EL SUR
Nadal
y Federer coinciden. Ambos se han hecho grandes mutuamente. De la
lucha en la distancia, de la competición en la arena y en el
cemento, se surtieron uno y otro en una especie de sinergia
improvisada. Del mismo modo, disculpen si la analogía les parece
forzada, el norte que ordena –que diría Benedetti en El sur
también existe– engrandece con su presencia física a ese Sur que
huele a jazmín y madreselva y que viene a ser, como afirma Borges a su manera, el propio poema.
Hace
muchas horas, tantas que casi ni me acuerdo de haber estado allí,
partimos del norte estepario habiendo dormido poco y mal a costa de
una congestión ocasionada por una primavera que ha amanecido
esquiva, casi ausente. Ello tras ver jugar a los Warriors como un
equipo sin alma, como unos cuantos solteros con barriguita ante unos
casados más hambrientos de juego. Como un cuerpo sin alma alcancé
el autobús y entre cabezada y cabezada se me presentó el Sur como
promesa, el Sur no solo como espacio icónico donde habita la
leyenda, sino también como recipiente de guasa, de costumbres
atávicas y extraña –por en desuso– hospitalidad.
En
cuanto a lo deportivo, hoy jugábamos el partido más difícil; el
del cansancio, el de la resistencia mental contra unas piernas que
querían declararse en huelga tras horas transitando media España en
autobús. Y se ganó, también en el marcador como objetivo
secundario, que no menor en cuanto que acicate y señal que confirma
que estamos en el buen camino.
Desde
aquí, desde la cafetería del hotel, un diez para los chicos por no
olvidar que es el baloncesto el que hace posible Granada, el que
materializa todas las promesas que nos ofrece el Sur con solo
existir.
UN
ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

