Ayer, en la columna que publico todos los jueves en un diario digital de Salamanca, me pregunté cómo es posible alcanzar un récord como el del 73-9 de los Warriors.
¿Cómo se ganan 73 (72) partidos en una temporada? ¿Cómo es posible perder solo uno de cada diez jugando cada dos noches ante varios de los mejores equipos del planeta, muchas veces tras haber sobrevolado un país que es más bien un continente? ¿Cómo alcanzar un registro tan importante siendo el equipo más estudiado de la liga y sobre el que todos los focos están puestos a diario? ¿Cómo mantener el nivel de los tanques de la ambición por encima de los del hastío o la autocomplacencia? ¿Cómo se soportan, u obvian, durante ocho meses, las manías del otro para poder trabajar codo con codo con él en la pista, sin que importe que deje la ropa interior tirada por el suelo de la habitación o que mire con lascivia las piernas de tu mujer?
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Estoy
eufórico y necesito compartirlo con todos vosotros. Hoy me he
levantado temprano para ver la final del Torneo de la NCAA entre
Villanova y North Carolina y he terminado derramando lágrimas de
emoción. La secuencia final, con el triple tras rectificado de
Marcus Paige para empatar un partido que llevaban dominado los
Wildcats, y el último lanzamiento, ya sobre la bocina, de Chris
Jenkins, para decantarlo del lado de los de las afueras de
Philadelphia ha sido espectacular, una dura prueba en cualquier caso
para los que nos creemos con la capacidad de narrarlo todo con
palabras.
Tras
la euforia y la emoción desatada he tenido que sentarme unos minutos
en el sillón. Allí me embargó una rara sensación de envidia hacia
todo lo que mueve el deporte universitario en Estados Unidos. Viendo
cómo un encuentro amateur puede llenar un gran estadio de fútbol
americano reconvertido en recinto de baloncesto y movilizar a todas
las fuerzas vivas (y también a algunos fantasmas) de la universidad
en torno a unos colores, uno se pregunta si es necesario recuperar en
Europa el gusto por la mitología y el respeto a los símbolos que llevan a gala los americanos y
que tanto nos rechina por hiperbólico e irracional.
Lógicamente,
para movilizar a las masas a través del deporte universitario, sería
necesario actuar en una escala superior a la de las naciones, hablar
al fin de Europa como de un único espacio, no solo económico, sino
también educativo y social. Por el momento, Bolonia, a juzgar por
los resultados evidenciados en España, solo ha unificado la
mediocridad de las enseñanzas, del profesorado y de la vida
universitaria en general a través de convalidaciones y
equiparaciones meramente burocráticas. Así, el recuerdo que
habitualmente nos queda de nuestro paso por la universidad es solo el
de las juergas y los amores furtivos; el de las agobiantes épocas de
exámenes y la de la inutilidad del título obtenido. Créanme, nunca
me atrevería a ir diciendo por ahí que fui a la Universidad de
Salamanca y nunca iría a ver un partido de sus equipos, instalados
en el régimen de “tengo x funcionarios (desmotivados) que mantener
en el servicio de deportes” (régimen del que se salvan sus
románticos entrenadores), pintado con sus colores.
Cuestión
aparte es la ausencia total de una cultura deportiva. En España toda
fuente de inspiración, más allá del escabroso fútbol, ha pasado
por la genialidad de casos aislados que un día se llamaron Ángel
Nieto, Manolo Santana o Seve Ballesteros, como ahora pueden llamarse
Fernando Alonso, Rafa Nadal o Javier Fernández. Pero si la
inspiración es casual y aleatoria, peor aún es el tejido
administrativo sobre el que se deben asentar los sueños de esos
niños que, contra todo pronóstico, prefieren luchar por ser
deportistas en vez de por ser funcionarios. El deporte en la escuela
es colaborativo, los clubes andan escasos de medios y financiación y
las federaciones, salvo excepciones, están en manos de tipos a los
que ya, desde lejos, se les puede reconocer entumecidos y faltos de
ambición.
Si
con algo me quedo del precioso encuentro de anoche entre Villanova y
North Carolina, es con la sinceridad de los abrazos que se
repartieron sobre el parqué. Y no solo entre vencedores
entusiasmados, también entre vencedores y vencidos en una clara
muestra del respeto que se enseña en estos centros. Y si algo me
emocionó, a mí que hace cuatro años escribía sobre la gesta de Villanova en 1985 poniendo especial énfasis en la figura de su
entrenador, Rollie Massimino, fue ver a este, ya octogenario, sentado
tras el banquillo dando brincos tras cada canasta, emocionado tras el
triple de Jenkins al comprobar que, treinta y un años después, el
cuento que las madres de Philadelphia les cuentan a sus hijos todas
las primaveras ha visto renovadas sus tapas y brilla ahora con nuevo
lustre.
Felicidades
Villanova. Felicidades NCAA por brindarnos un año más “one
shining moment” como este. Qué envidia.
Un
paseo y un regalo testimoniaron que la entente entre Podemos y PSOE,
entre la izquierda del arco parlamentario español, es posible de
cara a la formación de un eventual gobierno: un paseo a la segunda
luz del día, en la intimidad de una Carrera de San Jerónimo vacía
y sin cámaras, y un regalo entregado sin segundas intenciones,
nacido de lo más hondo del alma. Ironías aparte, aunque sea cierto
que la nueva política es ante todo marketing; aunque en este caso el
regalo, lejos de ser un acto humilde de entrega y generosidad,
quisiera destacar la bondad y la predisposición al diálogo del
propio regalador; lo más destacable, para este blog y su autor, es
que se tratara del libro Historia del baloncesto en España, un
proyecto faraónico coordinado por el periodista Carlos Jiménez que,
seguro, ha visto multiplicadas sus ventas a raíz de esta anécdota.
Sea
como fuere, es muy saludable, o al menos yo así lo entiendo, que el
baloncesto sea el deporte de cabecera de muchos de nuestros
políticos. Ello deja entrever, de algún modo, ese relevo
generacional tan polémico como necesario, pues esta preferencia no
deja de ser la consecuencia de la sucesión en el tiempo de las
gestas de Michael Jordan y los Chicago Bulls –las primeras que se
pudieron seguir con continuidad en España a través de Canal
Satélite Digital– y las de los Junior de oro; las de los Gasol,
Navarro, Reyes y compañía que dieron la bienvenida al nuevo
milenio.
Es
satisfactorio, en cualquier caso, o al menos desde mi punto de vista,
que de la España de jara y sedal (y de elefantes en Botswana),
incluso de aquella otra de golf (deporte favorito de Adolfo Suárez)
y pádel (quién no recuerda a Aznar jugando en Oropesa), deportes
ahora ya abiertos a las clases medias, hayamos pasado a esta otra
España de parques y redes metálicas, de bolsillos más angostos
pero de motivaciones, sin duda, más apasionadas. Al parecer, es
habitual entre esta nueva generación de políticos, que las charlas
en la previa de un pleno giren en torno a la última actuación
circense de Stephen Curry o sobre qué doce serán los seleccionados
para representar a nuestro país en los Juegos Olímpicos.
Los
políticos españoles no se han conformado con dejar el tabaco, las
sobremesas de chupito, copa y puro y con pasarse al “running”, al
“jogging” o a la natación; también han cambiado su presencia en
los señoriales palcos de estadios de fútbol (aunque sigan
frecuentándolos) y tendidos taurinos, por las primeras filas de
pabellones y canchas de baloncesto. Quizá, no haya más que un
efecto imitación y todo sea culpa de Obama y su afición al deporte
de la canasta. De todos modos, con independencia de cuál sea el
germen de este amor al baloncesto, lo que urge es reconducir la
deriva en la que este se encuentra, con la Federación cuestionada
por la gestión de sus fondos, con la ACB convertida en la práctica en una
liga privada y con numerosos clubes modestos de cantera condenados a desaparecer por no poder reunir un puñado de euros ante
el silencio, cuando no la asfixia, de las administraciones públicas.
Esta
última pieza del diario, escrita desde la aparente quietud del
hogar, desde el espejismo de apacibilidad que encierra la palabra
“casa”, es más bien un resumen, un compendio de todo lo vivido
en estos cuatro días y tres noches bajo la Alhambra. Como he venido
haciendo en entradas anteriores, para evitar estrujarme los sesos en
busca de una estructura que articule el texto, voy a lanzar unos
cuantos titulares que, en el caso de hoy, bien podrían ser
considerados aprendizajes.
Viajar
no es el estado natural del hombre. Por mucho que tengamos dos
piernas, si el creador o la evolución hubieran querido que
estuviésemos de aquí para allá nos hubieran librado de este pesado
culo.
Me
gusta trabajar con niños y adolescentes. No cuidarlos. Me gusta
conocer cómo piensan porque yo quisiera seguir pensando como ellos, percibiendo el mundo a través de esa visión de túnel que
ahora ya no puedo tener porque mi memoria actúa como retrovisor y en
él aparecen todos mis miedos y mis fracasos. Me gusta incitarles a
ser valientes, a responsabilizarse, a sentirse importantes, pero no
imprescindibles. Me alivia, en cambio, saber que a las pocas horas –o
a los pocos días, como fue el caso– acudirán a recogerlos sus
padres.
Me
cuesta actuar en equipo. Pido lo que no soy capaz de dar. Me
las arreglo mejor solo y, sin embargo, demando de ellos todo lo
contrario. Soy el verso que no rima por descuido del poeta, soy la
métrica imperfecta de un endecasílabo impropio. A veces tengo ideas
y no las comunico. A veces porque no le doy importancia. Otras,
porque simplemente me olvido.
Entre
la fatiga y el exceso de adrenalina. Un campeonato en formato
concentración es un auténtico vaivén de sensaciones. El día que
crees que vas a estar mejor, las piernas parecen de plomo. Cuando das
por hecho que ya no queda gasolina en el tanque, la adrenalina
irrumpe a borbotones. La primera tarde, después de ocho horas de
viaje jugamos un buen partido. Ayer, para despedirnos, tras tres
noches fuera de casa, jugando a las nueve de la mañana, bordamos el
baloncesto durante veinte minutos. Al final, la voluntad lo es casi
todo.
El
equipo está bien. Reacciona a los estímulos, tiene orgullo y
ambición. Nos molestó perder contra Algeciras y no nos sirvió como
excusa la inferioridad física o que el arbitraje no fuera el mejor posible.
La dinámica es positiva y en ella se integraron sin problema cinco
chicos que no venían trabajando con nosotros. Ojo, no se equivoquen,
mi mérito es el de un miembro más de esta familia que hemos formado
cediendo todos un poquito, aceptando la esencia misma de la palabra
“otro”.
¿Qué
fue del tiempo? Me da bastante apuro confesarles que tengo
veintiocho minutos para redactar, publicar y difundir esta pieza de
diario antes de dejar la maleta en el autobús, acudir puntual a la
cena y dedicarle unos minutos a preparar el partido de mañana. El
tiempo se me revela una vez más como la dimensión rectora de
nuestra existencia. La inmensidad de Sierra Nevada queda en nada
comparada con la fugacidad del tiempo. Al menos a la hora de
organizar nuestras vidas.
Obsesiones.
Enfrascado en el vaivén del torneo apenas he podido reflexionar
sobre el atentado en Bruselas del mismo modo que Occidente, desde su
estrechez de miras y su limitada empatía, ni siente ni padece cuando
las víctimas le quedan lejanas. Es la indiferencia con la que
actuamos una de mis grandes obsesiones. La otra, nuestra ignorancia,
el modo en que nos desplazamos por la vida desconociendo el nombre,
el potencial de desarrollo o el hábitat natural de las plantas que
nos rodean, dando por hecho que el suelo por el que pisamos se
asienta sobre cimientos firmes o aceptando que el contrato que
firmamos no tiene una cláusula leonina.
Perdimos.
Perdimos porque faltamos a las señas de identidad que habitualmente
nos definen, porque sucumbimos al cansancio y jugamos como un equipo
saturado de baloncesto y excesivamente mediatizado por la derrota de
ayer ante el mismo rival. Nos equivocamos. Nos equivocamos porque
quisimos hacerlo solos, guiados por una suerte de instinto heroico,
de llamada divina. Como casi siempre en estos casos, se me vino a la
cabeza la frase que empleó Doc Rivers en el sexto partido de las
Finales de Conferencia de 2010 ante Cleveland: “Sé que todos
queréis ganar, pero solo lo podemos lograr jugando juntos”.
Segundas
oportunidades. Las que no tendrán los vilmente asesinados en
Bruselas. La que no nos brinda el pasado, ese tiempo ya transcurrido
que queremos hacer resucitar a través de la memoria. Pero las que sí
nos ofrece el baloncesto y queremos aprovechar. Porque si la
experiencia habrá sido buena y enriquecedora en cualquier caso, no
así lo serán los seiscientos kilómetros que median entre este
hotel y nuestra casa si mañana se pierde o se gana. Y ganar pasa,
más allá del marcador, por no traicionarnos y por entender que solo
lo podemos hacer JUNTOS.
*Este
post ha sido redactado en dieciséis minutos. Lo siento.
No
se piensen. Estoy en Granada, pero desde la cafetería del Hotel
la Alhambra es solo una postal. Esto para los que me dicen “disfruta”
cuando se enteran que estoy visitando el último reducto de la
dinastía nazarí, pensando que viajar con un equipo es hacer turismo
a la japonesa (o a la española, que es una forma parecida solo que
más superficial y calórica). Disfrutar disfruto, pero de las
amistades que se entretejen a propósito del baloncesto,
contribuyendo a ellas de manera más o menos discreta tratando, más
que de acertar, de no equivocarme en exceso.
Qué
curiosa es la génesis del sentido de pertenencia. Diría que no
es más que una epifanía, una chispa que nos lleva a percatarnos de
que vestimos el mismo color de camiseta, de que defendemos unos
mismos principios y unas mismas ideas de fondo. Hoy, en una pista al
aire libre, animando al Alevín “B” en su fantástica y denodada
lucha por el partido, algunos chicos de otros equipos del club han
empezado a preguntar, de manera más o menos guiada, “¿cómo
vamos?” y no “¿cómo van?”.
No
a la idea de tongo. Aunque el turbio mundo de las apuestas haya
puesto en evidencia a numerosos deportistas envueltos en casos de
corrupción, me niego a educar a los jóvenes en la idea del “tongo”.
Hoy, ante algunas sugerencias en este sentido me vi obligado a
reaccionar. No participaría de ninguna actividad si tuviera la más
mínima sospecha de una adulteración interesada. Y ante la
invitación que les hice a renunciar al baloncesto, la mayoría vino
a otorgar con su silencio. Aunque siguieran pensando lo mismo.
El
Día de la Marmota, absurdamente traducida en España como
“Atrapado en el tiempo”, es una de mis comedias favoritas.
Mañana, a las 11:15, en el mismo pabellón en el que hoy nos
enfrentamos y perdimos contra Algeciras, jugaremos la semifinal ante
el mismo rival. Por si acaso, para evitar que el caprichoso destino
quiera colocarme en la posición del huraño presentador del tiempo
meteorológico que interpretaba Bill Murray, pondré más tarde el
despertador.
Nadal
y Federer coinciden. Ambos se han hecho grandes mutuamente. De la
lucha en la distancia, de la competición en la arena y en el
cemento, se surtieron uno y otro en una especie de sinergia
improvisada. Del mismo modo, disculpen si la analogía les parece
forzada, el norte que ordena –que diría Benedetti en El sur
también existe– engrandece con su presencia física a ese Sur que
huele a jazmín y madreselva y que viene a ser, como afirma Borges a su manera, el propio poema.
Hace
muchas horas, tantas que casi ni me acuerdo de haber estado allí,
partimos del norte estepario habiendo dormido poco y mal a costa de
una congestión ocasionada por una primavera que ha amanecido
esquiva, casi ausente. Ello tras ver jugar a los Warriors como un
equipo sin alma, como unos cuantos solteros con barriguita ante unos
casados más hambrientos de juego. Como un cuerpo sin alma alcancé
el autobús y entre cabezada y cabezada se me presentó el Sur como
promesa, el Sur no solo como espacio icónico donde habita la
leyenda, sino también como recipiente de guasa, de costumbres
atávicas y extraña –por en desuso– hospitalidad.
En
cuanto a lo deportivo, hoy jugábamos el partido más difícil; el
del cansancio, el de la resistencia mental contra unas piernas que
querían declararse en huelga tras horas transitando media España en
autobús. Y se ganó, también en el marcador como objetivo
secundario, que no menor en cuanto que acicate y señal que confirma
que estamos en el buen camino.
Desde
aquí, desde la cafetería del hotel, un diez para los chicos por no
olvidar que es el baloncesto el que hace posible Granada, el que
materializa todas las promesas que nos ofrece el Sur con solo
existir.
Tras
más de quinientas entradas, me permitirán que comience esta con una
frase que, a buen seguro, aunque no pueda confirmarlo, ya he
utilizado. Es de Vittorio Gassman y dice algo así como: “El único
error de Dios fue no habernos dotado de dos vidas: una para ensayar y
otra para actuar”. Lo cierto es que, a escasas horas de madrugar
para viajar a Granada con los infantiles que tengo el placer de
entrenar casi diariamente, me siento como el actor italiano, en
rebeldía contra esta vida tan corta y que nos expone tantas veces
ante escenarios nuevos e inexplorados; quizá para contemplarnos en
plena improvisación, disfrutando de nuestras lógicas dudas de
eternos adolescentes disfrazados de adultos, envueltos en ese ropaje
de infalibilidad que hoy, Día del Padre, le otorgamos a las canas y
a la experiencia de nuestros progenitores en un acto de fe como otro
cualquiera.
Me
ampara, nos ampara a todos los que entrenamos en cantera, el halo de
lo inocente, el manto de lo amateur. No para enmascarar dejaciones de
responsabilidad o huellas de inmadurez, qué va, pero sí para dotar
a cada acto de su verdadero valor. No envidio en absoluto a los
profesionales, a los Xavi Pascual o a los Pablo Laso de turno. No
discuto que hayan tocado el techo de nuestro oficio, solo digo que, a
veces, el mundo se asemeja a una suerte de estructura bifaz en la que
cielo e infierno se hallan separados por una delgada frontera. La
fama que da la élite es la libertad que concede el anonimato.
Así,
desde este modesto cubículo, como entrenador de un equipo modesto de
un club modesto de una ciudad de provincias; a punto de iniciar un
viaje a ninguna parte en un autobús sin nombre por carreteras donde
transitan, sonámbulos, vehículos cuya matrícula no es sino una
estrategia de control administrativo, me puedo permitir llevar este
pequeño diario de la experiencia –y decidir, incluso, si seguir
adelante o abandonarlo– y no tener que declarar si hemos ganado o
perdido, si la estrella brilló o pasó desapercibida, si el público
nos aplaudió o nos abucheó o si hemos cumplido con las expectativas
de los múltiples intereses corporativos que hay detrás de un gran
club.
Desde
mi no posición, desde este indefinido lugar de la blogosfera, me
puedo permitir cerrar esta entrada sin una conclusión razonable que
ponga orden a todos los pensamientos que he expuesto de manera
caótica, algo que ningún medio de masas, podría permitirse.
Hasta mañana.
Sports
Illustrated, revista semanal perteneciente al gran grupo de
comunicación Time Warner, con más de tres millones de suscriptores
y más de veintitrés millones de lectores, acaba de publicar su
particular clasificación de los cien mejores momentos de la historia
del deporte. A pesar del claro sesgo geográfico-patriótico
reconocido por los propios creadores de la lista, lo cierto es que se
trata de un magnífico repaso de varios de los grandes hitos de la
epopeya moderna. Su carácter polideportivo, con más de veinte
deportes representados, genera una envidia sana entre quienes vivimos
encadenados en el monopolio del fútbol y su vulgaridad asociada,
para quienes, desasistidos, sufrimos una dieta repleta de caspa
grasienta y mórbida.
Diecisiete
de esos momentos son baloncestísticos. Uno de ellos, dosis escasa,
hace referencia al ámbito femenino: la gesta de las Huskies de la
Universidad de Connecticut al conseguir noventa triunfos consecutivos
entre 2008 y 2010 y que ocupa la 73ª posición. Otros siete
comparten con este hecho su carácter colegial. No podían faltar el
momento del anuncio de la retirada de John Wooden (63º), dos días
antes de conseguir su décimo y último título en 1975. Los Bruins
de UCLA también están presentes en la posición 46ª gracias al
partido “casi perfecto” de Bill Walton en la final de 1973 frente
a Memphis State con 44 puntos en una serie de veintiuno de veintidós
tiros de campo. Tienen lugar reservado, faltaría más, las grandes
gestas de esos equipos modestos que se rebelaron contra el poder
establecido: Villanova Wildcats1985 (52º), North Carolina State 1983 (26º) y, por supuesto, los protagonistas de la película Glory
road, el equipo de Texas Western (23º) que, con el primer quinteto
compuesto únicamente por afroamericanos, venció a la poderosa
escuadra de Kentucky en la final de 1966. Por último, en esta
categoría universitaria, los periodistas del magacín decidieron
destacar también el primer gran duelo entre Larry Bird (Indiana
State) y Magic Johnson (Michigan State) en el que se impondría el
college del segundo por 75 a 64 frente a una audiencia millonaria en
lo que se podría definir como el punto de partida del baloncesto
moderno (30º) y, finalmente “The shot”, es decir, el tiro
anotado por Christian Laettner sobre la bocina y que le dio el
triunfo a su universidad, Duke, frente a Kentucky en la Final
Regional de 1992 (11º).
Sirviéndome
de la final de la NCAA de 1979, tal y como he anunciado previamente,
como punto de inflexión entre el baloncesto clásico y el moderno
(más por la necesidad de no generar un párrafo de dimensiones
ciclópeas que por rigor histórico), cinco de los nueve
acontecimientos reseñados sobre NBA pertenecen al primer período.
El primero de ellos, cronológicamente hablando, nos sitúa en 1957,
en la fecha de la conquista del primer anillo de los Boston Celtics,
en la génesis de la mayor dinastía del deporte mundial (89º).
Cinco años después, el individuo quiso imponerse sobre la
concepción colectiva del juego. Un 2 de marzo de 1962, Wilt
Chamberlain elevó a 100 el récord de puntos anotados en un solo
partido (16º). Tres años más tarde, la conjunción de un robo
decisivo, el de John Havlicek tras el saque de Hal Greer en el
séptimo partido de la Final de Conferencia entre Boston Celtics y
Philadelphia Seventy Sixers, y una narración orgiástica, la del
siempre recordado Johnny Most, colocaron este acontecimiento en el
sexagésimo primer puesto de la lista. El 8 de mayo de 1970, de
manera inesperada, Willis Reed, ausente en el sexto partido por una
grave lesión de rodilla, pudo saltar a la cancha del Madison para
meter los cuatro primeros puntos de su equipo y generar el ambiente
propicio para que los Knicks vencieran a los Lakers de Chamberlain,
Baylor y West y obtuvieran, así, el primer anillo (38º). Por
último, antes de que Bird y Magic irrumpieran en la escena,
nuevamente los Celtics, protagonistas omnipresentes de este período,
aparecen en la lista como copartícipes y vencedores del considerado
“mejor partido de la historia del baloncesto”, el quinto de las
finales de 1976 que les enfrentó a los Phoenix Suns de Paul Westphal
(79º).
Por
último, destacar los cuatro eventos reseñados en la era “después
de Magic y Bird”. El primero, cómo no, le corresponde al primero
de ellos, a sus 42 puntos, 15 rebotes y 7 asistencias en el séptimo
partido de las finales de 1980 ante Philadelphia y en ausencia de
Kareem (66º). El segundo, para el segundo de ellos y su robo
milagroso en el quinto partido de las finales de la Conferencia Este
entre Boston Celtics y Detroit Pistons y que se tornaría finalmente
decisivo. Vean completo, si pueden, el transcurso de la acción y
valoren cómo un hombre, humillado por un tapón, puede levantarse y
protagonizar el mejor y más importante robo-asistencia de la
historia (95º). El tercer momento es también para Magic y su MVP en
un All Star, el de 1992, cargado de simbolismo tras haber anunciado
meses antes que había contraído el VIH (40º).
Por
último, su nombre merece un párrafo aparte, destacar el duodécimo
puesto que la revista le reserva al sexto partido del sexto anillo
conseguido por Michael Jordan y los fantásticos Chicago Bulls de los
noventa (12º). Sin duda, el atleta que más portadas ha protagonizado en
este magacín, debía quedar notoriamente representado en esta lista
a través de uno, quizá el más icónico de todos, de entre los
cientos de momentos en que nos ha deleitado gracias a su excepcional
talento y ética de trabajo.
Finalizado
el repaso, solo me queda invitarles a que naveguen por este museo de
la historia del deporte que es la revista Sports Illustrated y, más
concretamente, por este especial dedicado a los cien momentos que consideran más relevantes. Y si echan en falta alguno especialmente, por favor, comenten.
Miente,
estoy seguro, el que presume de haber sido consciente de la
importancia histórica de un acontecimiento, a priori menor, en el
momento de su concepción; el que toma a un recién nacido, hijo de
nadie y de su mujer, le corta el cordón umbilical y anuncia inmediatamente al
mundo tener una intuición mesiánica. No se equivoquen, incluso
aunque fuera cierto, peca de vanidad el que incurre en la tentación
de la verborrea; el que dice recordar, perfectamente, habérselo
dicho a los amigos y tener testigos de ello.
Y si
no miente, da igual. Lo importante es el hecho. Y el hecho ocurrió
el 25 de julio de 1999, en una (la probabilidad juega a favor de la
memoria) cálida tarde de Santiago. Fue en Lisboa, en las antípodas
literarias de Ítaca, en la ciudad que mejor representó la idea de
partida durante la Baja Edad Media. E igual que navegantes
portugueses fueron capaces de avanzar hacia lo desconocido y doblar
el Cabo de Buena Esperanza superando los temores asociados al mito,
los juniors españoles, abanderados por un base y un escolta, a falta
de que un tres larguirucho se destapara como el mejor jugador de
nuestra historia, consiguieron vencer a los Estados Unidos y poner en
marcha el imparable periplo de nuestro baloncesto hacia destinos
ignotos.
El
escolta se llama Juan Carlos Navarro y aún conserva la ambición de
disputar sus quintos Juegos Olímpicos en Río. En aquellos días de
julio, muchos de nosotros descubrimos su “bomba” y admiramos su
incansable afán anotador. Sin embargo, no hacía falta tener
activados los cinco sentidos para darse cuenta de que el Gran Capitán
de aquellos victoriosos tercios no era él, sino un tipo aún más
pequeño, un base con el sello de La Penya, pero investido además de
un genuino sabor a playground. Raül López.
Raül,
hasta la segunda lesión grave en la rodilla, acaecida en un amistoso
contra Rusia el verano de 2002, mezclaba el vértigo y el sosiego, el
orden y el caos, con deliciosa naturalidad. Su físico, sin ser el de
un gran atleta, le permitía improvisar, de vez en cuando, osadas
penetraciones que si no culminaban en canasta lo hacían en un pase
al más puro estilo Magic Johnson. Por aquel entonces, cuando aún
podía ejecutar lo que imaginaba, su juego, sin dejar de ser eficaz,
evocaba casi sin querer la palabra entretenimiento.
Todo
lo cambiaron las malditas lesiones, aquellas que se iban sucediendo
con una suerte de macabra periodicidad, justo unos meses después de
saborear el reencuentro con las pistas, al tiempo mismo de empezar a
coger sensaciones. Una de ellas, sucedida ya en las filas de Utah
Jazz truncó la que estaba siendo una buena experiencia en la NBA.
Como suplente de Carlos Arroyo, Raül disputó muy buenos minutos
llevando la manija del equipo entrenado por Jerry Sloan, un
entrenador nada dado al elogio y que no dudó, en cambio, en comparar
el juego del base de Vic con el del gran ídolo de la parroquia
local, John Stockton.
Pero
tocó regresar y reinventarse. Ser, ahora sí, el base modélico que
se enseñaba en las escuelas de baloncesto a comienzos de siglo
(antes de que Curry se graduara en primaria), el heredero de los
Solozábal, Corbalán, Rafa Jofresa y compañía. De díscolo jugón
amante del riesgo, Raül pasó a ser la justa medida, la prudencia;
el balance a tiempo, el tiro correcto, la ortodoxia más pura. Por
suerte, como pidiendo perdón a su público, de vez en cuando aún se
destapaba con una acción genial, con un resquicio de ese genio
reconvertido a la fuerza en oficio.
Y
así llegaron los títulos y los reconocimientos. El mayor, sin duda,
el que le brindó Aíto llamándolo para Pekín, donde jugó unos
minutos brillantes y decisivos en la semifinal contra Lituania
haciendo lo que debe hacer un buen base: cuidar el balón y meter los
tiros libres. Quién se lo iba a decir a él, al caudillo de aquella
generación victoriosa; quién le iba a decir que volvería de la
nada para compartir nuevamente la gloria con esos amigos que habían
dejado de girar en su órbita para pasar a formar sus propias
galaxias.
Finalmente,
esta semana, meses después de que lo hiciera Kobe Bryant, otro
eterno luchador perseguido por el infortunio en forma de lesiones,
Raül López ha anunciado que esta será su última temporada, que
nos deja definitivamente un poco más tristes y más huérfanos a
todos los que, lo crean o no, fuimos perfectamente conscientes que en
aquel verano lisboeta se estaba gestando algo muy grande de la mano
de un gran base.
GRACIAS
POR TODO RAÜL. UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS
Juan José Nieto Lobato. Licenciado en Geografía, master de profesorado de secundaria y bachillerato, máster en Creación Literaria por la Universidad de Salamanca y Doctor en didáctica de la escritura creativa también en esta universidad. Autor de dos libros de relatos, Hasta que la noche nos alcance y Madrid, Nueva York, Logroño, y autor también de Individual o Zona, selección de artículos e historias sobre baloncesto. Entrenador superior de baloncesto (CES 2014), con experiencia como ayudante en Primera FEB y como entrenador principal en Tercera FEB. Te invito a conocer más en mi página web personal: http://jjnieto.com