Lo crean o no





Miente, estoy seguro, el que presume de haber sido consciente de la importancia histórica de un acontecimiento, a priori menor, en el momento de su concepción; el que toma a un recién nacido, hijo de nadie y de su mujer, le corta el cordón umbilical y anuncia inmediatamente al mundo tener una intuición mesiánica. No se equivoquen, incluso aunque fuera cierto, peca de vanidad el que incurre en la tentación de la verborrea; el que dice recordar, perfectamente, habérselo dicho a los amigos y tener testigos de ello.

Y si no miente, da igual. Lo importante es el hecho. Y el hecho ocurrió el 25 de julio de 1999, en una (la probabilidad juega a favor de la memoria) cálida tarde de Santiago. Fue en Lisboa, en las antípodas literarias de Ítaca, en la ciudad que mejor representó la idea de partida durante la Baja Edad Media. E igual que navegantes portugueses fueron capaces de avanzar hacia lo desconocido y doblar el Cabo de Buena Esperanza superando los temores asociados al mito, los juniors españoles, abanderados por un base y un escolta, a falta de que un tres larguirucho se destapara como el mejor jugador de nuestra historia, consiguieron vencer a los Estados Unidos y poner en marcha el imparable periplo de nuestro baloncesto hacia destinos ignotos.

El escolta se llama Juan Carlos Navarro y aún conserva la ambición de disputar sus quintos Juegos Olímpicos en Río. En aquellos días de julio, muchos de nosotros descubrimos su “bomba” y admiramos su incansable afán anotador. Sin embargo, no hacía falta tener activados los cinco sentidos para darse cuenta de que el Gran Capitán de aquellos victoriosos tercios no era él, sino un tipo aún más pequeño, un base con el sello de La Penya, pero investido además de un genuino sabor a playground. Raül López.

Raül, hasta la segunda lesión grave en la rodilla, acaecida en un amistoso contra Rusia el verano de 2002, mezclaba el vértigo y el sosiego, el orden y el caos, con deliciosa naturalidad. Su físico, sin ser el de un gran atleta, le permitía improvisar, de vez en cuando, osadas penetraciones que si no culminaban en canasta lo hacían en un pase al más puro estilo Magic Johnson. Por aquel entonces, cuando aún podía ejecutar lo que imaginaba, su juego, sin dejar de ser eficaz, evocaba casi sin querer la palabra entretenimiento.

Todo lo cambiaron las malditas lesiones, aquellas que se iban sucediendo con una suerte de macabra periodicidad, justo unos meses después de saborear el reencuentro con las pistas, al tiempo mismo de empezar a coger sensaciones. Una de ellas, sucedida ya en las filas de Utah Jazz truncó la que estaba siendo una buena experiencia en la NBA. Como suplente de Carlos Arroyo, Raül disputó muy buenos minutos llevando la manija del equipo entrenado por Jerry Sloan, un entrenador nada dado al elogio y que no dudó, en cambio, en comparar el juego del base de Vic con el del gran ídolo de la parroquia local, John Stockton.

Pero tocó regresar y reinventarse. Ser, ahora sí, el base modélico que se enseñaba en las escuelas de baloncesto a comienzos de siglo (antes de que Curry se graduara en primaria), el heredero de los Solozábal, Corbalán, Rafa Jofresa y compañía. De díscolo jugón amante del riesgo, Raül pasó a ser la justa medida, la prudencia; el balance a tiempo, el tiro correcto, la ortodoxia más pura. Por suerte, como pidiendo perdón a su público, de vez en cuando aún se destapaba con una acción genial, con un resquicio de ese genio reconvertido a la fuerza en oficio.

Y así llegaron los títulos y los reconocimientos. El mayor, sin duda, el que le brindó Aíto llamándolo para Pekín, donde jugó unos minutos brillantes y decisivos en la semifinal contra Lituania haciendo lo que debe hacer un buen base: cuidar el balón y meter los tiros libres. Quién se lo iba a decir a él, al caudillo de aquella generación victoriosa; quién le iba a decir que volvería de la nada para compartir nuevamente la gloria con esos amigos que habían dejado de girar en su órbita para pasar a formar sus propias galaxias.

Finalmente, esta semana, meses después de que lo hiciera Kobe Bryant, otro eterno luchador perseguido por el infortunio en forma de lesiones, Raül López ha anunciado que esta será su última temporada, que nos deja definitivamente un poco más tristes y más huérfanos a todos los que, lo crean o no, fuimos perfectamente conscientes que en aquel verano lisboeta se estaba gestando algo muy grande de la mano de un gran base.




GRACIAS POR TODO RAÜL. UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Entre el bochorno y la inspiración




No me pregunten cómo he sabido, pero he sabido, que algunos exámenes del curso de nivel I en la provincia de Salamanca no están a la altura de lo esperado y que otros, incluso, son idénticos entre sí, una suerte de calcomanías que eligieron mal su original por ser esta una obra bastante pobre. No se alarmen, estoy seguro de que no es la primera vez que ocurre. En mis años en Derecho vi a gente con los apuntes abiertos en los exámenes y cada día, en la televisión, contemplo a muchos personajes que creen que lo que no se hace público no existe y que, por esta razón técnica, su conducta deja de ser reprochable moralmente. No se trata, por lo tanto, de un ataque a la nueva generación, tan corrupta y corrompible como la mía y las anteriores, sino una reflexión sobre la respuesta que debemos dar a estos comportamientos obviamente desviados.

Porque cabe la tentación de obrar con magnanimidad. Ser generosos con los que se equivocan por jóvenes o viejos, listos o estúpidos, puede ser lo más ajustado a evangelio, pero también lo más alejado de la ley natural. Dejando que sobrevivan y avancen estas unidades biológicas taradas en su voluntad y su ética, dejamos también que los argumentos en defensa de nuestro buen hacer, de nuestra “profesionalidad” y honrandez, se desplomen dejando un testimonio evidente de nuestro camino hacia el fracaso.

Es lo que tiene considerar, y dejar que consideren, al curso de formación como un trámite. En esta filosofía que mezcla, sin saberlo, no solo cualquier bebida alcohólica entre sí, sino también el hedonismo con el nihilismo, todo lo que gusta está bien y nada verdaderamente importa. Es lógico, del niño “fuerza de trabajo”, hermano de muchos, se ha pasado al niño “regalo del cielo”, muchas veces único. El “niño regalo” abraza el “todo para mí y sin esfuerzo” como dogma de fe y, por supuesto, nada le impedirá ser entrenador de baloncesto, escritor o botánico por el mero hecho de que serlo forma parte de su inacabable lista de deseos.

Otros pueden pensar que no hay una relación directa entre ser un buen estudiante y gozar de éxito en el futuro profesional. Conocemos muchos casos de tipos que, aburridos en el sistema educativo formal, pasaron por este de manera desapercibida, cuando no estrepitosa, para ser luego proclamados genios en sus ámbitos de estudio o investigación. Sin embargo, creo que en este caso, es “conditio sine qua non” para ser buen entrenador y educador, ser honesto hasta cuando no nos miran, ser honrado y parecerlo y, por supuesto, practicar el esfuerzo diario. El deporte, como último reducto en el que se enseña y practica la doctrina estoica, como última frontera del deber por encima del apetecer, debe ser intransigente con esta presencia contaminadora de vagos y autocomplacientes.

Me despido recordando la acción histórica más inspiradora de la historia del baloncesto. Tras sufrir un bochornoso tapón, uno de esos que dejarían tocado en su orgullo a cualquier mortal, Larry Bird se levanta rápidamente, escruta la situación, se adelanta al pase de Isiah Thomas, aguanta el equilibrio al borde de la línea de fondo y encuentra a Dennis Johnson cortando hacia canasta. Los Celtics ganan y se adelantan en la final de conferencia.




UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Estado de la cuestión





Me pillan echando cuentas, explorando los entresijos del oficio de entrenador de baloncesto, analizando las probabilidades que un tipo nacido en Salamanca, sin especiales cualidades para el juego, tiene de prosperar en este mundillo. Solo espero que no me lean quienes “ya me lo habían dicho”, o quienes, sin expresarlo verbalmente, me invitan continuamente a retomar la idea de preparar una oposición por el simple –que no banal– hecho de asegurar el futuro. Me pillan haciendo tablas, investigando trayectorias y buscando causalidades que me hagan llegar a la receta del “éxito”; tratando de discernir, en definitiva, cuáles son los caminos a tomar si es que, verdaderamente, somos nosotros, y no el azar, los que los elegimos.

Y resulta que de los 34 entrenadores que pueden vivir más que dignamente de esto en nuestro país (los 18 de ACB y los 16 de LEB Oro) 10 fueron jugadores de élite. Su conocimiento del juego por “haber estado ahí” y su acceso privilegiado a los códigos internos de un vestuario los hace candidatos casi inmediatos a un puesto de estas características. El último en incorporarse a esta lista ha sido Carles Marco, pero de todos ellos el más veterano y reputado es, sin duda, Aíto García Reneses, excelso base en Estudiantes y F.C. Barcelona y auténtico gurú de los banquillos. Muchos de ellos llegaron a los cargos técnicos de grandes equipos sin haber conocido otras categorías y, por supuesto, ninguno de ellos hubo de dedicarse antes al baloncesto de cantera. El caso paradigmático de entrenador de estas características es, hoy en día, Pablo Laso, aunque al menos el vitoriano sí que recorrió ligas más modestas dentro del mundo senior antes de dar el salto a la ACB.

Otra variable a tener en cuenta es la geográfica. De nuevo, al igual que en tantas otras facetas de la economía nacional, se reproduce el patrón centro-periferia que explica el actual mapa de riqueza y desempleo en nuestro país. El centro, agrario y despoblado, es también, en el baloncesto, un erial con un único foco productivo situado en Madrid. Además, no es difícil encontrar en Badalona la sede del particular Santa Clara Valley de nuestro gremio, la mayor concentración de talento e innovación por metro cuadrado entre las columnas de Hércules y los montes Balcanes. Siete de los veinticuatro entrenadores que no fueron antes jugadores de élite, se formaron en las categorías inferiores del baloncesto catalán y seis de esos siete (Pedro Martínez, Salva Maldonado, Joan Plaza, Sito Alonso, Roberto Sánchez y, por supuesto, Alfred Julbe) bebieron directa o indirectamente del maná que fluye por las canchas de Badalona. Pero ojo, más allá de la conurbación barcelonesa, el resto de focos y núcleos nos remite a zonas con cierta tradición y a “escuelas” de baloncesto más o menos asentadas en torno a algunas figuras reconocidas. Sin embargo, cabe esperar que gracias a las nuevas tecnologías y a la superación de las barreras espaciales, idiomáticas y culturales, proliferen casos como los de Sergio Valdeolmillos (Movistar Estudiantes) o Carlos Frade (Planasa Navarra), con formación también en el extranjero. Casos particulares de aprendizaje autodidacta y fuera de los grandes circuitos serían los de Toni Ten (Amics Castelló) y Porfirio Fisac (Retabet.es GBC), ejemplos claros de que al menos unos pocos pueden evitar el filtro del determinismo geográfico o la ausencia de “escuela”.

Otra de las cuestiones pasa por esclarecer si el camino hacia un banquillo de élite pasa por recorrer todas las categorías de cantera en algún club de garantías o en “ascender” rápidamente, como ayudante o directamente como entrenador principal, al baloncesto senior en sus diferentes ligas. Una vez estudiado y analizado el caso de los veinticuatro entrenadores que no habían sido anteriormente jugadores de élite, los resultados no aportan una conclusión definitiva. Trece de esos veinticuatro, efectivamente, empezaron en un colegio y fueron pasando por todas las categorías de cantera inmersos, eso sí, en clubes con equipos ACB o LEB (Xavi Pascual, Salva Maldonado, Sito Alonso,...). Sin embargo, los otros once encontraron rápidamente un puesto en un equipo EBA o se convirtieron en ayudantes de alguno de los equipos senior de un club con una gran infraestructura (es el caso de Gonzalo García de Vitoria, Sergio García Martín o Luis Casimiro).

En cualquier caso, más allá de la importancia de haber sido jugador, del determinismo geográfico o de la hoja de ruta que cada uno se dibuje, es conveniente armarse de paciencia. La media de edad de los entrenadores en ACB es de 49,8 años y la de los entrenadores en LEB de 44,4. La experiencia es un grado y el bagaje una componente fundamental en la decisión de los equipos directivos y secretarías técnicas de los clubes. Así que tomen nota, para alcanzar uno de esos treinta y cuatro deseados banquillos, juegue muy bien al baloncesto, nazca y crezca en Barcelona o Madrid, arrímese a un buen maestro y forme parte de una reputada escuela, acérquese pronto a un equipo de cantera o a un equipo EBA con buena visibilidad y, lo más importante de todo, peine canas o falsifique, en su defecto, su documento de identidad.


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Toda una vida





Llevaba meses sin escribir de los Boston Celtics, asistiendo en silencio a la irregularidad inicial, a esa sucesión casi azarosa de victorias de mérito y derrotas inesperadas y ciertamente bochornosas como las cosechadas contra Nets o Lakers. Hoy, aprovechando el descanso que nos concede la NBA, este abrevadero que representa el All Star, vuelvo a hablar de mi equipo del alma, de la franquicia con el ADN más reconocible de cuantas habitan en la liga. En oposición a todas las demás, salvadas unas pocas excepciones, en Boston Celtics todo pasa por el culto al trabajo duro, por el respeto y la devoción laudatoria a los que estuvieron antes. El jugador que viste de verde sabe que debe afrontar un proceso de adaptación hacia los códigos que impone la vestimenta céltica y, si fracasa, sabe que deberá hacer las maletas. La principal salvaguarda de esta tradición es su público, exigente y agradecido al mismo tiempo, una afición a la europea que si ha sido paciente en esta reconstrucción es porque ha visto, más allá del balance o la clasificación, un estilo reconocible y una entrega honesta y apasionada por parte de sus jugadores.

El actual récord de 32 victorias y 23 derrotas se aleja definitivamente de ese discurrir casual de las primeras semanas de competición para aproximarse a la lógica causal, y casi siempre comprobable, entre esfuerzo y resultados. El plan de Brad Stevens, esbozado ya en el amistoso que jugaran en el mes de octubre ante el Real Madrid, empieza a materializarse en un baloncesto de altos vuelos, vertiginoso, que empieza desde la defensa, desde el uso de manos, los cambios continuos y la agresividad en todas las acciones, pero que se despliega también en ataque gracias, igualmente, a la versatilidad de sus hombres “grandes” y a lo heterodoxo de muchos de sus pequeños. En numerosas ocasiones, los ataques de Boston Celtics transcurren con los cinco jugadores en el perímetro, pasándose la bola, jugando manos a mano o situaciones de bloqueo y continuación abierta. Todo para generar espacio para penetraciones que a su vez, si son frenadas a través de las ayudas, pueden generar tiros librados de manera directa o a través del no suficientemente elogiado “pase extra”.



Las estadísticas avanzadas de la NBA revelan varios aspectos positivos que bien podrían explicar el buen momento de los verdes. Novenos en el total de puntos por cada cien posesiones y terceros en el apartado de “Pace” (posesiones por 48 minutos), los Boston Celtics son una máquina ofensiva bien engrasada, algo que viene a confirmar su cuarto puesto en el ratio asistencias/pérdidas y en lo que colabora su 79% en tiros libres. Además, para completar esta faceta ofensiva, conviene destacar su octavo puesto en el porcentaje de rebotes ofensivos, un aspecto al que el entrenador Stevens dota de gran importancia.

En defensa, base fundacional del equipo pese a los últimos resultados, los Celtics se sitúan en el tercer puesto de la liga si normalizamos la comparación en base al criterio de puntos por cada cien posesiones. Son también un equipo que fuerza numerosas pérdidas a su oponente. Además, solo permiten que el rival anote el 43,5% de sus lanzamientos, siendo cuartos en esta estadística. A cambio, esta agresividad, sumada a la falta de altura e intimidación en los puestos interiores, le penaliza siendo el equipo que más tiros libres concede a su oponente (26,8 por partido) y uno de los que más rebotes ofensivos permite bajo su propio aro.



Dentro de cinco días, fecha límite de traspasos, sabremos si Danny Ainge considera a esta plantilla insuficiente para la pelea por el anillo, lo que parece más que evidente, y si consigue encontrar la pieza adecuada. El General Manager de los Celtics cuenta con la ronda de Draft de Nets y unas cuantas más, aunque no tan jugosas, de otros equipos. Además, el “expiring contract” de David Lee puede ser interesante tanto para equipos que quieran ver reforzada su plantilla de cara a este final de temporada como para aquellos otros que quieran afrontar con más garantías, aún, la batalla que se anuncia para la “agencia libre”. No cabe duda, el perfil de esa pieza ha de ser la de un pívot intimidador que pueda ofrecer puntos en la pintura y, por supuesto, la de un hombre trabajador que compre sin dudarlo los valores antes mencionados que caracterizan la marca Boston Celtics. No me suenan bien ni Howard ni Love. No sé si están dispuestos a asumir el discurso que este equipo lleva poniendo en práctica toda una vida.


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El juego de las soledades




No pudo elegir Góngora mejor título para uno de sus más excelsos poemas: Soledades. Así, en plural. El mundo es un conjunto de soledades que se manifiestan e intercomunican para dejar constancia de su existencia, no para reclamar ninguna clase de vínculo con el resto. La soledad está bien cuando es buscada –no en vano es la principal compañía del creador–, pero las soledades de las que yo hablo no son conscientes de ello; caminan en compañía y se brindan sombra las unas a las otras. Las soledades de las que yo hablo son los gremios, los grupos de interés, las corporaciones; las pequeñas derivadas de este mundo complejo que coexisten bajo el único lazo común de lo, en el fondo, banal. Estas soledades solo se van a encontrar en la despiadada lucha por fondos que son escasos, en el cuadrilátero donde la “sociedad” decide qué es lo importante; qué es eso que, en definitiva, merece una subvención o una aportación privada.

El viernes asistí a la defensa de una tesis (muy buena. La defensa, digo. Formalmente, digo. El resto no lo entendí) sobre patrones en la elección del voto en América Latina. Los miembros del tribunal, el ponente, amigo mío, y su tutor, hicieron aportaciones, seguramente precisas, sobre la materia. El resto, salvo algunos eruditos en el campo tratado, asistimos de la forma más educada posible a esa “conversación” privada tratando de guardar silencio y no mirar demasiado el móvil.

Ayer sábado me desplacé a Olmedo y estuve siguiendo una competición de minibasket para los equipos de Castilla y León. En aquel pabellón, aunque seguro de poder entender todo lo que se decía, pues la comunicación se hacía en un idioma familiar para mí, sentí la ausencia de aire, la presencia de una suerte de burbuja a mi alrededor. Entre niños que solo buscaban pasarlo bien, entre algunos padres que solo querían disfrutar acompañando a sus hijos, estábamos unos cuantos entrenadores; unos tratando de sacar el máximo rendimiento a sus equipos y otros simplemente esperando un destello de talento que nos cegara. Y los hubo. Y hubo equipos que ganaron y otros que perdieron. Y todo el mundo lo hizo lo mejor que supo con sus virtudes y sus carencias. Pero y qué.

Anoche, ostensiblemente cansado, vi fragmentos sueltos de la ceremonia de los Goya, otra reunión de soledades dentro de esa particular soledad que es el cine español. Otra reunión privada a la que las otras soledades se acercan a través del televisor solo para disfrutar de ese ejercicio teatral donde lo cómico y lo grotesco se confunden. Ricardo Darín, al que admiro por hablar un idioma universal, el de la emoción, exigió de los políticos hacer algo con la cultura porque esta es en realidad su única y verdadera misión. El problema es que Ricardo Darín no explicitó qué es eso de la cultura y si va más allá de su particular soledad.

Y yo, lejos de ser el Ricardo Darín del basket (ese bien podría ser Stephen Curry), también apuesto por hacer algo. Pero no se lo pido a nadie; nos lo pido a nosotros, entrenadores de cantera. Nuestra soledad particular, que ha venido siendo definida por esa dicotómica relación victoria-derrota, debe empezar a caracterizarse en términos relacionados con la honestidad y, en todo caso, por la dualidad “actuar bien-actuar mal”. Es decir, nuestro campo de actuación, sin renunciar a sacar el máximo rendimiento deportivo a un colectivo, debe aproximarse a la soledad educativa y alejarse de los estándares que define la soledad “entretenimiento-espectáculo” que sería la que llamamos élite. De lo contrario, caeremos, como tantas otras soledades, en una banalidad onanista difícil de detectar dentro de la burbuja, pero fácilmente perceptible por todos aquellos que no entienden de lo que hablamos.


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Reflexiones en voz baja




Pau Gasol no va al All Star. Los técnicos de la NBA no saben cómo pararlo y aún así lo relegan a un segundo plano. Paseando anota veinte puntos y coge más de diez rebotes todas las noches. De espaldas a canasta no hay otro jugador como él. Desde el poste medio nadie comparte la bola con tanto gusto. Y sin embargo, los técnicos piensan que Bosh y Millsap se merecen más que él esta elección. Pero bueno, como intuyo que a Pau le da bastante igual acumular méritos de tan dudosa factura, no voy a indignarme por esta vez.

El jueves hubo un Djokovic-Federer. Me he enterado hoy. El serbio, que ahora mismo está jugando a un nivel de tenis desconocido hasta la fecha, se enfrentó al mayor esteta de la historia del deporte y me he enterado hoy. Mientras tanto, siguiendo la misma rutina de siempre, me he percatado, sin pretenderlo, de que se estaba jugando la Copa del Rey de fútbol y de que aún no tenemos gobierno en España. Joder, el jueves se jugó un Djokovic-Federer y me he enterado hoy.

El jueves pasado hubo un Real Madrid-Barcelona de Euroliga, es decir, de Copa de Europa de baloncesto. Tranquilos, me enteré ese jueves, aunque de casualidad. Es cierto que el calendario, que hace que se repita tan a menudo el enfrentamiento, le quita, por exceso de uso, valor a la rivalidad, pero de no haber sido porque se decidió en un “buzzer beater” espectacular de Justin Doellman, a duras penas hubiera cosechado veinte segundos de televisión mayoritaria. Mayoritariamente estúpida, digo.

Popovich se equivoca. No hay mayor pureza en su juego con dos interiores que en el polimorfismo cubista que plantean los Warriors. En la búsqueda del buen tiro, objetivo de todo ataque, toda estrategia es válida. Si Parker no la mete desde ocho metros, entiendo que los Spurs no planteen ese tipo de juego. La cosa es que Curry anda cerca del cincuenta por ciento en esas distancias. Lo cierto es que Green, un cuatro, puede subir la bola a alta velocidad y equivocándose muy pocas veces. Lo cierto es que la línea de triple lleva treinta y cinco años pintada en las canchas NBA y nadie, en estas tres décadas y media había utilizado esta arma con la eficacia y el esplendor de los Warriors. Aunque a Popovich le resulte excesivo y no le guste el circo.

Muchos amigos que ya peinan canas temen que el récord de setenta y dos victorias de los Bulls pueda caer este año. Se aferran al calendario, a que los Warriors aún tienen tres partidos pendientes contra los Spurs y otros tantos frente a los Thunder, pero por si acaso, en sus ratos libres, preparan un argumentario rancio basado en el nivel actual de la liga. Ya saben, “los de ahora no son como los de antes”. Para ellos, por el hecho de ser adolescentes en aquella época, el páramo en que se sumergió la liga durante la década de los 90 fue un jardín floreciente. Para ellos, por hallarse próximos a los cuarenta ahora, lo que hacen los Warriors es pachanguear; un juego de críos. Lo que de verdad siento es que la nostalgia les impida disfrutar de este aluvión de buen juego que, de prolongarse en el tiempo, la historia se encargará de poner en contexto. 



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Lost in translation





Aunque la facultad comunicativa es inherente al ser humano, su sistematización tuvo que esperar al siglo IV a.C. Fue entonces cuando Aristóteles se embarcó en una más de sus múltiples tareas titánicas creando lo que hoy conocemos como Retórica o arte de la persuasión. El sabio griego afirmaba que en la búsqueda de la fidelidad de la comunicación, es decir, en el intento por conseguir que nuestro mensaje influya a nuestro receptor del modo deseado, es importante no solo el mensaje en sí mismo, sino también la relación entre la fuente del mismo y su receptor. De esta forma, incidía en las características propias del emisor valorando especialmente sus habilidades comunicativas (dominio del lenguaje, habilidad verbal para hablar, capacidad adecuada para pensar y reflexionar), su actitud (autoconfianza y congruencia), su conocimiento respecto al tema del mensaje y al propio proceso de comunicación y, por último, su estatus socio-cultural, pues este va a condicionar su rol en el acto comunicativo al suscitar en el receptor diferentes expectativas.

Ahora bien, la retórica no es suficiente y por ello debe echar mano de su correlato más práctico, la oratoria, el arte de hablar con elocuencia. En palabras de Cicerón, el perfecto orador habría de poseer disposición natural, cultura profunda y conocimientos de la técnica del discurso. En un nivel más cercano a la puesta en escena habla de la necesidad de aunar invención (búsqueda de argumentos adecuados), disposición (ordenación de los argumentos), elocución (hallazgo de las palabras convenientes), memoria y acción (todo lo relacionado con el aspecto físico y el lenguaje corporal).

Lógicamente, tanto Aristóteles como Cicerón, se referían la comunicación como un acto esencialmente protocolario, pautado, guiado por reglas que regulan los turnos de palabra y los tiempos. Pensaban en un orador erigido en un púlpito sobre el que se centra toda la atención del auditorio. Nada que ver con el acto de comunicación al que se enfrenta el entrenador de baloncesto, especialmente en cantera. Este, aunque avalado por un currículum de dimensiones bíblicas o por un Premio Nobel de literatura, ha de ganarse cada día la atención de sus interlocutores echando mano de las habilidades personales que mencionaba Aristóteles y de las estrategias discursivas citadas por Cicerón, pero también de una capacidad de empatía que va más allá de todos estos talentos innatos o aprendidos, que es casi un saber esotérico concedido a unos pocos por una suerte de gracia divina. Quizá sea lo que el orador latino definía como “disposición natural”.



Sin embargo, no querría que este post sirviera solamente como constatación de la existencia de un don para la comunicación que a muy pocos nos ha sido concedido de manera graciosa. Quería más bien, tras este largo preámbulo y dado que mi posición es la de la mayoría, reunir una serie de consejos para articular un buen discurso con el que llegar a los jugadores y conseguir, de esta manera, la eficacia del mensaje. Estas son, para mí, después de echar mano de varias lecturas sobre el tema, las claves del acto de comunicación en un equipo de baloncesto.

1. El conocimiento y asimilación del contenido del mensaje. No basta con saber qué se quiere transmitir, sino que es necesario que este saber esté integrado dentro del corpus del entrenador de modo natural. Es decir, no basta con haber estudiado el día antes, sino que habrán sido necesarias largas horas de reflexión y, mejor que mejor, otras tantas de puesta en práctica.

2. La estructuración del contenido del mensaje. Me remito a lo que Cicerón llamaba disposición, es decir, a la ordenación lógica de los argumentos. Ahora bien, la clave está en la palabra “lógica”. Si nuestro discurso es básicamente didáctico, la lógica tendrá que ver con la secuencialización de los contenidos o la jerarquización de los objetivos de un ejercicio o enseñanza. Si nuestro discurso es motivador, igualmente habremos de ordenar los puntos a tratar distinguiendo entre lo fundamental y lo accesorio.

3. La elocuencia, efectivamente, es clave. Ahora bien, encontrar las palabras adecuadas para persuadir es una labor camaleónica pues hay tantas como contextos. No serán las mismas con un grupo senior de Málaga, que con un infantil de Tokio. Estas palabras, además, han de ir bien aliñadas por el lenguaje corporal. Si queremos transmitir seguridad, más vale que la aparentemos.

4. Conocer al receptor. Y este conocimiento no solo lo da el paso del tiempo, sino fundamentalmente la capacidad para escuchar, la suma o, mejor dicho, la multiplicación de aprendizajes fruto de las diferentes conversaciones mantenidas de modo particular con cada uno de los miembros del equipo. Conocer la psicología, los miedos y ambiciones del otro es esencial. También cuando el otro es un ser colectivo o grupo.

5. Valor ejemplarizante. Significar algo para tus jugadores. Solo de esta manera tu palabra adquirirá un sentido superior al de las propias palabras. Solo de esta manera, el verbo se hará carne, emoción. Solo así conseguiremos transmitir. Por suerte, este valor no depende de atributos traídos desde la cuna, sino del trabajo duro, de la honestidad y el compromiso de sinceridad que establecemos con los jugadores. Y esto, aunque complicado, está al alcance de cualquiera.

En esta sociedad que ha confundido la multiplicidad de portavoces, altavoces y mensajes con la verdadera comunicación, se hace necesario reflexionar sobre el modo de transmisión, sobre el canal y también sobre los códigos. En este mundo se hace más necesario que nunca recuperar el valor de la emoción y el sentimiento para no caer en esa estampa del brutal y genial cuadro de Edward Hopper (arriba) o en esta otra de la película Her: en ese aislamiento deshumanizador.




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Las diez claves para



"La gente quiere victorias rápidas. No saben lo que cuesta crear y construir". 

(Gregg Popovich)

¿Por qué tantos artículos, entradas de blog o libros de papel comienzan sus títulos de la misma manera que yo lo he hecho? ¿Por qué anuncian un número concreto? ¿Por qué se sirven de la palabra “clave”, elemento básico, fundamental o decisivo de algo? ¿Por qué los perseguimos con avidez, los leemos con deleite e incluso tomamos nota de su contenido? ¿Por qué los compartimos en las redes sociales? ¿Tal vez porque en el pasado experimentamos al menos una de esas diez “claves” y no nos fue mal del todo poniéndola en práctica? ¿Tal vez porque algún amigo nos recomendó leer a un determinado autor y ello nos permite dotar a sus palabras de una probada ciencia? ¿Cuántos amigos deben recomendar un artículo para que esta suspensión de la capacidad de juicio crítico acontezca? ¿Basta con un amigo si admitimos previamente que este es una voz autorizada en la materia?

Nos pasa a los entrenadores. Para creer a uno de los nuestros debe haber ganado un par de ligas. Para sentir que hemos aprovechado el tiempo viajando cientos de kilómetros debe ser un tipo reconocido y, además, aportarnos los secretos de su éxito. A pesar de las numerosas cautelas que los ponentes de numerosos clínics introducen en sus discursos (“es mi manera de ver las cosas”, “solo es una visión más”, “no pretendo sentar cátedra”) el espectador ansía claves, titulares, ejercicios que poner en funcionamiento en la próxima sesión, aunque estos persigan un objetivo no previsto en la planificación.

Olvidamos que no es tan importante el qué como lo es el cómo. Obviamos que entrenar es, ante todo, un acto de comunicación y que un mismo mensaje puede ser recibido de manera muy distinta en función de su articulación, pero también del vínculo que une al receptor con el emisor. Me niego a pensar que los diferentes resultados obtenidos por distintos entrenadores con las mismas plantillas se basen principalmente en que uno haya leído un artículo titulado “Las diez claves...”y el otro no.

Todo ello sin intención de refutar que existan diferentes teorías del entrenamiento y concepciones del juego, unas mejores que otras, y diferentes grados de conocimiento y experiencia, unos mayores que otros. Pero no, igual que para adelgazar no basta con leer un artículo que contenga cinco o seis recetas milagrosas, para aprender de un gran entrenador no basta con escucharlo o verle dirigir un entrenamiento. El gran aprendizaje pasa por comprender cómo se planificó, rediseñó y se edificó, ladrillo a ladrillo, el edificio al que debe parecerse un buen equipo a final de temporada. Y para ello no hay diez claves, ni cinco. Tal vez, si acaso, una que contiene un centenar: Sabia acumulación de experiencias. Y en la anterior frase, por supuesto, lo esencial es el adjetivo.


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Que lo que el baloncesto ha unido...






Hoy es uno de esos días en los que el gris del cielo se basta para explicar el sentimiento que embarga a la familia del baloncesto en Salamanca y, más concretamente, a la del club en el que tengo la suerte de trabajar. Una luctuosa noticia nos ha rescatado de la común creencia de que todo seguirá igual cuando nos levantemos, de que seguirán ordenadas las calles y de que resistirán, a nuestro lado, para siempre, los seres queridos. Suspendidos en el éter de lo cotidiano, narcotizados por el constante flujo de banalidad, secuestramos la idea de la muerte concediéndosela únicamente, a modo de dudosa gracia, a ese otro, lejano y desconocido, al que no le ponemos rostro y por el que no podemos sentir dolor alguno.

Sin embargo, pese al duelo implícito a la noticia, alivia, al menos, poder comprobar el efecto unificador que tienen estos tristes acontecimientos, ver cómo suspenden durante un tiempo el curso de rivalidades que solo percibimos como absurdas (aunque lo sean por definición) en estos días fatalmente señalados. Por fortuna, en el mundo del baloncesto, el cainismo admite límites y no nos impide reconocer, aunque debamos esperar (en virtud de nuestra estúpida pero inseparable condición humana) a un trágico desenlace, que es mucho más lo que nos une que lo que nos separa.

Todo esto me lleva a hablar de la amistad; ese sentimiento que sobrevive a matrimonios e infidelidades, a despidos y fracasos empresariales. De la amistad que surge, en este caso, dentro de la fraternidad que aspira a ser un equipo de baloncesto; un buen equipo, matizo. Pienso en los lazos que unen a los miembros de esos conjuntos universitarios estadounidenses, capaces de reunirse años más tarde para recordar sus victorias y sus derrotas. Pienso, y me emociono, en esa promoción de North Carolina State reunida para conmemorar el aniversario de la muerte de un amigo y para recordar, de paso, la figura de ese vitalista enamorado del baloncesto que fue siempre Jim Valvano. Y pienso en Mike Krzyzewski, Coach K, acompañándole en su cama de hospital, tras haber librado innumerables batallas en la cancha al frente de Duke.



Y pienso en Audie Norris, en sus lágrimas en el funeral de Fernando Martín, con quien compartió, además de numerosos rasguños y empujones, una gran pasión. Y en Magic Johnson portando debajo del chándal de los Lakers la camiseta de Larry Bird el día en que la camiseta de éste pasaba a formar parte del cielo del Garden. Y se me viene a la cabeza, también, la amistad entre Vlade Divac y Drazen Petrovic, inútilmente segada por la guerra y una lucha de banderas que nunca debió quebrar lo que el baloncesto había unido. Cuánto se arrepiente aún, Vlade, de no haberse podido reconciliar a tiempo… Y lamento lo poco que, en general, cuidamos de este bien que es la amistad, lo mucho que nos dejamos llevar por las imposiciones de la agenda y por las prebendas de la modernidad. Lamento que detrás de cada intento por generar un vínculo irrompible se esconda la sombra de la suspicacia, la reserva mental, el as bajo la manga. Me duele que se impongan menudencias y que estas hayan hecho de la soledad una de las grandes enfermedades de nuestro tiempo.



Finalmente, me pregunto, como entrenador, cuál es mi papel en la enseñanza de este valor, cuánta importancia le brindo a la construcción de afinidades, a la incentivación de la camaradería en los equipos que entreno. Me cuestiono cuánto sé sobre la amistad y si la he cultivado lo suficiente durante mi vida como para poder permitirme enseñarla. Hoy, en un día triste, aprecio con más fuerza este valor que el baloncesto irradia de forma natural y que el hombre, parafraseando el rito, no debe separar. Y, por favor, que no tenga que venir la odiosa muerte a recordárnoslo.


UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Rafael...Nadal







Me quedo con ganas de escribir sobre Rafael Benítez y es que su nombre es el de todos los entrenadores del Real Madrid que no enamoraron a las estrellas, el de todas las mascotas que no mearon del modo en que le gusta a Florentino. Su método, lleno de ecuaciones y algoritmos, se ha mostrado ineficaz para conquistar el Hollywood futbolístico, más amante del “laissez faire” y del polvo improvisado. Ahora, mientras hace las maletas, echa de menos esa modesta oficina desprovista de objetos de oro o plata, ese humilde rincón perfumado con gotas de sudor y lleno de manchas de café que no se limpian por respeto a los anteriores inquilinos. Ahora, pocas horas después del afectuoso recibimiento de la afición valencianista, echa de menos aquel “you´ll never walk alone” que inundaba las noches de Liverpool. Más aún después de escuchar en sueños la voz carrasposa de Sabina cantando aquello de “la muerte viaja en ambulancias blancas...”.

Pongamos que, sin embargo, he decidido escribir de Rafael Nadal, protagonista del primer Informe Robinson del año. En este programa –sensacional, por cierto– se sincera acerca de los problemas mentales que le llevaron a parecer vulgar durante amplios períodos de la pasada temporada, sobre el miedo que le atenazaba y la ansiedad que le impedía controlar sus emociones. Con esta demostración de conocimiento de sí mismo revela, en cambio, una de las grandes facetas que nos hace admirarlo y que, al mismo tiempo, nos pone en nuestro sitio como limitados espectadores de un ser excepcional.

Disfruto entrenando porque tengo la motivación de jugar bien de nuevo, afirma Rafa, viva –y real– encarnación de Sísifo, al que muchos de nosotros tildaríamos de infeliz al estar castigado por Hades a elevar durante una larga jornada una pesada roca a lo largo de la vertiente de una montaña sabedor de que al final se le resbalará de las manos. La lucha por llegar a las cumbres basta para llenar un corazón de hombre. Hay que imaginarse a Sísifo feliz, nos decía Albert Camus en su obra El mito de Sísifo. Rafa, desde luego, lo ha hecho.

Y es que igual que Rafa valoraba diferentes factores como posibles causas del bajón de juego, Toni, de un modo tal vez excesivamente simplificador, lo resumía de la siguiente manera: La intensidad ha bajado, los resultados han bajado. Nos lo dice también en la obra Sirve Nadal, responde Sócrates, en la que el tío de Rafa figura como coautor junto al filósofo Pere Mas, La virtud (areté) se puede enseñar, ya que nace del hábito y la costumbre (ethos), lo que equivale a decir que la virtud es un asunto que concierne a la educación (paideia), por lo que parece recomendable adoptar los buenos hábitos desde la infancia (página 70).

Hablando de Toni, lo reconozco, fui uno de los muchos que, durante la pasada temporada, viendo a Rafael Nadal competir sin coraje, atenazado ante la presión y sintiéndolo pequeño, muy pequeño, al otro lado de la red durante los puntos decisivos, pregoné entre mis amigos la necesidad de un cambio de entrenador. El propio Toni, durante el programa, reconoce que quizá sus mensajes, por repetidos, han podido perder fuerza o vigencia, pero al mismo tiempo, proclama una gran verdad: Igual que no me atribuí el mérito de los Grand Slam que ganó, sería muy soberbio por mi parte atribuirme el presunto demérito de que ahora no los gane. Y ambas cuestiones son ciertas, pero nadie mejor que Rafa para saber qué es lo que toca ahora, cuál ha de ser la trama del siguiente episodio de su carrera.

Porque, entre otras cosas, Toni enseñó desde muy pequeño a Rafael a saber esperar. A saber esperar y a no poner una excusa como parapeto: a no escudarse en el estado de la pista, en la altura de la red o en la presencia de viento. A buscar la diversión en el trabajo, y no al contrario. A respetar y hacerse respetar por el rival. A conocerse y superarse. A jugar a zurdas, siendo diestro, para que su mejor golpe coincidiera con el peor de muchos rivales (el revés alto). A liftar la bola para que sus oponentes tuvieran que buscarla en el cielo para golpearla. Y a sobrellevar con naturalidad y sin afectación el éxito.

Por todo esto, siento decirle, querido lector, que ni usted ni yo, impacientes, poetas de la excusa y amantes de los placeres mundanos, podremos ser nunca Rafael Nadal. Ojalá que, al menos, podamos disfrutarlo unos cuantos años más.




UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS