Han bastado diez días. Apenas una semana y media para que cambie mi rutina, para que visite nuevos espacios y nuevas webs. Ahora sé que el principal diario de Minnesota es el Star Tribune y que el principal foro para enterarme de lo que acontece alrededor de los Timberwolves se llama “canis hoopus”. No me lo planteé cuando Kevin Garnett era su estrella. Ni siquiera cuando llegaron Cassell y Sprewell para poner en jaque la supremacía de unos Lakers que, entonces (2004), habían adquirido también a Payton y Malone. Lo hago ahora que son un equipo perdedor cargado de talento y falto de disciplina; con muchas piezas, pero no las adecuadas. Lo hago porque llegó Ricky y, con él, la ilusión a las gradas.
Estos Wolves de 2012 viven en el presente y piensan en el futuro. Cuentan con un afamado entrenador, tan cargado de victorias como de fracasos (dos finales NBA perdidas y una final de conferencia, la de 2002 contra los Lakers, que era como una final). Adelman ha llevado seriedad, principios y experiencia a un vestuario cargado de jugadores que se creen muy buenos sin haber demostrado nada. No conozco otro equipo con un número tan alto de jugadores elegidos entre los primeros puestos del draft. Milicic, Beasley fueron los números 2 de promociones no exentas de calidad y Derrick Williams lo fue del actual. Sin embargo, ninguno de ellos está capacitado aún para ser un jugador franquicia. El serbio constituye el principal borrón de Joe Dumars, General Manager de los Pistons, al ser elegido por delante de Carmelo Anthony, Dwayne Wade o Chris Bosh. Detroit ganó el anillo inmediatamente posterior, pero cabe preguntarse la dinastía que podría haberse implantado en la Motown de haber aterrizado en ella alguno de estos tres jugadores. Beasley fue elegido en 2008 por Miami justo por detrás de Derrick Rose. Su condición de zurdo, sus cualidades atléticas y su instinto anotador contrastan con su sospechosa ética de trabajo y con su comportamiento fuera de las pistas. Miami lo desechó para conseguir el margen salarial necesario que les permitió hacerse con los contratos de James y Bosh. De Williams, un falso 4, aún no se puede hacer un balance. En Arizona dominaba bajo los tableros y anotaba tanto desde el perímetro como en las proximidades del aro. Sin embargo, la aclimatación a los nuevos estándares de exigencia en el plano físico sumada a la pérdida de protagonismo, están haciendo que sus intervenciones no estén a la altura de lo esperado.
Un número 4 fue Wesley Johnson en el draft de 2010. Con fama de buen tirador su aportación está siendo muy modesta. Esta elección, unida a la de Johnny Flynn como número 6 en el Draft de 2009 (justo por detrás de Ricky) está levantando ampollas entre los aficionados de los Timberwolves. Ambos productos de Syracuse han resultado fallidos. El primero aún sale en el quinteto inicial, pero su papel es testimonial. El segundo forma parte de los Houston Rockets tras haber fracasado estrepitosamente en Minnesota. Puede que el método Boeheim (entrenador de Syracuse) basado en las defensas zonales sirva para ganar partidos e incluso campeonatos (el último en 2003), pero desde la llegada de Carmelo Anthony a la liga, ningún hombre de naranja (como se conoce a los jugadores de esta universidad) ha destacado en la primera liga profesional de baloncesto del mundo.
Desde las playas de Los Ángeles y desde su afamada universidad, UCLA, llegó el número 5 del draft de 2008, Kevin Love, para formar junto a Al Jefferson la dupla de los Timberwolves. Sobrino de uno de los miembros de los Beach Boys, Love formó junto a Westbrook una de las parejas más imparables del baloncesto universitario de este nuevo siglo. Tras tres años en los que su rendimiento ha sido ascendente (cosechando un mítico 30-30 en puntos y rebotes) esta temporada está siendo la de su confirmación. Tras un enorme trabajo físico durante el verano, el número 42 de Minnesota está cosechando actuaciones de más de 20 puntos y más de 10 rebotes como si no costaran. Es el mejor complemento para Ricky y el hombre al que con mayor seguridad se le puede entregar el balón cuando éste más quema. Me cuesta verlo como un jugador estrella por su incapacidad para fabricarse sus propios tiros, pero su entrega y los números dicen lo contrario.
Y en éstas Ricky. El que nunca deja indiferente. El que nos quita el sueño a algunos esperando que nos maraville y al que muchos esperan dando por hecho que se la acabará pegando. Si bien es cierto que diez días no son suficientes para juzgar la que, se presume, será una larga carrera en la NBA, creo que sí lo son para desmentir muchos de los mitos que han sobrevolado su figura desde que en el Mundial de Turquía no supiera dirigir a nuestra selección a cuotas mayores.
- Ricky no sabe tirar. Digamos que su tiro es mejorable y que su progresión, como todo en esta vida, forma parte de un proceso. Las horas de entrenamiento personalizado aprovechando el lockout están dando sus frutos y así lo demuestra el 6 de 10 en triples que lleva hasta el momento.
- Sufrirá porque el juego de la NBA es más físico. Ricky no ha tenido ningún problema manejando el balón, entrando a canasta, repartiendo juego. Es decir, ha desplegado sus habilidades con independencia de quien fuera el defensor que tuviera enfrente. El propio Lebron debió hacerse cargo de su defensa en el partido que les enfrentó y Ricky se manejó con soltura ante uno de los mejores marcadores hombre a hombre del mundo.
- No es un buen director de juego. Sólo sabe dar espectáculo. Si por algo ha maravillado Ricky en sus primeros minutos de juego en la NBA ha sido por su habilidad para encontrar a los jugadores abiertos. Ha hecho más fácil la vida a sus compañeros y ha hecho parecer bueno a tipos muy limitados en ataque como Tolliver o Randolph.
- Ha alcanzado su tope. No mejora. La modesta temporada pasada en la que Víctor Sada se ganó la confianza de Xavi Pascual alentó a todos los detractores de Ricky para dar por hecho que, aun con 20 años, el chico ya estaba acabado. “No mejora, no progresa, está quemado”. Estos seis partidos han puesto de manifiesto mejoras a nivel técnico (dribbling, tiro, finalizaciones) y sobre todo a nivel mental y táctico (lectura de juego, lectura de situaciones).
Lo cierto es que Ricky es el principal reclamo de una franquicia que llevaba instalada en lo más inaccesible del desierto desde la partida de Kevin Garnett rumbo a Boston. El pabellón se llena, los aficionados se abrazan y se escucha un murmullo cada vez que la lleva el número 9, el niño prodigio del baloncesto español, el que debutó en ACB con 14 años, el que jugó como titular una final de Juegos Olímpicos con 17 y al que le bastaron diez días para que aficionados, medios y compañeros de profesión se rindan a sus pies.
UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS









