Por Navidad. Como los seres queridos. Como el árbol y el belén. Como la estrella y las luces. Como las compras compulsivas y las comidas indigestas. Como el cuñado vacilón y la suegra... mejor poned vosotros el adjetivo. Y sí, también como el turrón. Regresa la NBA.
Lo hará por todo lo grande. Con un Knicks-Celtics en el Madison. Un partido de esos con sabor añejo, con todo lo que un niño necesita para comprender, al fin, lo que es el baloncesto. Dos horas y media más tarde (20,30 hora peninsular), en las praderas tejanas volverán a verse las caras los Mavericks y los Heat. Será el momento de comprobar hasta qué punto Rudy Fernández puede jugar un papel importante en el equipo campeón teniendo en cuenta, además, que llegará más rodado gracias a los importantes minutos que ha disputado con el Real Madrid. Y si con estos dos partidos no fuera suficiente, a las once de la noche hora peninsular, Bulls y Lakers mostrarán las cartas con las que pretenden erigirse en candidatos a todo. Comprobaremos la mejora en el tiro de Rose, el estado de forma de Bryant, el estilo que quiere proponer Mike Brown y a la mejor defensa del campeonato de la que es pieza imprescindible el hijo del gran bocazas, ça veut dire, Joakim Noah.
Todo ello gracias al enésimo encuentro entre representantes de jugadores y patronal. Gracias a otra reunión maratoniana, de esas de ojeras enfermizas y café en vena, que por fin ha concluido en acuerdo. Desconozco si todo estaba pactado o si de verdad estamos ante un nuevo cuento de Navidad. Eso sí, el reparto de papeles sería en todo caso discutible. El señor Scrooge estaría representado tanto por los jugadores como por los propietarios, eternos infelices y avaros defensores de sus intereses, egoístas sin escrúpulos guiados por un obsesivo afán de enriquecerse. Los empleados de las franquicias y los propios aficionados encarnaríamos a Bob Cratchit, ese trabajador que aun arruinado y desolado por la enfermedad de su hijo, no renuncia a celebrar la Navidad. Tampoco sé qué clase de espíritus se presentaron en la reunión con el objetivo de hacer cambiar a los dos colectivos que estaban impidiéndonos disfrutar del baloncesto americano. Lo cierto es que después de 149 días de cierre patronal habrá NBA. Habrá Navidad.
Y con la Navidad regresarán los colonos holandeses a New York y los celtas a Boston. Volverá la monarquía a Sacramento. Se escuchará de nuevo el sonido de los motores en Detroit. Volverá a sentirse el calor en el sur de Miami.
Volverán los lobos a Minnesota, el jazz al hogar de los mormones, las espuelas al sur de Texas. Correrán de nuevo los toros por Chicago y habrá que tener cuidado con las avispas en Nueva Orleans.
No será raro ver magos en Washington o linces en Charlotte. Hay aviso de tormenta en la ruta 66 a la altura de Oklahoma. Se cubre el cielo de halcones en Atlanta.
Y el regreso de los halcones es a la NBA lo que la vuelta de las cigüeñas supone para la meteorología. Un indicador de buen tiempo. De buenos tiempos en este caso. De madrugadas en vela y de vídeos en funcionamiento. De debates abiertos. De si Kobe o Jordan. De si Rose o Paul. De si verde o amarillo. Lebron sí o no. Baloncesto sí. Eso está claro.
Y regresarán, cómo no, los que emigraron a hacer las europas. Los que vieron en el continente en crisis una salida para seguir jugando al baloncesto. Dejarán a sus equipos mermados mientras otros, como el Barcelona o Panathinaikos, ni se enterarán de su partida. Los aficionados del Madrid habrán disfrutado del juego de Rudy e Ibaka. Los del Barcelona disfrutarán de los títulos en mayo. Y es que yo, al menos, no tengo dudas de que el proyecto vence a la intuición, la previsión a la improvisación. Así en la vida como en el baloncesto.
Baloncesto que regresa a su forma más pura, al lugar donde nació y creció, al lugar donde es un deporte de masas. Donde los pabellones se llenan, donde los sueños se hacen realidad. Al lugar en el que Dios pensó cuando hizo el edén. América.
UN ABRAZO Y ENHORABUENA POR SOBREVIVIR A 149 DÍAS DE LOCKOUT