La vida te da sorpresas




… sorpresas te da la vida, ¡ay Dios! Lo decía Rubén Baldes y muchos no lo querían creer. Pensaban que el transitar por este mundo es un camino trazado por ingenieros y en el que resulta imposible extraviarse. Pues ni recto ni seguro. Así ha sido el trayecto de Rudy Fernández por una liga que parecía hecha a su medida, por una NBA que le acogió con los brazos abiertos después de la final de Pekín en la que “posterizó” a uno de sus mitos. Rudy voló más alto que Superman para hacernos creer que podíamos destronar a la mejor versión del Dream Team desde la de Atlanta 1996 (si es que hubo alguna que mereciera ese sobrenombre desde que la original arrasara en Barcelona) y, sin embargo, sus días están contados.

De poco han servido las buenas palabras de Nowitzky aludiendo a la ilusión que le haría compartir pista con Rudy. Vistas en perspectiva, resultan menos creíbles que aquellas otras de Rick Carlisle en las que aseguraba que el mallorquín podría aportar cosas positivas en diferentes aspectos del juego (robos de balón, abrir las defensas rivales,...). Se equivoca Dallas apostando por un Vince Carter, tan mediático como perdedor, un jugador que llegó a la liga avalado por sus tres años en Carolina del Norte y cuyo currículum está salpicado de derrotas vergonzantes y de repetidas muestras de incapacidad para asumir el liderazgo. Fue incapaz de conducir a los Raptors a las Finales de Conferencia de 2001 tras perder con los Sixers de Allen Iverson y, en sus posteriores aventuras en New Jersey y Orlando, sólo pudo confirmar las sospechas. Claro, diréis, ahora su rol será otro, más complementario que principal a la sombra de un Nowitzky que seguirá acaparando balones decisivos y defensores contrarios permitiendo tiros cómodos a sus compañeros. Y en eso, en aprovechar las ventajas que genera el alemán, creo que Rudy hubiera sido mucho más efectivo. 



Esta llegada de Vince Carter, sumada a las de Lamar Odom y Delonte West, dibujan un futuro muy esperanzador para los Mavericks a pesar de la salida de algunas piezas claves del anillo como lo fueron JJ Barea y Tyson Chandler. En ese futuro no parece estar Rudy al que Donnie Nelson (hijo del mítico entrenador) pretende empaquetar junto a Corey Brewer (otro alero más que interesante) para ampliar el margen salarial. El destino no está claro aún y es posible que Rudy tenga ofertas de equipos importantes de la NBA. Un jugador con su capacidad de anotación y con su inteligencia en la cancha puede serle útil a numerosas franquicias de la NBA. Dependerá de la entidad del equipo en que recale el que Rudy permanezca en el otro lado del Atlántico. Si aterriza en una franquicia con aspiraciones habrá de quedarse y explorar la posibilidad de convertirse en el segundo español con un anillo de campeón. Si por el contrario, su contrato cae en manos de un equipo en construcción la opción de regresar a Madrid se convertirá en prioritaria. 



A las sorpresas está, también, acostumbrado Marc Gasol. El mediano de la saga acudió al Mundial de Japón supliendo la baja de Fran Vázquez para terminar aportando rebote e intimidación especialmente en la final contra Grecia. Desde entonces, el gordito que aplaudía las canastas de Bodiroga, empezó a cuidar su cuerpo y a mejorar en diferentes facetas de juego (especialmente de la mano de Pesic en Girona) para acabar convertido en un pívot de garantías que hoy firmará por Memphis a razón de prácticamente 15 millones de dólares por temporada. Así, una de las piezas secundarias del traspaso que finalizó con Pau Gasol en los Lakers ha terminado por demostrar que no estaban tan equivocados en Memphis y que aquél no fue un traspaso tan inverosímil como pudo parecer en un principio. Si se confirma la renovación de OJ Mayo Memphis contará con la columna vertebral que estuvo a punto de alcanzar las finales de conferencia en la temporada pasada gracias a un fenomenal trabajo colectivo y al buen reparto de roles dentro del conjunto.

Y si de sorpresas hablamos, no podemos dejar de mencionar la crítica situación de un Pau Gasol que pasa por uno de los momentos más bajos de su carrera. Acabe donde acabe parece que sus opciones para repetir anillo son cada vez menores. Si se queda en los Lakers, la ausencia de Lamar Odom unida a la turbiedad del ambiente ha desembocado en una reducción exponencial de las aspiraciones. De ser traspasado, los destinos parecen aún menos competitivos. Tanto si acaba en New Orleans, como si lo hace en Houston sería el jugador principal de un equipo muy joven y sin experiencia. Sólo en el caso de llegar a Orlando podría el bueno de Pau competir por hacer un papel digno en Playoffs, digno pero sin opciones reales, habida cuenta de la primacía de los Heat y los Bulls (bien reforzados con la llegada de Rip Hamilton) en la Conferencia Este.

Mientras tanto Ricky está trabajando ya con los Timberwolves y le han bastado muy pocas sesiones para comprender la filosofía ofensiva de un Rick Adelman que promete hacer jugar muy bien al equipo. Puedo avanzar que los Wolves serán uno de los equipos revelación de la temporada siempre que la progresión de jugadores como Michael Beasley o Wesley Johnson y la llegada del portentoso rookie (por sus condiciones físicas a pesar de ser un 4 bajito) Derrick Williams complementen la germánica labor de un Kevin Love que parece más grande de lo que es. Rubio es ya todo un ídolo en Minneapolis. Las expectativas son altas. Están encantados con su capacidad de pase y con su habilidad para lanzar los contrataques de un equipo que parece acomodarse a sus características. Ello, unido a su natural carisma, ha hecho que la prensa esté volcada con él. Veremos por cuánto tiempo. 



Quizá sea Calderón, el único de los españoles centrado en lo estrictamente baloncestístico. En Toronto parecen confiar en lo poco que tienen y creen que el español es un buen tutor para los recién llegados. Todo parece indicar que el extremeño acabará sus días en la NBA en la misma ciudad en la que los empezó y sin haber optado nunca a ser campeón.

Ésta es la NBA. La liga que nos quita el sueño y que mueve millones y millones de dólares. La misma con la que sueñan los críos que empiezan a tontear con la pelota de baloncesto y que luego, cuando llegas a ella y a modo de ruidoso despertador, te hace recordar que la vida es como una caja de bombones. Si ya lo dijo Forrest Gump... 



UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Es Pau Gasol... El de la NBA



Sí Mike Brown. Sí Mike Kutchap. Es Pau Gasol. El segundo mejor jugador, si no el mejor, de unos Lakers que ganaron dos anillos. El mejor jugador de una selección, la española, que ha ganado dos Campeonatos de Europa seguidos. El mejor jugador de la historia de los Grizzlies. El mejor jugador español de siempre. Uno de los cuatro mejores pívots que se han vestido de oro y púrpura en el estado de California (los otros serían Wilt Chamberlain, Kareem Abdul Jabbar y Shaquille O´Neal). Uno de los cinco mejores jugadores de la historia de Europa (los otros serían Petrovic, Sabonis, Nowitzky y Galis). Sí, Pau Gasol, el de la NBA.

El mismo que hoy (y ayer, y mañana) protagoniza numerosos teletipos y portadas en los medios deportivos de Estados Unidos y parte del extranjero al estar involucrado en numerosos rumores de traspaso que le sitúan en la cuna del jazz, la ciudad que aún está tratando de recuperarse del Katrina y cuya franquicia, los Hornets, se encuentra en un proceso de indefinición que se agravará aún más con la previsible marcha de un Chris Paul que está situando en una balanza las opciones que cada equipo de los que le pretenden, le ofrecen para ganar un anillo.

A Pau Gasol le restan tres años de contrato a razón de 57 millones de dólares y, además, su contrato cuenta con una cláusula que le asegura, en caso de salida de los Lakers, cobrar un 15% más cada temporada. Ello, sumado a sus 31 años y al descenso de motivación que supondría recalar en un equipo sin aspiraciones, hace que lo más probable es que permanezca a las órdenes de Mike Brown y Ettore Messina luchando por un nuevo anillo junto a Kobe y alguna otra superestrella que bien podría ser Superman Howard, quien podría llegar a cambio de Odom y Bynum.

Sin embargo, aun creyendo que Pau debutará el día de Navidad ante los Bulls en el Staples Center, no tengo palabras para definir la falta de tacto con la que circulan los rumores por el ciberespacio. Twitter y otras redes sociales son una verdadera olla de noticias y filtraciones con más o menos fundamento que involucran a jugadores que si bien se encuentran muy bien pagados, no dejan de ser trabajadores con sentimientos y con proyectos de vida que necesitan de una cierta estabilidad.

Lo peor de todo es que estos rumores revelan, de nuevo, la falta de fe en las capacidades del de Sant Boi, al que vilipendiaron por su actuación en las Finales de 2008 y al que no valoraron en su justa medida cuando le ganó la partida por la mano a Dwight Howard en las del año siguiente. Por no hablar de aquel MVP que le concedieron a Kobe cuando parecía que tenía grabado en oro el nombre de Pau tras aquella actuación gloriosa (19 puntos 18 rebotes) en el séptimo partido que sólo la historia podrá situar en el lugar que corresponde. 



Tengo claro que la idea de Gasol es permanecer en los Lakers hasta la finalización de su contrato para, acto seguido, regresar al Barcelona para ganar la Euroliga, el único gran título, junto a los Juegos Olímpicos, que aún le falta. En estos tres años podrá seguir desplegando su talento en el poste bajo, sus habilidades para el pase, su tiro cara al aro,... Si todo va bien engrosará su currículum con más récords personales y con más éxitos de equipo y entonces se habrá convertido en un fijo del Hall of Fame de Springfield y en un eterno Laker pues su número 16 ondeará en el cielo de un Staples Center que siempre recordará los ganchos, los reversos y el concepto de baloncesto que tenía ese tal Pau Gasol al que no le están rindiendo el trato que se merece. 



UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

E-QUI-PO




Una de las obsesiones de todo entrenador es que el grupo de personas al que dirige actué como un equipo dentro y fuera de la cancha. Muchas veces, finalizada la sesión con los chicos que tengo la suerte de entrenar, me pregunto si son capaces de interpretar lo que les quiero transmitir, si detrás de conceptos como el dividir y doblar, el pasar y cortar, el cierre del rebote o las diferentes técnicas de dribling, son capaces de discernir el verdadero sentido del baloncesto, los principios que le dan forma, las reglas escritas y no escritas (sobre todo éstas) que lo hacen único e irrepetible.

Uno de esos principios, en este caso compartido con otros muchos deportes y experiencias vitales, es que se trata de un esfuerzo colectivo, de equipo. Si James Naismith hubiera pretendido crear un deporte individual habría diseñado una pista de juego de dimensiones más reducidas, habría suprimido una de las dos canastas y habría especificado que se trata de una lucha cuerpo a cuerpo entre un atacante y un defensor. Pero no. Introdujo diez jugadores, dos canastas y un solo balón. Repito, un solo balón.

Un solo balón que custodia, comprimidos, los sueños de muchos jóvenes. Un solo balón que da y quita la gloria, que puede dar vueltas sobre un aro para salirse... O para entrar. Por encima de todo, un único balón que debe ser compartido, que se mueve más rápido por el aire que en las manos de cualquier jugador y que aunque sólo puede ser lanzado por un miembro del equipo suele tener el capricho de entrar, con mayor frecuencia, después de haber circulado por las manos de todos. 



Un solo balón que debe ser defendido entre todos como si se tratase de una llave con la que unos forajidos pretenden entrar en nuestra morada. Ello aunque tengamos la instrucción de encargarnos de una labor más específica, de defender a un jugador o un espacio concreto del campo. Nuestro sentido de la responsabilidad, nuestro sentido colectivo y nuestro afán por conservar lo que es nuestro, son motivos suficientes como para que las ayudas se sucedan y como para que el balón, la llave que da acceso a nuestras propiedades, esté siempre defendido.

Lo vino a resumir muy bien la Madre Teresa de Calcuta: “Yo hago lo que usted no puede, usted hace lo que yo no puedo. Juntos podemos hacer grandes cosas”. Desde el punto de vista defensivo se podría traducir de la siguiente forma: “Yo llego donde usted no llega, usted llega donde yo no llego. Juntos podemos llegar a cualquier sitio”. 



Dentro de un grupo resulta tan importante conocer nuestras limitaciones como conocer a fondo las virtudes de los compañeros. Es básico saber dónde quiere el balón un tirador o en qué lado juegan mejor nuestros postes. Este grado de empatía se alcanza con el tiempo y con el trabajo, pero es fundamental contar con jugadores inteligentes que no sólo lean el juego sobre el tablero, sino también dentro de las mentes de sus compañeros y rivales. Eso es comprender el baloncesto en su totalidad. Y es ésa una virtud propia de todo líder.

Todo gran equipo, pese a estar cimentado sobre unas bases muy sólidas fundamentadas en el valor del colectivo, necesita de la figura de un líder. Lo fue Jordan para los Bulls en los 90, lo fue Magic para los Lakers en los 80 y lo fue Bird para los Celtics de la misma década. Lo fueron Russell y Duncan en dos de las dinastías más gloriosas de nuestro deporte. Y ser un líder, en nuestro deporte, no es estar disfrazado siempre de superhéroe, sino darle al equipo, en cada momento, lo que necesita. La tarea es ardua. El líder ha de ser un ejemplo de dedicación. El primero que llega y el último que se va. Ha de asumir responsabilidades sin venirse abajo moralmente. Ha de involucrar a los compañeros, integrarlos dentro del sistema y hacerles ver que sin ellos no sería posible. Es clave, por tanto, entender la diversidad de roles. Lo dijo Jordan: “En un equipo no todos pueden pretender tener la misma fama o prensa, pero todos pueden decir que son campeones”. Todo ello sin olvidar lo que nos dice Ryunosuke Satoro para recordarnos , al mismo tiempo, que el ser humano es limitado cuando actúa aislado e infinito cuando se integra y trabaja en pos de un destino común: “Individualmente somos una gota. Juntos, somos un océano”. Jordan lo tuvo claro cuando le pidió a Steve Kerr que estuviera preparado para lanzar el último tiro.



Decidme, si no, un ejemplo de equipo, que sin jugar como tal, se alzara con el título de campeón. Tal vez me habléis de los Lakers de 2010 en los que Kobe asumió demasiado protagonismo teniendo en cuenta quiénes eran sus compañeros (Bynum, Gasol, Odom). Sin embargo, eran los propios jugadores, y el entrenador, los que esperaban que Bryant asumiera este papel. Y tal vez recordéis los esfuerzos heroicos de Wade en 2006 que terminaron dando sus frutos. Es cierto, pero recordad la importancia de las canastas milagrosas de Payton o de los puntos en la pintura de Shaq. Recordad que ambos conjuntos dominaron la faceta defensiva. Es más, qué equipo se ha alzado con el anillo sin dominar este aspecto del juego, aquél en el que la falta de espíritu colectivo queda más evidenciada.

Os propongo ver el baloncesto desde diferentes ópticas. Os recomiendo disfrutar de una buena ayuda o valorar con justicia la eficacia de un bloqueo. No porque sean acciones espectaculares. Sí, en cambio, porque denotan que se ha comprendido el espíritu del juego, de un juego pensado para ser disputado en equipo. Os invito a jugarlo perdonando al compañero que yerra, pensando que no hubo mala intención en aquella jugada en la que no me vio abierto en el triple, confiando en que si salto a la ayuda, alguien cubrirá a mi jugador. Realmente os estoy invitando a jugar el baloncesto de verdad, aquel que engloba todos sus principios y verdades, aquel en el que el egoísmo no tiene cabida, en el que el yo es sólo un elemento ajeno que pretende distorsionar su sentido solidario. Lo dijo el cómico teatral Robert Orben: “Si podéis reir juntos, podéis trabajar juntos”. Hagámoslo. 

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO EN EQUIPO A TODOS

Cuestión de base

Con el anuncio del fin del lockout y con la apertura de las negociaciones en la NBA, han surgido ya los primeros rumores de traspaso. En la mayor parte de ellos están involucrados los equipos de la Gran Manzana, Knicks y Nets. Los del Madison se encuentran en el enésimo intento de reconstrucción desde que Ewing colgara las botas y el equipo de Prokhorov quiere conformar un proyecto ganador en torno a un Deron Williams al que el Besitkas pretende retirar su camiseta en honor a sus clínics a precio de lingote en el distrito anexo al Estrecho de los Dardanelos.

Sin embargo, otro equipo ha empezado a sondear el mercado con la intención de conformar un equipo competitivo en el corto plazo. Se trata de los Boston Celtics. Su General Manager, Danny Ainge, fue un deportista extraordinario, un superdotado que podría haber practicado cualquier deporte profesional con éxito. En el Garden, los más viejos del lugar, aún recuerdan la velocidad del número 44, sus tiros en suspensión y, sobre todo, su espíritu ganador. Su labor en los despachos había estado bajo sospecha hasta que en el verano de 2007, gracias a su agenda de contactos y a algún viejo amigo (gracias Kevin Mchale), consiguió reunir en la “Beantown” a Paul Pierce, Ray Allen y Kevin Garnett, reeditándose así una nueva versión, diferente y unicolor, de aquel Big Three que durante los años 80 conformó uno de los mejores Front Court de la historia (Parish, McHale y Bird). 



El pasado febrero, al límite del cierre del período de traspasos, Danny Ainge no tuvo reparos en deshacer el quinteto que había llevado a los Celtics a ganar el decimoséptimo anillo de la franquicia en 2008 y a alcanzar la final de 2010. De hecho, el quinteto conformado por Rondo, Allen, Pierce, Garnett y Perkins no perdió nunca una serie de playoffs estando sanos todos sus miembros. El bueno de Kendrick Perkins hizo sus maletas rumbo a Oklahoma City y, a cambio, llegaron un Jeff Green más verde que el color de la camiseta céltica y un Nenad Krstic que si bien puede ser MVP del mes en la Euroliga no está capacitado para ser una referencia bajo los tableros en la NBA.

Desde que se juntara el Big Three en el verano de 2007 siempre se comentó que los Celtics tenían una ventana de tres años para añadir más títulos a su increíble historial. Pues bien, la ventana sigue abierta y ya vamos por el quinto año. Las condiciones contractuales de las estrellas y la renovación de Doc Rivers (convirtiéndole en el entrenador mejor pagado de la liga) hacen indicar que la inevitable regeneración será postergada de nuevo. Es por ello que el principal rumor vertido desde los mentideros de la liga es el que hace referencia a un traspaso, vía un tercer equipo (se habla de los Pacers), entre Rajon Rondo y Chris Paul.

Rajon Rondo lleva cuatro años complementando a la perfección las virtudes y defectos de los miembros del Big Three. Su visión de juego ha facilitado la labor anotadora de Ray Allen y Kevin Garnett. Corre muy bien la pista y tiene gran facilidad para entrar a canasta. Rebotea con facilidad en defensa y su rendimiento suele subir en playoffs. Sin embargo, su incapacidad para anotar desde el perímetro permite a las defensas rivales doblar la marca tanto a Pierce como a Garnett cerrándose mucho los espacios. Su porcentaje de tiros libres es inaceptable para el base de un equipo ganador. De hecho, en numerosos partidos, Doc Rivers ha optado por acabar el partido sin un base puro. 



Chris Paul es un auténtico jugón, tal vez el mejor driblador de la liga junto a Deron Williams con un fantástico tiro en suspensión y una gran visión de juego. No es el mejor defensor de la liga, pero tiene muy buenas manos y sus cifras de robos suelen estar entre las mejores del campeonato (también las de Rondo). En su contra el escaso éxito de los Hornets en las últimas temporadas y el hecho de haberse visto afectado por recurrentes lesiones. Estoy convencido de que se compenetraría a la perfección con los veteranos de los Celtics pues recabaría la atención de las defensas rivales facilitando así el juego uno contra uno de Pierce y Garnett y las salidas para lanzar de Ray Allen. Además, la marca “Chris Paul” goza de un mayor valor en el mercado por lo que sería más fácil atraer jugadores de nivel ante una futura reconstrucción. 


Todo se reduce a una cuestión de gusto, al eterno debate sobre los requisitos que debe reunir un gran base para erigirse en el pilar sobre el que se sostiene todo un equipo. No cabe duda de que estamos ante dos grandes point guards, ante dos jugadores capaces de conducir a un equipo a las más altas cotas. Sin embargo, si fuerais el General Manager de un equipo, ¿a quién prefeririáis para comandar vuestro proyecto?

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

El regreso de los halcones




Por Navidad. Como los seres queridos. Como el árbol y el belén. Como la estrella y las luces. Como las compras compulsivas y las comidas indigestas. Como el cuñado vacilón y la suegra... mejor poned vosotros el adjetivo. Y sí, también como el turrón. Regresa la NBA.

Lo hará por todo lo grande. Con un Knicks-Celtics en el Madison. Un partido de esos con sabor añejo, con todo lo que un niño necesita para comprender, al fin, lo que es el baloncesto. Dos horas y media más tarde (20,30 hora peninsular), en las praderas tejanas volverán a verse las caras los Mavericks y los Heat. Será el momento de comprobar hasta qué punto Rudy Fernández puede jugar un papel importante en el equipo campeón teniendo en cuenta, además, que llegará más rodado gracias a los importantes minutos que ha disputado con el Real Madrid. Y si con estos dos partidos no fuera suficiente, a las once de la noche hora peninsular, Bulls y Lakers mostrarán las cartas con las que pretenden erigirse en candidatos a todo. Comprobaremos la mejora en el tiro de Rose, el estado de forma de Bryant, el estilo que quiere proponer Mike Brown y a la mejor defensa del campeonato de la que es pieza imprescindible el hijo del gran bocazas, ça veut dire, Joakim Noah.

Todo ello gracias al enésimo encuentro entre representantes de jugadores y patronal. Gracias a otra reunión maratoniana, de esas de ojeras enfermizas y café en vena, que por fin ha concluido en acuerdo. Desconozco si todo estaba pactado o si de verdad estamos ante un nuevo cuento de Navidad. Eso sí, el reparto de papeles sería en todo caso discutible. El señor Scrooge estaría representado tanto por los jugadores como por los propietarios, eternos infelices y avaros defensores de sus intereses, egoístas sin escrúpulos guiados por un obsesivo afán de enriquecerse. Los empleados de las franquicias y los propios aficionados encarnaríamos a Bob Cratchit, ese trabajador que aun arruinado y desolado por la enfermedad de su hijo, no renuncia a celebrar la Navidad. Tampoco sé qué clase de espíritus se presentaron en la reunión con el objetivo de hacer cambiar a los dos colectivos que estaban impidiéndonos disfrutar del baloncesto americano. Lo cierto es que después de 149 días de cierre patronal habrá NBA. Habrá Navidad.

Y con la Navidad regresarán los colonos holandeses a New York y los celtas a Boston. Volverá la monarquía a Sacramento. Se escuchará de nuevo el sonido de los motores en Detroit. Volverá a sentirse el calor en el sur de Miami.

Volverán los lobos a Minnesota, el jazz al hogar de los mormones, las espuelas al sur de Texas. Correrán de nuevo los toros por Chicago y habrá que tener cuidado con las avispas en Nueva Orleans.

No será raro ver magos en Washington o linces en Charlotte. Hay aviso de tormenta en la ruta 66 a la altura de Oklahoma. Se cubre el cielo de halcones en Atlanta.

Y el regreso de los halcones es a la NBA lo que la vuelta de las cigüeñas supone para la meteorología. Un indicador de buen tiempo. De buenos tiempos en este caso. De madrugadas en vela y de vídeos en funcionamiento. De debates abiertos. De si Kobe o Jordan. De si Rose o Paul. De si verde o amarillo. Lebron sí o no. Baloncesto sí. Eso está claro.

Y regresarán, cómo no, los que emigraron a hacer las europas. Los que vieron en el continente en crisis una salida para seguir jugando al baloncesto. Dejarán a sus equipos mermados mientras otros, como el Barcelona o Panathinaikos, ni se enterarán de su partida. Los aficionados del Madrid habrán disfrutado del juego de Rudy e Ibaka. Los del Barcelona disfrutarán de los títulos en mayo. Y es que yo, al menos, no tengo dudas de que el proyecto vence a la intuición, la previsión a la improvisación. Así en la vida como en el baloncesto.

Baloncesto que regresa a su forma más pura, al lugar donde nació y creció, al lugar donde es un deporte de masas. Donde los pabellones se llenan, donde los sueños se hacen realidad. Al lugar en el que Dios pensó cuando hizo el edén. América. 



UN ABRAZO Y ENHORABUENA POR SOBREVIVIR A 149 DÍAS DE LOCKOUT

El Diablo viste de azul




Orígenes humildes. Inagotable tesón. Formación militar. Servicio fiel a la patria. Discípulo de un inmejorable mentor. Cinco pistas para descubrir a un hombre (sexta pista) que se crió en los suburbios de Chicago (séptima) para acabar triunfando en una ciudad media y muy innovadora del estado de Carolina del Norte (octava). Se llama Durham y acoge uno de los programas de baloncesto más exitosos del país (además de una de las universidades más pujantes en el campo de las nuevas tecnologías). Creo que ya todos sabéis que estoy hablando de la Universidad de Duke y de su particular John Wooden, Mike Krzyzewski, el hombre cuyo apellido tiene menos vocales por consonante del mundo, Coach K dentro del mundillo.

Coach K acude a misa todos los domingos. En el templo reza porque su familia esté bien, porque la salud les acompañe. Aun así, quienes le conocen bien afirman que, seguramente, mientras el pastor sermonea a la feligresía, Mike puede estar pensando en su programa de baloncesto, en esos chicos recién llegados del instituto que aún no saben lo que la vida les puede deparar. Y piensa no sólo en sus aptitudes baloncestísticas, en la mejora de su tiro exterior o de su penetración a canasta por la izquierda. Es más, quienes le conocen te dirán que su objetivo principal fue siempre, es y será, formar buenas personas. Él mismo nos deja en uno de sus libros la siguiente frase: “Meter tiros es importante, pero no tanto como las personas que los convierten”.

En 1974, cuando había alcanzado el rango de capitán, renunció a su puesto en la US Army para aceptar una beca como asistente de quien antes le había entrenado en el equipo de la Armada, un tal Bobby Knight, el entrenador al que con la victoria ante Michigan State del pasado miércoles, superó en el número total de triunfos como entrenador en el Torneo Universitario. 903. Todas ellas en Duke, pero ésa es otra historia.

Centrémonos antes de su periplo por Durham en lo que representó Bobby Knight en el proceso de aprendizaje de Coach K. El propio Bobby Knight afirma en la siguiente entrevista que tardó poco en descubrir todo lo que Mike podía ofrecer. “Ya como jugador era inteligente, podía atacar y defender, elegía siempre frenar al mejor oponente rival. Era un ganador. Jugaba con corazón”. En los seis años que pasó en Indiana tomando notas y aprendiendo del maestro, Mike Krzyzewski terminaría de definir su particular librillo basado en los mismos principios en los que creía Knight: planificación, método y, al mismo tiempo y aunque pueda parecer contradictorio, PASIÓN. Sin secretos. Tal vez sólo uno, la capacidad para comunicar (él mismo reconoce que “el trabajo de equipo comienza y termina en una buena comunicación”).



Para comunicar y para enseñar. Desde que llegara a Duke en 1980, Coach K ha sido el responsable y mentor de varias estrellas de la NBA (Grant Hill, Elton Brand, Carlos Boozer), de muy buenos jugadores profesionales (Christian Laettner, Shane Battier, Danny Ferry, Trajan Langdon,...), pero, sobre todo, de personas que no gozaban del talento necesario para vivir de este deporte. Para ellos el baloncesto fue parte de su formación, un campo en el que compartieron experiencias y sumaron aprendizajes. Un medio a través del cual conocieron a una de las personas más influyentes de sus vidas. Mike Krzyzewski. Quizá porque siempre les fue sinceros. Así se refiere el eterno entrenador de Duke al valor de la verdad. “En nuestro programa la sinceridad es la base de todo lo que hacemos. No hay nada más importante que la verdad porque no hay nada más poderoso que la verdad. Por ello, en nuestro equipo, siempre somos honestos el uno con el otro. No hay otro camino.”

Mucho más que un entrenador, Coach K ha sido considerado por muchos de sus antiguos jugadores como un verdadero referente vital, como una de esas personas a las que no dudarían en confiar un secreto hasta el punto de que, en cada decisión que la vida les invita a tomar, siempre acaban preguntándose: “¿Qué haría él en estas circunstancias?”.

Chris Duhon, alumno de Duke, lo dice claramente: “Es el padre que nunca tuve”. En el mismo sentido se pronuncia Jay Bilas, pívot titular en la primera aparición de Duke en una Final Four allá por 1986: “Ha habido dos personas realmente influyentes en mi vida. Una fue mi padre, la otra fue Coach K. No ha habido un sólo día de mi vida en el que no haya actuado según los principios que ellos me enseñaron. Siempre que me preparo para un trabajo o para un partido pienso en lo que aprendí estando en Duke”. Quizá, sea “sólo” que tal y como apunta Bobby Hurley, “Coach K se mantuvo fiel a sus principios, nunca olvidó lo dura que fue su vida en sus orígenes en el noroeste de Chicago. Simplemente buscó algo en la vida por lo que sentir la pasión. Y ese algo fue el baloncesto”.

El baloncesto y Duke. Sus modernos edificios, el espíritu religioso de una comunidad volcada hacia la Universidad, el Cameron Indoor Stadium con su nombre, el de Mike, rotulado en el parqué, el templo en el que los diablos azules juegan sus partidos como locales ante una afición entregada, ante un graderío que directamente arde cuando se juega el derby estatal contra los Tar Heels (Carolina del Norte). Sólo este amor puede explicar la renuncia de Mike a entrenar a los Lakers. Sólo este amor puede explicar una fidelidad que va camino de cumplir 32 años. 



32 años adornados con multitud de récords. El último en el tiempo, el logrado el pasado miércoles. Máximo número de victorias por parte de un entrenador universitario. A éste hay que sumar sus cinco presencias consecutivas en la Final Four entre 1988-1992 que lo igualan a John Wooden, el mayor número de victorias en Final Four sólo por detrás, nuevamente, de “el mago de Westwood”, el mejor récord victorias-derrotas en el Torneo Final y un sinfín más de pequeños hitos que son el resultado de la aplicación de unos principios en los que cree con la misma fe con que los aplica. Cada día, sin descanso. Lo dice JJ Reddick: “Para Coach K no existen los días libres. Siempre que he estado cerca de él, me ha parecido muy grande”.

Pero Mike Krzyzewski sabe muy bien, tras haber trabajado con 32 generaciones de jugadores en constante renovación, que el éxito no lo construyen los individuos, sino los equipos. Equipos que él ha liderado con una profunda ética de trabajo y con una delirante pasión. Liderazgo y equipo son, por tanto, las dos piezas que faltaban para terminar de perfilar este puzzle victorioso en que se convirtió el programa de baloncesto de Duke desde la llegada, en 1980, de Coach K. Esa combinación de ambas variables queda resumida genialmente en la siguiente frase del entrenador: “Visualiza una rueda de un carro como si fuera un equipo. El líder estaría en el centro. Ahora supón que los radios son los mecanismos de comunicación que el líder está estableciendo con las partes exteriores que bordean la rueda. Si el núcleo de la rueda se viene abajo, toda la rueda se va con él. Así, por tanto, si un equipo pierde a su líder, también así el equipo se ve perdido”. ¿Y en qué se basa el liderazgo? Mike lo tiene muy claro: “En generar confianza”. ¿Y cómo se genera la confianza? “mirando a los ojos de los jugadores”. Y tras recordarnos la importancia del papel del líder nos recuerda que “en determinados momentos críticos un líder no puede permitirse sentir lástima de sí mismo, no puede venirse abajo, no puede parecer enfadado. Tampoco débil. Los líderes deben dejar atrás todo este tipo de emociones”.

Pasión, comunicación, liderazgo, confianza, principios éticos y morales y más pasión. Recetas que todos conocemos, pero que sólo unos pocos maestros logran convertir en obras de arte. Fidelidad y lealtad a una universidad, Duke. Compromiso y respeto hacia unos jugadores, los blue devils, que a su vez sienten devoción por el que fue y sigue siendo su capitán. La historia de un ganador, de un entrenador de baloncesto que se define a sí mismo como “un líder que, por casualidades de la vida, ejerce esta cualidad en un banquillo”. Espero que la hayáis disfrutado tan sólo una décima parte de lo que yo lo he hecho recopilando aspectos sobre su vida, sobre su manual y sobre lo que quienes pasaron por sus manos sienten hacia quien fue un humilde joven de Chicago, hacia quien, hoy, es uno de los tres mejores entrenadores de baloncesto universitario de la historia. 


P.D. Echaréis en falta una referencia a su papel como entrenador de la selección estadounidense de baloncesto. Sin embargo, he creído oportuno enfocar este artículo hacia su periplo universitario pues entiendo que son dos realidades muy distintas, poco menos que dos deportes diferentes.

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Sesenta segundos



Sesenta segundos que suelen ser noventa. Cinco rostros desdibujados por el esfuerzo con la mirada un tanto perdida. Sombras que apenas se mueven. Ruido que nunca se detiene. Tiempo muerto en la pista. Sólo habla el entrenador. Tenga o no algo que decir.

Y es que ha habido numerosas discusiones sobre el verdadero valor de la palabra. Algunos prohombres de nuestra civilización nos invitaron con sus sentencias a mantenernos callados. Ya lo decía San Antonio de Padua: “Cesen las palabras, por favor, y sean las obras quienes hablen”. Sin embargo, yo me sitúo más en la linea de André Maurois cuando afirma: “las palabras acercan; los silencios destruyen”. Probablemente lo más indicado sea alternar blancas y corcheas, sonidos y silencios en una partitura que no ha de ser preciosa, pero sí comprensible, que no ha de trasladarnos a dimensiones lejanas, sino que tiene como fin reubicar a unos jugadores desorientados hacia el camino que les debe conducir al objetivo final, sea cual sea éste en función de las capacidades del colectivo.

Doc Rivers no sólo fue un gran base, no es sólo un gran estratega y no es sólo el poseedor de la pizarra más imaginativa de todo el baloncesto norteamericano. Es también uno de los grandes motivadores, el cemento que ha dado cohesión a un grupo plagado de grandes jugadores con sueldos muy dispares y con egos a considerar. No sabemos si nació con este don o si tuvo que aprenderlo. Lo cierto es que es un excelente comunicador y para muestra, si no, un botón. Un pequeño recordatorio de lo que significa jugar en un equipo para quienes lo saben muy bien en previsión de que puedan olvidarlo en el fragor de la batalla. "Sé que todos queréis ganar. Pero no podéis hacerlo solos. Tenemos que hacerlo JUNTOS. TOGETHER".



Más castiza y próxima nos resulta la figura de Porfirio Fisac. El segoviano sabe sacar lo mejor de sus jugadores. En sólo cincuenta y dos segundos de vídeo habla de la importancia de la comunicación no verbal, del lenguaje corporal, de la importancia del no pensar en el corto plazo, de mantenerse en la ruta hacia un objetivo que no siempre está a la vuelta de la próxima esquina, sino que se puede encontrar, incluso, al otro lado del río.



Lo cierto es que no conviene perder los nervios. Los enfados, las protestas e, incluso, las salidas de tono deben partir de un autocontrol necesario y recomendable. El entrenador debe estar al mando de la situación. Él ha de ser un ejemplo para sus jugadores puesto que lo que transmita con su lenguaje corporal le acabará afectando a éstos. Un caso paradigmático de lo que no se debe hacer es el de Stan Van Gundy, entrenador de los Orlando Magic que se retrata a sí mismo en el siguiente vídeo y que fue caracterizado aún mejor en la siguiente columna del blog de Antoni Daimiel que os recomiendo que leáis: “Gritar para que no griten”



Y si por algo echaremos de menos a Messina después de su espantada y de su mudanza a los Lakers será por sus tiempos muertos. Es probable que cuando se reanude la temporada NBA, el italiano sufra mucho para reprimirse mientras Mike Brown se dirija a sus jugadores con un discurso que ya puedo imaginar: “dadle más balones a Kobe” (que ya llevará para entonces 30 tiros). ¿Podrá el italiano abstenerse de decir aquello de “sólo porque lo sepáis todos. Felipe no puede jugar y Carlos tampoco. Si podemos estar con la cabeza en el partido bien, si no perdemos. Lo merecemos, lo merecemos,...”. Lo cierto es que el siciliano nos regaló numerosos tiempos muertos en los que los silencios, durante los cuales la tensión podía cortarse, reinaban sobre las palabras dejando lugar para la reflexión. He aquí algunos ejemplos. 





Por último, un minuto puede ser suficiente para que de la mente del entrenador salga una jugada que resuelva un partido, una canasta ganadora que mediatizará todo lo ocurrido durante los cuatro cuartos previos y que hará que unos sean muy buenos y los otros muy malos poniendo de manifiesto el fino hilo que separa al triunfo de la decepción. Seis décimas en el electrónico. 101-99 para Miami. Saca Pierce. Imaginad lo que viene después. 





Y es que no hay auditorio más exigente que el que configura tu propio equipo. Esos doce jugadores que te respetan porque les puedes hacer mejores y que esperan escuchar de tu boca palabras mágicas que reconduzcan situaciones, que les des las claves para sacar adelante un partido. Palabras que no siempre existen. Jugadas que no siempre salen. Porque hay un rival. Porque somos humanos. Porque, como he dicho muchas veces, el baloncesto es como la vida y en la vida hay muy pocos trazos rectos, hay muy poco blanco o negro. Hay mucho gris. Sin embargo, hemos de valorar esa posibilidad que nos da el reglamento, ese minuto que suele ser minuto y medio, como una opción para recordar nuestro mensaje, para refrescar nuestros objetivos, para acercarnos un poco más a nuestros jugadores.



Y si no, siempre podemos hidratar nuestros labios como hace aquí el entrenador de Missouri ante la atenta mirada de sus jugadores. 





UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

La sombra del candado




Prefiere mantenerse en el anonimato. De no hacerlo podría ser multado por una liga, la NBA, que está cerrada sine die. Este joven afroamericano lleva cuatro años trabajando como acomodador del Rose Garden de Portland para obtener un dinero que le permita costear sus estudios. Sentado en la segunda fila del primer anfiteatro observa el pabellón vacío y se pregunta cuánto tiempo habrá que esperar hasta que en las butacas vuelvan a sentarse los calientes aficionados de los Blazers.

Jean Harvey es una camarera de The Fours, un restaurante muy cercano al TD Garden de Boston. “Durante los días de partido (de los Celtics. Los Bruins de NHL no arrastran tanto público pese a ser los vigentes campeones) podemos llegar a albergar a 400 clientes fácilmente” afirma Ryan Reardon, su propietario. La cuantía de las propinas se ha reducido en un setenta y cinco por ciento y ahora Jean combina su trabajo en el restaurante con la limpieza de unos grandes almacenes para poder pagar sus deudas a fin de mes. Todo ello mientras propietarios y jugadores se niegan a alcanzar un acuerdo por lo que para ellos no es más que un puñado de dólares (4.300 millones de dólares es la diferencia que dificulta el acuerdo en cuanto al reparto de los BRI o beneficios relacionados con el baloncesto).

Mickey Arison, dueño de los Heat, siempre ha presumido de tratar con extrema cortesía a sus trabajadores. Como recompensa tras las arduas negociaciones para hacerse con Lebron James y Chris Bosh, Mickey decidió asegurar el puesto de trabajo de todos los encargados de oficina del equipo de Miami en previsión del, por entonces, posible Lockout. Sin embargo, la letra pequeña de ese acuerdo matizaba la filantropía del empresario pues se introducían recortes de entre un 10 y un 25 por ciento (en función del cargo) en el salario de los empleados, hecho éste que ha obligado a varios de ellos a trabajar de forma parcial en otros trabajos. Cabe esperar que Arison reembolse la diferencia toda vez que el lockout llegue a su fin (un año de éstos), pero hasta que llegue ese momento muchos de los empleados de la franquicia de moda de la liga habrán de ajustarse el cinturón “a la griega”.

Nuestro siguiente protagonista tampoco quiere hacer pública su identidad. De su puesto de trabajo depende su familia, dependen sus dos hijos. Nos lo encontramos en el metro camino de Penn Plaza desde cuya boca suele llegar caminando al escenario más famoso de este pequeño planeta, el Madison Square Garden. Es 2 de noviembre y esta noche estaba previsto un Knicks-Heat que debía abarrotar el graderío y mover miles y miles de dólares, casi tantos como pasiones. El Madison seguirá funcionando, qué duda cabe. En vez de dar cobijo a Kevin Durant o a Kobe Bryant servirá de templo para los fans de Jay Z o de Rihanna. Así, los fijos del Madison seguirán teniendo trabajo, pero no nuestro protagonista, contratado sólo para los partidos de los Knicks, unos encuentros pospuestos indefinidamente hasta que las dos partes, jugadores y propietarios, diriman la controversia con el beneplácito de los rectores de una liga que se cree por encima del bien y del mal, pero que sobrevive gracias, también, a estos humildes trabajadores cuyo futuro, y el de sus familias, depende de algo tan maravilloso y, a priori, sencillo como es el baloncesto.

Nos cruzamos con Juan Galan, representante de todos los encargados del servicio de comidas en el Madison. La cifra sorprende. Hay más de 700 empleados destinados a esta función en el recinto y muchos de ellos ven cómo peligra la posibilidad de trabajar durante las 900 horas mínimas estipuladas para poder optar a un seguro médico. Por no hablar de la reducción de las propinas con las que pagan sus hipotecas o las escuelas de sus hijos en un sistema que nada tiene que ver con el español o europeo.

Y también quiero acordarme del espectador filipino, birmano, etíope o español, que sumido en una profunda depresión hace zapping en su televisión sin encontrar ese prozac que solía ser el ver un partido de NBA en medio de la madrugada.


Miles de millones de dólares que imposibilitan un acuerdo. Miles de millones de dólares que impiden a otros reunir unos pocos cientos con los que pagar las cuestiones más básicas. Miles de millones de dólares que hacen que unos cuantos cientos de miles de personas perdamos la fe en quienes un día fueron nuestros ídolos, a quienes un día creímos moradores del Olimpo y a quienes hoy vemos como ruines egoístas en la defensa de un único color, el verde del dinero y la avaricia, el verde de las uvas de la ira que nos produce esta situación a los aficionados de ese deporte que sigue estando por encima de quienes lo practican y decían defenderlo. Sí, amigos, se llama baloncesto. 




UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Los malos también la saben meter



Se disipan los negros nubarrones. Vuelve a lucir el sol en el planeta Baloncesto. No, no ha resucitado Petrovic (ya quisiéramos) ni tampoco se ha solucionado el lockout en el otro lado del Atlántico. Pero sí os puedo adelantar que mañana, cinco de noviembre, comienza la III Edición de la Liga Senior Provincial de baloncesto en Salamanca.

Si vuestro fin de semana carecía de interés porque vuestros únicos planes consistían en acercaros a una casa rural o hacer un poco de turismo cultural, he aquí vuestra gran oportunidad. Los pabellones del alfoz salmantino (Cabrerizos, Santa Marta, Carbajosa, Los Villares) rezumarán baloncesto por los cuatro puntos cardinales. En ellos medirán sus fuerzas jugadores, que por unas circunstancias (temas laborales, familiares, otras prioridades) o por otras, (vamos, que son muy malos para jugar en mejores categorías) han decidido que sus talentos no se iban a ninguna playa de Miami, sino que se quedaban en la fría estepa siberiana. Castellana, perdón.

Siete es el número final de equipos participantes. A los clubes clásicos que han disputado las dos ediciones anteriores como Santa Marta (que presenta dos equipos), Electrochips Carbajosa (que defiende título) o el Bambú Legends de Cabrerizos (subcampeón en la pasada edición y tres veces campeón del Trofeo Diputación), se suman el Café de Anita (segunda participación), Heladería Smooth Villamayor (equipo vencedor de la primera edición y que regresa tras un año de transición) y Monterrubio de la Armuña (que debuta en esta edición). Se echará de menos la presencia del Tres Columnas de Ciudad Rodrigo que no participará este año.

Con esta ausencia se certifica uno de los principales déficits de la competición. Y es que lo que debería ser una liga provincial se ha convertido en una liga de Salamanca y alrededores, con viajes de cinco kilómetros en los que resulta imposible experimentar aquello que se llama espíritu de equipo. Este mal tiene muchos padrinos desde la incoherencia de la organización territorial (minifundismo municipal), la incompetencia de los entes de Derecho público (sí, estoy pensando en esas supervivientes de un pasado remoto que son las Diputaciones) para inculcar los valores del deporte en el mundo rural o semiurbano o la propia incapacidad del baloncesto para extenderse fuera del ámbito de las grandes o medianas ciudades. Estoy convencido de que términos como Guijuelo, Béjar, Ciudad Rodrigo, Peñaranda, Ledesma o Vitigudino tienen el potencial demográfico suficiente como para sacar doce jugadores de baloncesto de nivel medio. Sin embargo, la falta de iniciativa unida al monopolio del gúrgol (fútbol) ha terminado por hacer de la liga provincial una liga muy acotada en el espacio reduciéndose, al mismo tiempo, su capacidad de difusión.

Más allá de eso y en base a mi experiencia, me gustaría recalcar la labor llevada a cabo desde la Delegación y, sobre todo, la iniciativa personal de Fernando Vázquez (presidente del Comité de Árbitros de Salamanca) y Javier Palao (fundador, presidente, entrenador y jugador del Bambú Legends, amén de un loco de este deporte) que en su día capitalizaron los esfuerzos por sacar adelante este proyecto que ya va camino de consolidarse tras dos años en los que la organización estuvo a la altura de lo demandado por los participantes. Gracias a ellos podemos disfrutar de baloncesto organizado y competitivo en una ciudad en la que este deporte se vive de manera muy intensa, en la que se recuerdan con cariño los años del CBS en ACB y en la que se festejan por todo lo alto los triunfos del Perfumerías Avenida tanto a nivel nacional como continental (no en vano son las vigentes campeonas de la Euroliga Femenina y de la Liga Nacional).

Con la Liga Senior Provincial quedó cubierto el vacío existente en cuanto a competiciones a nivel amateur en Salamanca. Gracias a ella muchos jugadores, entre los que me incluyo, tenemos la oportunidad de seguir practicando el deporte que más nos gusta en buenas instalaciones, con árbitros de buen nivel y ante rivales que, como nosotros, se preparan con enorme ilusión para competir y, si es posible, vencer. Un pero, se echa en falta un poco más de calor en los pabellones. Es cierto que todos tenemos las agendas ocupadas y que un partido de este nivel no concita gran atención. Sin embargo, desde este humilde foro, me gustaría invitaros a que conocierais in situ la calidad, esfuerzo y entrega que los diferentes equipos ofrecen sobre el parqué. Quizá no se juegue demasiado por encima del aro, pero sí que se ven jugadas de calidad, rápidas circulaciones de balón, gestos técnicos de enorme dificultad,... Todo, claro está, a la velocidad que nos permiten nuestras machacadas caderas, nuestras piernas curtidas en mil batallas, nuestras heridas de guerra. Todo, de manera natural y sin artificios, desde el orgullo y la honradez que le debemos a un deporte que jamás dejaremos de amar. Ven a vernos y comprenderás que LOS MALOS TAMBIÉN LA SABEMOS METER. 

Y si no, comprobadlo vosotros mismos a través del vídeo promocional de la primera edición del All Star de la liga que tuvo lugar el pasado enero. 

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Papá, cuéntame otra vez


Es noviembre. Os habréis dado cuenta por lo temprano que anochece, por los cementerios tapizados de rosas y claveles o por los muertos vivientes que al grito de “truco o trato” siguen degradando las tradiciones hispanas en pos de una asimilación cada vez más inverosímil de todo lo anglosajón. Y sí, noviembre suele venir adornado de partidos en la alta madrugada, de sueños inscritos en un balón Spalding, de Apolos reconvertidos a jugadores de baloncesto. Sí, amigos, esta noche del martes al miércoles estaba previsto el arranque de la NBA.

Pero no será así. Como anticipaba en un caluroso (supongo) 31 de julio a través del post “Noches de teletienda” tanto jugadores como propietarios han hecho de su capa un sayo y ha sido imposible alcanzar un acuerdo. Por el momento sabemos que en noviembre no habrá liga y que será imposible completar los 82 partidos previstos. Nos queda disfrutar de los que están “haciendo las Europas” ya sea por amor al baloncesto (Tony Parker) o a la cartera (Rudy Fernández). No hay duda de que su presencia está contribuyendo a aumentar la calidad de los partidos en el viejo continente, al tiempo que se pone de manifiesto la distancia sideral que existe entre los baloncestos de uno y otro lado del charco. Pero no quiero meterme en estos barrizales pues no es éste el sentido de esta entrada.

Anoche, viendo una redifusión del Informe Robinson de este mes, disfruté muchísimo conociendo la experiencia del Partizán de Belgrado jugando como local en Fuenlabrada a consecuencia de una decisión controvertida de la FIBA que le impidió jugar los partidos de la primera fase de la Copa de Europa en la Sala Pionir de Belgrado alegando temas de seguridad durante el transcurso de la guerra serbo-bosnia. Sin embargo, fue el siguiente reportaje, relacionado con el alzheimer y con el modo en que los que padecen esta enfermedad gestionan sus recuerdos, el que me hizo acercar la silla a la pantalla y estremecerme sobre ella. Como podréis ver el fútbol actúa como nodo de unión entre sentimientos y recuerdos inconexos generando un estímulo al que el enfermo de Alzheimer reacciona bien evocando los recuerdos, bien dibujando una leve sonrisa. 




Como homenaje a todos los que combaten con esta enfermedad que merma cada día y a pasos agigantados una de nuestras señas de identidad, nuestra memoria, y en homenaje, también, a esos seres queridos que ven cómo sus parejas, padres, abuelos o hermanos pierden facultades hasta el punto de dejar de reconocerlos, quiero presentaros los tres instantes baloncestísticos que, si por una fatalidad del destino fuera atacado por el Alzheimer, me gustaría recordar en presencia de mis hijos (si es que llego a tenerlos) al sonido de esas cuatro palabras mágicas que pusieron título y sentido a una de mis canciones favoritas. “Papá, cuéntame otra vez”.

Yo les contaría cómo burlé la vigilancia de mis padres, durante las madrugadas de junio de 2004 para poder ver en directo la final entre Los Ángeles Lakers y los Detroit Pistons (sonido Montes y Daimiel, qué privilegio) que debían coronar a Gary Payton y Karl Malone con su primer anillo de campeones. Y les diré que yo iba con Detroit, con esa máquina perfecta de defender y de jugar en equipo, con Wallace & Wallace en la pintura, Tayshaun Prince ridiculizando a Kobe, Hamilton levantándose en milésimas de segundo y con un Chauncey Billups que demostró que andando también se puede jugar al baloncesto siempre que entre sien y sien tengas un cerebro como el suyo. Y espero que mis amigos recuerden, también, cómo contra pronóstico, vaticiné que ganarían los Pistons, un equipo infravalorado por su menor atractivo, pero que acabaría barriendo a los Lakers por entender mejor el sentido colectivo del juego y por reconocer que el deseo que no viene acompañado de trabajo es mero capricho de adolescente. 



Después desempolvaría mi camiseta con el número 34 de los Celtics, esa que jamás otro jugador volverá a llevar porque para entonces será pieza inamovible del Garden. Les hablaré de Paul Pierce y de cómo éste anotó 41 puntos en el séptimo partido de la Semifinal de Conferencia de 2008 ante la presencia de un gigante mitológico que después ganaría varios anillos (aquí me la juego) y que respondía al nombre de Lebron James. Éste anotaría 45, pero al final del partido no le quedaría más remedio que rendirse a la evidencia reconociendo que aquél era el año de unos Celtics que llevaban 22 años sin saborear la gloria. 



Y acabaré embargado por la emoción y la rabia recordando el 24 de agosto de 2008, el día en que no quisieron que un modesto país ubicado en la Península Ibérica terminara con la hegemonía de la gran nación. Creo que nunca olvidaré a Lamonica, el árbitro italiano que impidió a una de las mejores generaciones europeas de baloncesto colgarse el oro olímpico. Aun así, no omitiré detalles de la lección que un adolescente le dio al maestro Kidd, de la impertinencia de un tal Rudy Fernández al machacar frente a Superman o a la clase y elegancia de un Pau Gasol que dominó el juego en el poste bajo. Aquél fue un día de sensaciones encontradas. Procuraré no olvidarlas. 



Y así termina mi repaso por los tres momentos que más me han marcado como seguidor de baloncesto, los tres momentos que no quisiera jamás olvidar y a los que responderé siempre con una sonrisa un tanto melancólica si alguien, a modo de terapia, pretende metérmelos en vena. Concluyo invitándoos a seguir Informe Robinson, un programa que sirve como antídoto frente a toda la basura que nos vierten a través del televisor y a escuchar a Ismael Serrano en su canto nostálgico, en sus versos pesimistas sobre un hoy que no es muy diferente del ayer.


Ah, cómo no, os invito a que compartáis con todos nosotros aquellos momentos que nunca olvidaréis y que os gustaría compartir con vuestros seres queridos el día de mañana.

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS