de fomentar el altruismo en el interior de un vestuario. Lo haremos enseñando baloncesto. Como medio y como fin. Es nuestra obligación innovar y hacer nuestras sesiones divertidas; generar entusiasmo para, de esta manera, ser más efectivos a la hora de trasladar nuestro mensaje.

Aun así, muchos se quedarán en el camino. No siempre se puede vencer ante gigantes disfrazados de molinos. Numerosos jóvenes caerán en las tentaciones de lo fácil e inmediato, del amor de barra de bar y del amor a la propia barra. Otros lo sacrificarán por lo apretado de las agendas y por las exigencias de un modo de vida cada vez más esclavizante. Habrá que ser pragmáticos e incluir estas pérdidas en la cuenta de “otros gastos” pues habrán merecido la pena si conseguimos, de alguno de nuestros chicos o chicas, declaraciones de amor hacia nuestro deporte como las que dejaron algunos de sus más virtuosos representantes el día en que se despidieron de la práctica profesional.





Me gustaría conocer vuestras opiniones acerca del cese prematuro de la actividad deportiva, sobre las causas que pueden conducir al abandono del deporte. Entiendo que no hay recuerdo más triste que el del día en que nos despedimos para siempre de algo que hemos querido. Por eso yo no le voy a dar la oportunidad a la memoria pues el día que deje el baloncesto, en sus múltiples formas y vínculos, será el último de mis días.

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Talento precoz





Han bastado diez días. Apenas una semana y media para que cambie mi rutina, para que visite nuevos espacios y nuevas webs. Ahora sé que el principal diario de Minnesota es el Star Tribune y que el principal foro para enterarme de lo que acontece alrededor de los Timberwolves se llama “canis hoopus”. No me lo planteé cuando Kevin Garnett era su estrella. Ni siquiera cuando llegaron Cassell y Sprewell para poner en jaque la supremacía de unos Lakers que, entonces (2004), habían adquirido también a Payton y Malone. Lo hago ahora que son un equipo perdedor cargado de talento y falto de disciplina; con muchas piezas, pero no las adecuadas. Lo hago porque llegó Ricky y, con él, la ilusión a las gradas.

Estos Wolves de 2012 viven en el presente y piensan en el futuro. Cuentan con un afamado entrenador, tan cargado de victorias como de fracasos (dos finales NBA perdidas y una final de conferencia, la de 2002 contra los Lakers, que era como una final). Adelman ha llevado seriedad, principios y experiencia a un vestuario cargado de jugadores que se creen muy buenos sin haber demostrado nada. No conozco otro equipo con un número tan alto de jugadores elegidos entre los primeros puestos del draft. Milicic, Beasley fueron los números 2 de promociones no exentas de calidad y Derrick Williams lo fue del actual. Sin embargo, ninguno de ellos está capacitado aún para ser un jugador franquicia. El serbio constituye el principal borrón de Joe Dumars, General Manager de los Pistons, al ser elegido por delante de Carmelo Anthony, Dwayne Wade o Chris Bosh. Detroit ganó el anillo inmediatamente posterior, pero cabe preguntarse la dinastía que podría haberse implantado en la Motown de haber aterrizado en ella alguno de estos tres jugadores. Beasley fue elegido en 2008 por Miami justo por detrás de Derrick Rose. Su condición de zurdo, sus cualidades atléticas y su instinto anotador contrastan con su sospechosa ética de trabajo y con su comportamiento fuera de las pistas. Miami lo desechó para conseguir el margen salarial necesario que les permitió hacerse con los contratos de James y Bosh. De Williams, un falso 4, aún no se puede hacer un balance. En Arizona dominaba bajo los tableros y anotaba tanto desde el perímetro como en las proximidades del aro. Sin embargo, la aclimatación a los nuevos estándares de exigencia en el plano físico sumada a la pérdida de protagonismo, están haciendo que sus intervenciones no estén a la altura de lo esperado.

Un número 4 fue Wesley Johnson en el draft de 2010. Con fama de buen tirador su aportación está siendo muy modesta. Esta elección, unida a la de Johnny Flynn como número 6 en el Draft de 2009 (justo por detrás de Ricky) está levantando ampollas entre los aficionados de los Timberwolves. Ambos productos de Syracuse han resultado fallidos. El primero aún sale en el quinteto inicial, pero su papel es testimonial. El segundo forma parte de los Houston Rockets tras haber fracasado estrepitosamente en Minnesota. Puede que el método Boeheim (entrenador de Syracuse) basado en las defensas zonales sirva para ganar partidos e incluso campeonatos (el último en 2003), pero desde la llegada de Carmelo Anthony a la liga, ningún hombre de naranja (como se conoce a los jugadores de esta universidad) ha destacado en la primera liga profesional de baloncesto del mundo.

Desde las playas de Los Ángeles y desde su afamada universidad, UCLA, llegó el número 5 del draft de 2008, Kevin Love, para formar junto a Al Jefferson la dupla de los Timberwolves. Sobrino de uno de los miembros de los Beach Boys, Love formó junto a Westbrook una de las parejas más imparables del baloncesto universitario de este nuevo siglo. Tras tres años en los que su rendimiento ha sido ascendente (cosechando un mítico 30-30 en puntos y rebotes) esta temporada está siendo la de su confirmación. Tras un enorme trabajo físico durante el verano, el número 42 de Minnesota está cosechando actuaciones de más de 20 puntos y más de 10 rebotes como si no costaran. Es el mejor complemento para Ricky y el hombre al que con mayor seguridad se le puede entregar el balón cuando éste más quema. Me cuesta verlo como un jugador estrella por su incapacidad para fabricarse sus propios tiros, pero su entrega y los números dicen lo contrario.

Y en éstas Ricky. El que nunca deja indiferente. El que nos quita el sueño a algunos esperando que nos maraville y al que muchos esperan dando por hecho que se la acabará pegando. Si bien es cierto que diez días no son suficientes para juzgar la que, se presume, será una larga carrera en la NBA, creo que sí lo son para desmentir muchos de los mitos que han sobrevolado su figura desde que en el Mundial de Turquía no supiera dirigir a nuestra selección a cuotas mayores.

  1. Ricky no sabe tirar. Digamos que su tiro es mejorable y que su progresión, como todo en esta vida, forma parte de un proceso. Las horas de entrenamiento personalizado aprovechando el lockout están dando sus frutos y así lo demuestra el 6 de 10 en triples que lleva hasta el momento.
  2. Sufrirá porque el juego de la NBA es más físico. Ricky no ha tenido ningún problema manejando el balón, entrando a canasta, repartiendo juego. Es decir, ha desplegado sus habilidades con independencia de quien fuera el defensor que tuviera enfrente. El propio Lebron debió hacerse cargo de su defensa en el partido que les enfrentó y Ricky se manejó con soltura ante uno de los mejores marcadores hombre a hombre del mundo.
  3. No es un buen director de juego. Sólo sabe dar espectáculo. Si por algo ha maravillado Ricky en sus primeros minutos de juego en la NBA ha sido por su habilidad para encontrar a los jugadores abiertos. Ha hecho más fácil la vida a sus compañeros y ha hecho parecer bueno a tipos muy limitados en ataque como Tolliver o Randolph.
  4. Ha alcanzado su tope. No mejora. La modesta temporada pasada en la que Víctor Sada se ganó la confianza de Xavi Pascual alentó a todos los detractores de Ricky para dar por hecho que, aun con 20 años, el chico ya estaba acabado. “No mejora, no progresa, está quemado”. Estos seis partidos han puesto de manifiesto mejoras a nivel técnico (dribbling, tiro, finalizaciones) y sobre todo a nivel mental y táctico (lectura de juego, lectura de situaciones).

Lo cierto es que Ricky es el principal reclamo de una franquicia que llevaba instalada en lo más inaccesible del desierto desde la partida de Kevin Garnett rumbo a Boston. El pabellón se llena, los aficionados se abrazan y se escucha un murmullo cada vez que la lleva el número 9, el niño prodigio del baloncesto español, el que debutó en ACB con 14 años, el que jugó como titular una final de Juegos Olímpicos con 17 y al que le bastaron diez días para que aficionados, medios y compañeros de profesión se rindan a sus pies. 



UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS