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Al salir de clase (VII) Fin de curso






Toda una vida. Sí, una vida compilada en once fascículos. Así recordaré en el futuro estos once días en Valladolid frente a un vecindario que, incluso a las cuatro de la mañana, permanece despierto y con las luces encendidas escapándose a través de las cortinas.

Hace dos semanas, cuando empezó el curso, mis aspiraciones se basaban en la obtención de un título y en la recepción de nuevos conocimientos o materias de reflexión. Lo consideraba sólo un paso más en mi proceso de formación como entrenador, una consecuencia lógica de la enorme pasión que profeso hacia éste nuestro deporte. Teniendo en cuenta que las circunstancias de la vida te van colocando en diferentes escenarios y no todos deseables, concebí esta convocatoria de curso más que como una oportunidad como un “ahora o nunca”.

Y fue ahora. Y nunca me arrepentiré. No lo haré porque conocí la visión del baloncesto de alguno de los entrenadores más laureados de nuestro país y porque cada uno de ellos puso a prueba mis capacidades de atención y autocrítica en determinados momentos para aportarme, a través de anécdotas o detalles, aspectos puntuales que pasarán a rellenar páginas importantes de mi librillo de entrenador. Y, sobre todo, más allá del saber hacer adquirido, me quedaré para siempre con la experiencia vivida y experimentada a nivel humano con el resto de compañeros a los que, ya os lo adelanto, les deseo la mejor suerte del mundo para lo que tenga que venir. 



Es difícil ser corporativista en un momento de escasez y precariedad en el empleo. Es difícil enarbolar la bandera de un gremio destinado a perder estatus a nivel económico y social en medio de una crisis que amenaza con derrumbar todo lo construido. Quien más quien menos podría pensar que estos cursos de entrenadores son una especie de juego de insidias y malas artes en el que unos y otros se apuntan con una ametralladora mientras dejan asomar una daga del fajín. Nada más lejos de la realidad.

Y es que aunque el pastel es pequeño, hay suficiente para todos. Así, aunque espero que ningún directivo tome al pie de la letra estas líneas, el baloncesto es gratificante y generoso con quien le entrega todo lo que tiene. En cada entrenamiento, en cada partido, en cada conversación privada con un jugador, el formador ha de sentirse reconocido y orgulloso. Como cualquier otro trabajador, porque lo es. Como cualquier otro maestro al ver crecer a sus discípulos, porque también lo es.

Puedo decir bien alto que durante estas dos semanas no hubo ni cristales rotos ni cuchillos largos. Sí, en cambio, debates que se prolongaron hasta altas horas de la madrugada, coloquios sobre metodología y pláticas más o menos acaloradas sobre nuestra manera de concebir el juego (si es que es un juego). Puedo decir, ahora un poco más bajo por la hora a la que os escribo, que las risas se apoderaron de la atmósfera vallisoletana y que fuimos, durante estas últimas horas de recreo, la envidia de toda la ciudad.

Sólo me queda despedirme. De esta residencia que siempre recomendaré, de estos compañeros a los que intentaré vencer y convencer cuando nos enfrentemos sobre el parqué y de este curso al que, en líneas generales, nunca olvidaré. Sin embargo, y a pesar de que durante unos segundos haya podido invadirme un cierto sentimiento de nostalgia, creo que no será necesario que nadie me recuerde aquello de “si no tomas ese coche te arrepentirás; tal vez no hoy, tal vez no mañana, pero pronto y para toda la vida”. Toca regresar a Salamanca. Y no. Tampoco me arrepentiré.

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Al Salir de Clase (VI) En el mismo sitio





El mismo skyline irregular peinando el cielo. Las mismas luces encendidas incitando a la indiscreción. La misma oscuridad envolviendo al resto de la ciudad en la tiniebla. Sí, Valladolid de nuevo. Sí, curso de entrenadores otra vez. Como si no hubiera pasado el tiempo.

Así, mientras en Londres se preparan para ser la llama que ilumine al mundo durante los próximos dieciséis días, aquí en el curso la mayor parte de mis compañeros ha optado por cobijarse entre las sábanas para recuperar fuerzas y prepararse para lo que se avecina mañana en forma de doble jornada.

La de hoy contó con la presencia de Evaristo Pérez, el entrenador burgalés que acaba de conducir al triunfo en el Eurobasket a la selección sub 16 femenina. Con un discurso cargado de coherencia nos habló sobre la detección y la formación del talento, sobre el procedimiento que está llevando a la FEB a alcanzar victorias en la mayor parte de campeonatos en los que participan sus selecciones. Lo hizo sin desdeñar su parte del mérito, el de cohesionar al grupo y extraer el máximo de su talento. Lo hizo, ante todo, agradeciendo la labor de los clubes en el proceso de formación de estos jugadores.

Es éste, el del talento, un tema que dará para futuros posts y temas de debate. Permitidme un tiempo para reflexionar sobre ello, para tratar de entender en qué consiste el talento, cómo se puede desarrollar y en qué medida este desarrollo puede ir en contra de otros objetivos de tipo grupal o formativo. Mientras tanto, y en referencia a la asignatura de Reglas de Juego que también estaba programada para hoy, me gustaría escribir sobre la esquizofrenia en la que nos hallamos, jugadores, entrenadores y árbitros, a la hora de interpretar un reglamento que, aun intentando ser concreto, peca de ambigüedad. Así, entre detalles que definen matices y matices que determinan la validez o irregularidad de una acción, el entrenador ya no sabe qué enseñar, el jugador a qué atenerse y el árbitro qué cojones pitar.

Así, y hasta que no nos pongamos de acuerdo, las diferencias de criterio acabarán derivando en una especie de lucha gremial que no le hace ningún bien al baloncesto. Sirvan estas palabras como llamada al sentido común. Fijemos unos criterios, nos gusten más o menos, y apliquémoslos con rigor. No defendamos una cosa y la contraria. No enseñemos acciones no reglamentarias y, claro, no sancionemos como ilegales, acciones perfectamente lícitas. 



Cambiando de registro, he de decir que la tarde también dio de sí. Cuatro horas con Felipe Martín nos hicieron reflexionar sobre los estilos de mando y sobre los tipos de feedback o retroalimentación que puede utilizar el entrenador para con el jugador. La receta viene a ser la misma de siempre: “dar a cada uno lo suyo” o “cada cosa a su momento”. Y si para hablar de talento os pedía unos días, tal vez necesite lustros o décadas para reflexionar, comprobar y acabar perfilando, de esta manera, una metodología que se adapte a todos aquellos inputs que, en base a mi personalidad, siempre irán conmigo, y que pueda ser tan flexible como para ser eficaz en las múltiples circunstancias a las que me enfrentaré en un futuro (cualidades del equipo, tipo de competición, personalidades de los jugadores,...).

Lo decía Evaristo. En un deporte tan cambiante como el baloncesto los entrenadores no podemos dejar de correr para seguir siempre en el mismo sitio. En esto consiste la labor del profesor-entrenador y el que no lo quiera aceptar que se baje del barco. Jugamos con material muy sensible. Comportémonos y estemos a la altura. Seamos, como está diciendo ahora mismo Jacques Rogge, presidente del Comité Olímpico Internacional, un ejemplo.

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS