Diario de un encierro. Día XXXIX




Mucha policía, poca diversión



Viendo El hombre tranquilo, disfrutando con el mimo en el trabajo de fotografía, la dirección de actores y empapándome, al mismo tiempo, de las viejas tradiciones de la verde Irlanda en una trama que avanza con la parsimonia e ingenuidad con la que se vivía entonces, me atrevo a pensar que los cortes generacionales son demasiado arbitrarios u obedecen a criterios que no siempre comparto, aunque la demografía y los expertos, nuevamente los expertos, tendrás sus propias razones.

Por compañeros de generación entiendo a aquellos que comparten referentes, lugares comunes de la memoria, ritos, dejes y ademanes, aunque no sean siempre conscientes, y también una sensibilidad. Sí, una sensibilidad distinta, adquirida en la infancia, cuando no sabíamos de qué hablaban papá y mamá en el dormitorio, como ahora no saben, esos chicos que al fin podrán pasear el próximo fin de semana, qué clase de monstruo invisible nos acecha y obliga a permanecer en casa, cuando todas las aventuras de los cuentos suceden fuera: en el barrio, en el bosque, en otros países.

En lo baloncestístico, el partido de la Recopa que hoy ha emitido Teledeporte, entre PAOK Salónica y CAI Zaragoza, representa un buen ejemplo. No tengo ningún recuerdo formado de aquella final, tendría que esperar a la Copa de Europa del Madrid para ver imágenes en mi memoria, aunque queda algo, en el subconsciente, de la que ganara el Joventut: cierro los ojos y creo ver el triple de Corny Thompson. Aun así, reconozco la voz de Pedro Barthe, el color de aquellas retransmisiones, la humareda provocada por el tabaco, las tretas de los equipos griegos, los arbitrajes caseros, el discurso certero aunque exageradamente victimista de los narradores,… Y, no sé, me gusta.



El refinamiento del baloncesto ha terminado edulcorándolo en exceso, creo. Ahora es, sin duda, un deporte mejor jugado y más limpio. Más perfecto, excesivamente perfecto. Sé que es absurdo que diga esto, nadie podría ir en contra de estos progresos, negar la abrumadora diferencia que existe entre el sofisticado producto actual y el rústico de aquellos años. Sin embargo, aun aceptando que esto es así, me parece que por el camino hemos renunciado a gran parte de los motivos que nos movilizaban: la pertenencia a un lugar o club, una suerte de orgullo por representar unos valores casi telúricos y un barbarismo bien entendido, bonachón, que hacía de cada pequeño acontecimiento una gran fiesta.

Lo he dicho muchas veces. Toronto empezó a ganar el anillo con su campaña “We, the north”, una manifestación bastante evidente de un repliegue, no tanto nacionalista como regionalista, que supo aunar en torno a unos pocos lemas a toda la provincia de Ontario y prácticamente a todo el Canadá. No me malinterpreten, no se trata de volver a permitir fumar en los pabellones, o de recuperar los ambientes infernales, al límite de la criminalidad, de algunos pabellones turcos o griegos, ni mucho menos, pero más vale que entre lo apolíneo rescatemos también lo dionisíaco.

En fin, los de mi generación lo entienden, aunque no todos llegáramos a tiempo para ver a Rambis por los suelos, o a Laimbeer repartiendo tarjetas de invitación en la zona de los Pistons. Está bien, refinamos el juego, acabemos con la violencia, usemos las mascarillas, pongámonos guantes y lavémonos las manos, pero, no sé, inventemos otra cosa para no aburrirnos. Convénzannos de que, además de que ganará el mejor, pasará algo divertido. Ya se sabe, mucha policía... 



UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Diario de un encierro. Día XXXVIII





Niño, deja ya de joder con la pelota.



Solo he visto el primer capítulo de The last dance y creo que tampoco me va a rescatar de la cuarentena emocional y psicológica. Supongo que su estilo de narración coincide con la forma en que se consume no ficción hoy en día. A mi gusto, el relato avanza de forma atropellada, no se sirve de las pausas necesarias, lo que hace que ni siquiera nos emocione la lectura de la carta que Jordan le enviara a su madre en la universidad (aunque a ella y al propio Michael sí que se les escapen algunas lágrimas). Tampoco se detiene en torno a la metáfora de “The last dance” que utiliza Phil Jackson para unir a sus jugadores, una metáfora que empleará a lo largo de la temporada para dar un sentido al esfuerzo y las renuncias. De poco sirve defender bien las situaciones de bloqueo directo si no hay un motivo superior para hacerlo, por ficticio que sea.

Por eso creo, y cada vez estoy más convencido, que el bagaje técnico-táctico que podamos obtener estos días, a priori tan alejados en el tiempo de su posible aplicación práctica, palidece en comparación con las inversiones diarias en una noción más amplia de capital humano que incluiría parcelas tan distintas como la filosofía, la literatura, las matemáticas, la física o la cocina, por qué no. Lo más importante para sobrevivir a la cuarentena y a su inevitable compañera de viaje, la incertidumbre, será reforzar el armazón emocional, conocerse mejor a uno mismo y mejorar la calidad del diálogo interior reconociendo por igual excesos de autocomplacencia o de rigor injustificado.

Incluso en las aproximaciones al juego, viciados como estamos por la visión del detalle, importante, cómo no, creo que no nos hemos dado tiempo para acceder a la esencia del mismo. Lo más saludable, seguramente, hubiera sido dedicar la primera semana confinados en olvidarnos que somos entrenadores, en desaprender las reglas escritas y no escritas del baloncesto. Y eso que no puedo dar lecciones en este sentido, la verdad, hace mucho tiempo que no me siento en el sofá desprovisto de las gafas de leer, la lupa o el bisturí. Y lo echo de menos, la verdad, no solo por sentir de nuevo la pasión ingenua del aficionado, sino porque creo que solo con una lectura despegada de nosotros mismos, del andamiaje conceptual del que nos hemos dotado, podremos sentir el ritmo de los partidos, la armonía en las relaciones dentro de los equipos, el fluir o el discurrir de ese duelo entre dos naturalezas y filosofías que es un partido si nos sentamos y nos relajamos para verlo.

En los últimos días he estado dándole vueltas al concepto “toma de decisiones”, creo que uno de los que más he utilizado en mis planificaciones. De verdad, me genera ansiedad esta noción y, mucha más aún, pensar que podemos enseñarla. Estoy más en la línea de que lo que tiene que entrenar el jugador son los mecanismos de percepción, que lo que tiene que entender es que forma parte de un equipo, que hay una canasta en la que depositar el balón y, como mucho, que hay unos patrones que la ortodoxia del baloncesto (que avance y retrocede según modas explicadas por números que hablan del pasado), aplicada punto por punto por el noventa por ciento de los entrenadores, nos permiten saber cómo puede reaccionar la defensa.

Pero enseñar a decidir, casi siempre una acción no consciente explicada con sesudos argumentos racionales, me parece una auténtica locura. Enseñar a decidir es casi suplantar al jugador. No hay corrección ni estadística que se compruebe siempre. Otra cosa es que las decisiones del jugador estén motivadas por móviles egoístas incompatibles con el desempeño del equipo, ahí nos serviremos del banquillo o de la rescisión de contratos, en función de la categoría. Pero insisto, decir qué, cómo, cuándo y por dónde es como decirle al niño que deje de joder ya con la pelota.



UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Diario de un encierro. Día XXXVII





La luz al final del túnel era roja. 


Veintidós años después, el número 23 sale nuevamente al rescate del baloncesto para traerlo de vuelta al “prime time”, a las portadas de los periódicos y al titular de nuestras agendas diarias. El documental The last dance, que podrá verse desde mañana a las 18:00 en España a través de Netflix es lo mejor que le ha pasado a nuestro deporte desde la llegada del coronavirus. Ojalá las expectativas no mediaticen la degustación del producto, como el tiempo ha ido pasando factura a los VHS que está reponiendo Teledeporte, algo que nunca sucederá con su majestad. 



Revisando cifras he podido comprobar que la etiqueta "Michael Jordan" ha sido la más utilizada para un jugador, hasta treinta y cuatro veces en los casi diez años de vida del blog. En ellas, básicamente, le daba las gracias por haber existido, llevando el juego a un nivel de refinamiento que no alcanzaban Bird y ni siquiera Magic, cuya estela siguió también en términos de popularidad, un aspecto al que también imprimió un sello distintivo, dando una nueva vuelta de tuerca a la explotación de la imagen y los patrocinios deportivos.

Sin embargo, tal vez porque decir Michael Jordan supone invocar uno de los lugares comunes por excelencia de la literatura sobre baloncesto, lo cierto es que apenas le he dedicado un par de entradas a su figura. La mayor parte de las veces lo relegué a roles secundarios para ilustrar los éxitos de sus entrenadores o la grandeza de sus rivales. También el mérito de sus compañeros, como en esta Crónica de un delirio a propósito de Scottie Pippen, o el duro camino de tratar de imitarlo, como en esta semblanza de Grant Hill: Ha nacido una estrella.

También fue protagonista, claro, de este artículo sobre David Thompson, su ídolo, en esta entrada que recuerdo con especial cariño, The Sweetheart of Tobacco Road, y de la reseña tras la lectura de Canastas sagradas, por supuesto. Solo un día lo convertí en protagonista, y tampoco en solitario, pues el contexto era el de un 19 de marzo, día del padre en España, aunque no en USA: En el nombre del padre.

En fin, si no he escrito más de Jordan es porque citarlo es casi motivo de herejía. Todos los homenajes hubieran sido merecidos pero redundantes. Cualquier posible debate, en mi opinión, una pérdida absoluta de tiempo. No sé qué nos contará el documental de Netflix, tal vez altere la visión de los más jóvenes acerca de una de esas leyendas que solo han podido ver en YouTube, pero muy mal que se le tiene que dar a Jordan este partido para que no siga siendo considerado el mejor jugador de baloncesto de la historia y, posiblemente, el deportista más influyente de todos los tiempos.



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Diario de un encierro. Día XXXVI






Alerta: material censurable.

Pensaba dejar a Sabina en paz hasta que pasara el confinamiento, entretenerme con otros clásicos, descubrir nuevos autores, explicar la vida, y la muerte, a través del silencio. Pero, qué cojones, llevamos treinta y seis días confinados, lejos, en muchos casos, de los seres queridos, si no han muerto, separados de amores recién nacidos o exiliados mientras por el hilo musical suena un popurrí de los Lunnis, el Dúo Dinámico y la banda sonora de Qué bello es vivir que otros quieren contrarrestar con el vuelo de los cazas, el acechante planeo de los buitres y la cabecera del NO-DO.

A veces pienso que, de no haber estado convaleciente tras su reciente caída del escenario, Joaquín podría estar al frente del gabinete de crisis y dirigirlo con mayor pericia que quienes han tenido la desgracia de hacerlo. Y al frente de la FEB, si me apuran, llegando a pactos entre caballeros a altas horas de la madrugada en uno de esos bares que usaba de oficina. Y no solo por su acertada predicción sobre el mes de abril, sino por la cantidad de versos proféticos que entonces sonaban a simple canción de amor y que ahora, sin embargo, explican punto por punto los sentimientos que se acumulan tras este cierre por derribo: los clientes del bar, uno a uno, se fueron marchando.

He vuelto a Sabina ante el silencio de las instituciones deportivas, ante el chantaje emocional al que nos vemos sometidos constantemente, cuando se nos recuerda que cualquier movimiento fuera de nuestro domicilio puede ser el aleteo de esa mariposa que provoque una tempestad en el resto del mundo, o el que mate a nuestro padre o abuelo: por favor, no apriete el gatillo. Nadie es un héroe por quedarse en su domicilio, está claro, pero cuando se abran las puertas muchos seremos pájaros de Portugal, ya saben, sin dirección, ni alpiste, ni papeles, condenados a arroparse con la sensatez del desvarío.



Se nos exige que el fin del mundo nos pille bailando, en casa, por supuesto: una pareja de policías custodia el bulevar de los sueños rotos. Están vigilados los tejados por los que nos movíamos como gatos sin dueño, se recomiendan máscaras antigás, se nos recetan pastillas para no soñar, pero están agotadas en las farmacias.

Perdonen que el trigésimo sexto día de encierro no hable de baloncesto. Pero más que clínics, opiniones o especulaciones sobre el futuro del bloqueo directo, a la España de la cuarentena le urge que alguien componga su particular “De purísima y oro”, un nuevo himno generacional de quienes se vieron sorprendidos por la penúltima venganza de la naturaleza, el enésimo fracaso de la arrogancia antropológica y su deriva. Toca renovar el vestuario, usar vocabulario de época, encontrar el paralelismo para el siguiente verso: para la tisis, caldo de gallina.



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Diario de un encierro. Día XXXV





Barbarismos baloncestísticos. 

Si las matemáticas no me fallan, hoy llegamos al domingo de la quinta semana, al quinto partido de este mesociclo que nos deja a las puertas de los playoff. En contra de lo esperado, por demarrar a principio de puerto y no comer en las bajadas, llegamos todos destrozados, tanto que aceptamos con gusto la vitola de equipo cenicienta. Es más, por nosotros como si vienen a recogernos antes de las doce, que hay mucha gente hambrienta y, de ser cierto lo de la calabaza, nos van a hacer puré ahí fuera.

En fin, la situación es dramática en términos sanitarios pero también si analizamos las perspectivas profesionales de todos los actores relacionados con el deporte. Quizá, en vez de seguir formándonos en aspectos específicos del baloncesto, deberíamos empezar a consultar estadísticas de mortalidad y expansión del maldito virus en otras regiones del mundo e ir aprendiendo su idioma, leyendo sobre su cultura,… O, si me permiten la frivolidad, también apuesto por seguir afinando el sentido del humor, invento, este sí, propio de la especie humana y de una sofisticación que entronca con la creatividad que nos va a hacer falta para sobrevivir a las diferentes derivadas de la pandemia.

Por ello, con el ánimo de practicar y, si acaso, también de entretener, rescato algunas definiciones de un amago de diccionario inspirado en el libro de Andrés Neuman, editado por la editorial Páginas de Espuma, que lleva por título Barbarismos.

Acompañamiento. 1. En baloncesto, infracción por acunamiento del único hijo que no te abandonará de mayor. // 2. Como toda violación del reglamento, acto que cometen solo los del otro equipo.

Actitud. 1. Capacidad de trabajo desprovista de talento. // 2. Mala ~ : En palabras del entrenador, jugador que no cumple a rajatabla sus órdenes.

Apostar. 1. Sentido último del deporte. // 2. Amañar.

Aptitud. Talento innegable desprovisto de capacidad de trabajo.

Árbitro. 1. Manera cariñosa y rara vez empleada de dirigirse al árbitro. // 2. Paciente receptor de órdenes que casi nunca acata: “vete a la mierda”, “muérete”,...

Ataque. 1. Pesadilla recurrente de Xavi Pascual[1]. // 2. Invento de los americanos, según Xavi Pascual. // 3. Concepto consecuencia del error cometido por James Naismith en la redacción del reglamento al proclamar que el objetivo es introducir una pelota en la cesta, cuando todo el mundo sabe que el verdadero objetivo es impedirlo. Todo ello según Xavi Pascual.

Automatismo. Acción producto del azar que será explicada por el entrenador mediante complejos argumentos teóricos. 

Ayudante (de entrenador). 1. Aprendiz de traidor. // 2. En baloncesto y otros deportes, masturbador compulsivo entre montaje y montaje de vídeo. // 3. Ex marido, ex amante, ex amigo,… // 4. Clase de hombre del que todo el mundo se pregunta cuándo fue la última vez que lo vio.

Blog. 1. Bitácora virtual para deportistas cuyos éxitos no son lo suficientemente elocuentes. // 2. Bitácora virtual para amantes del deporte cuyo talento o influencias no son lo suficientemente rentables. 

Canasta. 1.  Cesta de melocotones a la que James Naismith encontró un uso alternativo. // 2. ~ ganadora. En el cine, tiro milagroso que anota un jugador con talento para poner lavadoras y agitar toallas. // 3. En la vida real, tiro milagroso que anota un jugador que nunca ha puesto una lavadora ni agitado una toalla.

Cansancio. (Retirada del diccionario por presiones del colectivo de entrenadores).

Carta. 1. ~ de despido. Única correspondencia de los entrenadores. // 2. ~ de dimisión. Forma epistolar que aún no ha llegado a España.

Coaching. 1. Neologismo innecesario. // 2. Anglicismo innecesario. // 3. Postureo innecesario. // 4. Disciplina innecesaria.

Cuñado. Deportista de élite, tipo entrañable, buen chico,... Lo que haga falta para que se calle.

TO BE CONTINUED…



UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS



[1]     Entrenador de la sección de baloncesto del F.C. Barcelona entre 2008 y 2016, caracterizado por la mentalidad defensiva de sus equipos.

Diario de un encierro. Día XXXIV




Esa puta sonrisa en la cara. 


Los Bilardo y Mourinho del mundo del fútbol, no creo que exista comparación posible en el baloncesto, pueden acumular títulos, pero no son capaces de juntar las palabras del modo en el que lo pueden hacer los Lillo, los Valdano, los Guardiola o los Menotti. Aquí estoy, tratando de ordenar la tristeza, dice Azkargorta, en su perfil de Twitter, que le ha respondido este último a la simple y protocolaria pregunta con la que se inicia cualquier conversación: ¿qué tal?

Yo también estaría ordenando la tristeza de haber sido capaz de semejante ocurrencia. En fin, el coronavirus amenaza con llevarse por delante también la inspiración que otorgan los paseos, los cambios de escenario, el sol, el aire y el contacto con el otro. Mi fortaleza cede enteros, mi capacidad para seguir la oferta formativa, gratuita y de calidad en su mayor parte, es cada vez menor. Siento que hay algo de obsceno en que sigamos hablando del sexo de los ángeles, de la XIX encíclica papal o de técnica y táctica individual con tantos muertos, enfermos y miseria económica y moral.

Entiendo que cada uno se distrae como puede, y que hay que aferrarse a los cimientos de nuestra profesión para justificar nuestra existencia, más aún cuando no dejan de llegar noticias alarmantes que pospondrían un retorno a la antigua normalidad a 2021, 2022; sine die, en cualquier caso. Se nos complica la obtención de pan por esta vía, se nos estrecha el mapamundi. ¿Cómo podríamos aportar valor a la sociedad desde nuestras humildes moradas? ¿Qué tipo de conocimiento atesoramos que no es posible imaginarlo mejorando vidas, educando espíritus, disciplinando abusos de libertad y excesos de ego, si no es con un balón en la mano?

Pero hablemos de la finta, y de los límites de la finta. De los límites en la enseñanza de la finta, me refiero. Enseñar a engañar es ofensivo. Si nuestros jugadores tuvieran calle, cancha, barrio, nos mandarían al carajo. Como diría un antiguo presidente del gobierno, ¿quién le ha dicho a usted que quiero que finten por mí? En fin, este es el trigésimo cuarto día de encierro, y, aunque el país ya está regido de facto por la Ley de O´Neal, a mí el número 34 me recuerda a Paul Pierce.

Paul Pierce es el tipo que me enganchó definitivamente a los Celtics, de quienes ya me interesaba su historia. Y lo hizo cuando perdíamos más que ganábamos y era incapaz de liderar un proyecto. Lo cierto es que su físico nunca fue tan espléndido como para poder situarse a la altura de las grandes figuras. Pero esa ausencia de explosividad, precisamente, hizo el resto. Cada canasta de Paul Pierce era un modesto truco de magia, un pasar de lento a más lento, o de lento a ligeramente menos lento, como Valerón.

Y una finta por aquí, y un “parece que me levanto pero no”, y un “¿lo ves? Ya no lo ves” y un constante duelo con su defensor, con una enorme sonrisa en la cara. Y si queréis lo llamamos técnica o táctica individual, lo encapsulamos y se lo enseñamos a quien lo tiene todo menos esa puta sonrisa en la cara. En fin, les dejo, queda mucha tristeza por ordenar.



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Diario de un encierro. Día XXXIII




¿Por qué si pienso en el 33 lo hago en Bird y no en Pippen, Jabbar o Marc Gasol?


Sabemos por García Márquez que la vida no es como uno la vivió, sino como uno la recuerda para contarla. Es curioso, pensando en que esta será la trigésimo tercera página de este diario, me ha dado por asociarla a Larry Bird y a su legado como jugador de los Boston Celtics, un equipo con el que simpatizo por motivos que no acierto a explicar. Y únicamente, al hacerlo, era consciente de estar dejando a un lado al gran Scottie Pippen, que también llevó ese número durante toda su carrera. Pero no me acordaba de que este, el 33, también fue el número que vistió Kareem Abdul Jabbar, el máximo anotador de la historia de la NBA. Y los seguidores más jóvenes me dirán que el descuido más imperdonable es el de no haber citado en esta lista a Marc Gasol.

Así suele ser la revisión del pasado, o el juicio sobre unos hechos que nadie contempló, aunque después, sentenciados, adquieren sorprendentemente la condición de verdaderos e irrefutables. Lo mismo sucede con el recuerdo, en la medida en que se le encuentra un acomodo con lo que sucedió después, aunque entonces no se supiera. Todo esto para poner en contexto, y rebajar las expectativas, la revisión histórica de filosofías y argumentos de juego que, bajo mi modesta y limitada perspectiva, supusieron un punto de inflexión o alcanzaron una relevancia suficiente como para ser incluidas en la siguiente reflexión.

Lo que van a ver a continuación, si les apetece, pretende ser un elemento de apoyo para la planificación de una imaginaria temporada 2020-2021, en un entorno desconocido (pocos entrenadores saben a fecha de hoy si tendrán trabajo, mucho menos dónde) y sin apenas información que valorar, lo que es malo y bueno al mismo tiempo. Lo que sigue no es ninguna receta mágica, pues todo depende, precisamente, de la creatividad de vosotros, los entrenadores, para tejer y destejer, estudiar y descartar, planificar para luego improvisar. Lo que van a ver son sistemas que funcionaron en un pasado reciente, con jugadores muy concretos. De hecho, si un solo principio general se puede extraer del siguiente trabajo es que hay una simbiosis perfecta entre la fórmula y los componentes, entre la filosofía y los principales protagonistas de este deporte: sus jugadores.



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Diario de un encierro. Día XXXII






¿Y si fuera más sencillo?

Cuando hace casi doce años tuve la sensación, y por momentos la certeza, de morir en un accidente de avión sobre el Mediterráneo, de regreso de Túnez, me abracé a mi compañero de asiento y recé, ahora bromeamos sobre aquello. Sin embargo, de nuevo en la antigua Cartago, donde aterrizó de regreso la aeronave averiada, en lo que pensaba era en la pericia del piloto para resolver la situación, en cuánto nos habían ayudado sus kilómetros de vuelo, su veteranía. Cada Navidad le mando una tarjeta dándole las gracias. No, en realidad esto no, no tengo ni idea de dónde vive, pero sin duda, a pesar de llevar más de un mes en cuarentena, le estoy muy agradecido.

Si entrenar fuera como pilotar un avión lo tendría claro, elegiría a un comandante de vuelo con muchas millas a sus espaldas aunque lo suficientemente joven como para mantener intactas ciertas facultades físicas: la resistencia a la somnolencia, los reflejos, un corazón sano,… Si entrenar fuera un saber procedimental, un mero “saber cómo” entendería que se nos diera un manual al comienzo de la carrera y un tutorial para desentrañarlo.

Si entrenar fuera la tarea de un estadístico, el análisis de una realidad que se comporta con parámetros regularmente ordenados, o desordenados, elegiría a un matemático para ello. Ellos sabrían predecir con un escaso margen de aleatoriedad o incertidumbre lo que va a pasar. Si fuera únicamente una rama de la preparación física, de la gimnasia, elegiría a un experto en biomecánica orientado al máximo rendimiento muscular, a incrementar la eficiencia energética de los distintos procesos. Pero esto supondría reducir el baloncesto a un “saber qué”, un saber al que también podrían acceder especialistas de otras áreas.

Cuando escucho a entrenadores decir, probablemente con buen criterio, que el baloncesto es un juego de espacios, me tienta llamar a un geómetra. Y cuando me dicen que es una cosa de espacios y tiempos, me tienda ponerlo en contacto con el viejo relojero de mi barrio. Lo que no haría, en ningún caso, es rebuscar entre los materiales que fuimos acumulando a lo largo de los cursos de formación, y no porque los crea obsoletos, que tal vez, sino porque creo que nos limitaron muchísimo la visión del baloncesto.




Si para regresar a salvo a Madrid tuvimos que echar mano de un experto piloto y un poco de suerte, para triunfar en el baloncesto me aferraría antes a un extraterrestre inteligente, capacitado para la comunicación y el liderazgo de personas al que le comentaría la misma mañana del primer entrenamiento de la pretemporada las normas básicas del juego: “pues mira, hay dos canastas, diez jugadores, cinco de cada equipo, y se juega con un balón como ese, ¿lo ves?” Ah, bueno, le daría los mejores jugadores del mercado y me aseguraría que viniera amparado por la fortuna y los árbitros, quienes, aun siendo impecables profesionales, nadie lo duda, ejercen, efectivamente, una influencia en el resultado de los partidos.

Sirva esta exageración para concluir la siguiente tesis. Me parece que hay una sobreconceptualización que contamina nuestra mirada, que nos hace poner el foco en determinadas anécdotas y no en otras, y no en cualquier anécdota, sino en aquella que tiende a confirmar nuestras teorías. Cuánto nos alegra compartir vocabulario, soluciones o metáforas con los ponentes de las diferentes charlas que inundan la red estos días, pero, ¿esto es bueno? Casi siempre que hacemos una inferencia en baloncesto y pensamos que algo funciona partimos de supuestos no extrapolables, los asumimos, los creemos y los confirmamos hasta el punto de autoengañarnos sin revisar la validez de las premisas: "usted no tiene los jugadores de Obradovic, tal vez su defensa de pick and roll no sea la mejor para su equipo". 

Nos olvidamos muchas veces de la simpleza fundacional del juego: dos canastas, un balón, diez jugadores. Tal vez si nos desnudáramos de todo el lastre de conceptos, categorías, anécdotas, pudiéramos llegar a formas nuevas y más eficaces de anotar y evitar canastas. No, no me digan que si nadie las descubrió en 129 años de historia es imposible hacerlo ahora. Llevamos 129 años mirando igual, bautizando Kevin a todos los varones y Lucy a todas las mujeres de nuestro país. Llevamos 129 años conduciendo bajo el manual o, gracias a dios, copiando a los que un día se olvidaron de él y provocaron cambios repentinos en la deriva. Y a expensas de los jugadores (que son los que más cambios provocan en la práctica), el azar y las posibles equivocaciones de los árbitros, menos mal.



UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Diario de un encierro. Día XXXI




Que el bosque nos deje ver el árbol


Quien más quien menos, cito nuevamente, me pasa sin querer, al maestro Sabina, ha podido observar un creciente, y reciente, interés por parte de muchos entrenadores en promocionarse, dar a conocer sus trabajos, sus puntos de vista; cuáles son sus destrezas y competencias y cuántos sacrificios están dispuestos a hacer para dedicarse al baloncesto. Lo sé porque soy uno de ellos, aunque este diario no forme parte, precisamente, de esta estrategia, aquí me siento libre para decir lo que pienso y caer en la political incorrectness, poema de Luis Alberto de Cuenca versionado por Loquillo.



Apoyo –me apoyo– a quienes se hallan en esta misión, sobre todo cuando entre el marketing y la verdad abunda más esta. La red parece ser el medio propicio, un terreno plano, sin nodos demasiado dominantes. Sin embargo, el baloncesto, como otras tantas instituciones consolidadas en el siglo XX, llámense periodismo, escritura o incluso política, es heredero de un patrón mucho más jerarquizado, oligárquico y clasista. Clasista en un sentido laxo, pues no es fácil adivinar cómo se reparten el mérito y el prestigio: no siempre el historial lo explica todo.

Muchas veces, aunque nunca he sido demasiado ambicioso, me he preguntado cómo se llega y por qué, cuánto he de saber de una materia u otra; casi nunca, la verdad, con quién debía contactar, aunque si he podido estar en LEB Plata es porque alguien me lo facilitó, pudiendo haber tenido esta deferencia con cualquier otro. Esta vez, sin embargo, me apetece recorrer el camino a la inversa, jugar a ser director deportivo, conectarme a Twitter, adentrarme en la selva de contenidos compartidos en estos días y salir con uno o dos nombres claros. ¿Me acompañáis?

¿Por dónde empezar? ¿Analizaría la coherencia del discurso o buscaría un súbito destello de genialidad? Un momento, ¿esto es cosa de genios o de currantes? ¿Me interesaría por la temática o más bien por el tono o el uso de un lenguaje especializado: hace el verbo al maestro o viceversa? ¿Clicaría en los enlaces a entradas como esta, de más de 500 palabras, sacrificando mi cuota de atención diaria o repasaría varios tuits dándome oportunidades, así, de llegar a más y variopintos perfiles? Uf, definitivamente no sabría por donde empezar.

Entenderán que, dada la dificultad, recurra a mis viejos amigos, y que les pida un nombre. Ahí fuera los hay muy buenos y muy malos, y no logro distinguirlos. Todos hablan parecido, son correctos y parece que algo saben, pero nada me garantiza su lealtad, su ética, si es que la preciso, o su capacidad de trabajo diario. No conozco cómo de ambiciosos son, en qué medida compartirán los objetivos del proyecto o si se ceñirán a ser mercaderes de su oficio. Me es imposible saber qué educación les dieron en casa, si primero piden o si optan antes por dar las gracias. No sé cómo de resolutivos son en situaciones de presión ni cómo se comunican con los jugadores, quizá llame a algunos también, sí, a ver qué me cuentan de su experiencia en la cancha y fuera de ella. O mira, mejor nada. Llamo a Ramón y él me sabrá decir, sí. Ramón me sabrá decir.




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Diario de un encierro. Día XXX





¿Sueño o pesadilla?

Llevamos treinta días haciendo de gregario, de jugador número doce, aplaudiendo a los titulares puntualmente, creyendo, porque no queda otra, las palabras del entrenador, sus arengas para continuar y afrontar un nuevo partido decisivo cada semana. Hemos renunciado a ver a muchos familiares y amigos, alguno de los cuales ha podido fallecer en estos días, o padecer en soledad mientras nosotros desempeñábamos nuestra tarea confiando en el scouting de los entrenadores ayudantes, aunque esta vez se tratara no tanto de contrarrestar sus amenazas como de copiar sus virtudes y no repetir sus defectos.



Se nos paga, y mantiene unidos, con la promesa de un presente menos negro y una victoria en mayo, o junio, en la Final Four. Aceptamos que peor no lo podíamos hacer y que tocaba esto, ocupar el banquillo, ser obedientes, hacerlo todo como es debido. La finta de tiro hasta la barbilla, la impulsión del balón en el cambio de ritmo desde el bolsillo, el robo con la mano natural. Muy pocos lo hacen por el entrenador, aunque lo eligieran para el puesto y hablaran a otros compañeros de sus virtudes. La mayoría lo hace porque tiene miedo de su poder coercitivo y, por supuesto, de la amenaza que supone el rival, que va camino de batir todos los registros, desgraciadamente.

Nadie ha venido a hablar con nosotros, ni el preparador físico ni el fisioterapeuta. No sabemos si seguiremos en el club y si nuestro agente sigue vivo o está salvando su culo primero. Entendemos los ERTE como una solución provisional, las rescisiones de contrato como una solución posible ya que no podemos hacer nuestro trabajo. Nuestros jefes directos, federaciones y demás estamentos están a lo que los agentes, a limitar daños, lo que es humano, claro. De vez en cuando nos entretenemos con videoconferencias, como dicen los psicólogos, y reunimos a las plantillas, como si pudiéramos decirles algo.  

Vaya baño de humildad, amigos, pasar esta crisis sin tomar una decisión, comprobando que nuestra actividad no está ni entre las esenciales ni entre las menos esenciales. Nos distraemos, claro, como otros juegan al rol o debaten sobre historia, cine yemení, pesca o bricolaje, aunque seguros, en cierta manera, de la trascendencia que nos otorgan los pabellones llenos, los pabellones que se volverán a abarrotar cuando la ciencia encuentre una vacuna, el virus se debilite o perdamos la esperanza y lo mandemos todo a hacer puñetas.

No encuentro el término medio, la verdad. Unos días pienso que esto del baloncesto nació para cambiar el rumbo de las sociedades y contrarrestar el egoísmo en el que son educados los ciudadanos y otras, en cambio, me imagino un mundo sin baloncesto, o un mundo con baloncesto pero sin entrenadores (tras la vacuna, claro) y observo que no pasa nada, que la gente se divierte. El chupón deja de serlo tras las amenazas, el vago en defensa pone las copas y al que solo las pasa le llaman cornudo. La vida sigue, el baloncesto sigue, solo que sin entrenadores.



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