Diario de un encierro. Día XXIX





Killing us softly

Este virus que no muere pero mata, como no pudo predecir ni el gran maestro de la canción, Joaquín Sabina, no solo es que sea letal, sino que amenaza con torturarnos lentamente a través de todas sus derivadas: la mental, la económica, la social,… Ni Foreman azotó tanto a Ali en aquella Rumble in the jungle tan famosa, en la que el mejor boxeador de los tiempos echó mano de la táctica del despiste y el desgaste para vencer a un oponente más pesado y más joven tras encajar un sinfín de golpes en lo que esperaba su momento.



Si cambiáramos de deporte, y echáramos mano del cine para explicarlo, estamos en medio de la partida de billar del inicio de El Buscavidas en la que el Gordo de Minnessota le da una lección al impetuoso Eddie Felson. Una lección de paciencia y veteranía, de saber esperar el momento oportuno, de dejar crecer la arrogancia del aspirante para que ella misma lo acabe estrangulando, sin necesidad de mancharse las manos.



No traigo estos símiles para hablar de la política de actuación contra el virus, de la que no tengo la menor idea, y que cumplo a rajatabla drogado a base de clínics de formación, videoconferencias con amigos, lectura, escritura y tareas variopintas que me otorgan la rara sensación de estar ocupado, lo que mi ego en cierto modo agradece. Me refería más bien a la estrategia de actuación de las diferentes instituciones y actores relacionados con el baloncesto ante este impasse que amenaza con prolongarse en la medida que no surjan curas, tratamientos efectivos o llegue la deseada vacuna.

En primer lugar, trataría de sanarme a mí mismo. Me daría curas terapéuticas, algo que muchos no hemos hecho, contagiados por la necesidad de actividad para la que fuimos programados en el colegio. También las instituciones pueden aprovechar esta parada biológica obligada para reestructurar sus organigramas, hacer más eficientes sus mecanismos de toma de decisiones, repensar sus modelos y estilos de comunicación, para, una vez superado el shock inicial, seguir en la tarea de aprender de otras instituciones y comenzar a plantear escenarios, más por divertimento que otra cosa, o también por aquello que decía Pasteur, ya saben, la suerte suele favorecer a las mente preparada.

Me preguntaba un antiguo compañero de viaje en esto del baloncesto que cómo lo veía yo, sobre todo en lo que se refiere a la formación, a las canteras, al baloncesto escolar. Me salió un pareado al decirle que o lo hacemos más asequible o se volverá, si ya no lo era, prescindible. Este modelo mixto de enseñanza colectiva en la que solo los buenos formadores educan en valores positivos y se hace casi imposible el trabajo individualizado no es atractivo para los padres, que son los que pagan y cortan el pastel. Otro amigo, bastante clarividente, ya está en ello. El modelo que puede sobrevivir es mixto: equipos para divertirse compartiendo experiencias con los iguales y academias para tecnificar y poner los medios para que el chico pueda alcanzar el baloncesto profesional y obtener un retorno cuantificable a su inversión, aunque por medio haya que recorrer un camino lleno de incertidumbre y riesgos.



Pero claro, no ayuda el silencio del baloncesto profesional, amparado en el silencio de las administraciones ante lo novedoso del problema. Ni el tancredismo de los dirigentes, convencidos de que esta crisis será, simplemente, una noche más larga de lo normal y de que, al despertar, todo volverá a ser como antes y, por lo tanto, no serán necesarios los cambios que deben plantear y abordar. Necesitamos un baloncesto profesional saneado y atractivo, con jugadores, entrenadores, responsables de medios, gerentes y directivos profesionales al tiempo que vocacionales, guiados por una ética que no beba de las fuentes de su propia educación, ya no nos fiamos, sino de la vigilancia del propio sistema, que después de años de ser consentidor debe empezar a ser inflexible y diligente en la extirpación de los tumores.

En definitiva, toca tener paciencia. Curarse de las dos fiebres que nos achacan, la de la rutina a la que seguíamos abrazados en su ausencia y la de este virus que nos mantiene impedidos, limitados de muy diferentes modos para ejercer nuestra profesión. También para saber hacia dónde vamos, para saber si los gestores serán valientes, al fin, o si serán meros funcionalistas parapetados tras la larga sombra de las instituciones, instituciones cuyas existencias pasarán a ser más cuestionadas que nunca si, en medio de la crisis que vamos a sufrir, no aportan soluciones y nos mandan a comer pasteles o huevos de pascua.



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Diario de un encierro. Día XXVIII







Si yo fuera rico

En un mundo hipotético, sin coronavirus ni restricciones para reemprender la marcha y regresar a nuestros puestos de trabajo, como también hipotético entrenador de un equipo de la categoría que fuera pero con un staff lo suficientemente amplio como para contar con un preparador físico profesional, desde el íntimo desconocimiento de la orfebrería fina con la que ellos trabajan y sin haberme tomado el tiempo necesario, quizá por tratarse, precisamente, de una situación hipotética, estas serían mis principales demandas, demandas, ojo, que habríamos de ejecutar conjuntamente, como parte de un todo que debe trabajar armónicamente y que debe reunirse periódicamente para evaluar los progresos y reajustar los objetivos.

1.       Disponibilidad para entrenar y jugar. En la línea de la prevención de lesiones, pero también de su recuperación y readaptación, creo que lo primero que le pediría al preparador físico es que marcara una línea para contar con el máximo número de jugadores listos para entrenar. Esto, probablemente, abarcaría la inclusión de protocolos fuera de cancha, de sueño, horarios, alimentación,… por lo que sería tarea de todo el club. Y de los jugadores, por supuesto. Primero por la vía del convencimiento. Solo en última instancia, y con vistas a crear una cultura de la propia responsabilidad, con la coacción. En esta línea, concretando más sus tareas, sería el responsable de los calentamientos y vueltas a la calma, dándole margen para contribuir, en ambos períodos, a la "felicidad" del grupo, concepto etéreo donde los haya. 

2.       Tono físico general. Para entrenar, y entrenar seguramente no más pero sí mejor. Retrasar la aparición de la fatiga y reducir sus picos a lo largo de una sesión de entrenamiento (ergo también en un partido) nos permitirá acceder a un mayor ritmo de juego y, según mi teoría, a mantener, por un lado, la agresividad e intensidad en defensa, así como a pensar con más claridad y ejecutar con más limpieza en ataque. Un jugador cansado es un caballo sin jinete, perdonen el símil si les parece ofensivo, pero he visto descarrilar a tantos grandes jugadores por no poder mantenerse inmunes a la fatiga… Cansado cualquier cosa cuesta un mundo, el horizonte se comprime, el error ajeno se observa como un castigo y los porcentajes caen dramáticamente. Cámbialo, coach, claro, reduce las rotaciones. Bueno, sí, correcto, pero que pueda jugar 4 períodos de 7 minutos en perfectas condiciones. No pido más. 



3.       Desempeño específico. Colocando este apartado en el tercer lugar, por detrás del anterior, sé que me sitúo a contracorriente de las nuevas tendencias, pero insisto, no quiero jugadores cansados en el entrenamiento, por duro que sea, quiero efectivas recuperaciones incompletas, piernas ligeras, corazones funcionando a un ritmo adecuado y mentes, por todo ello, liberadas del peso de soportar un cuerpo quejumbroso. De ahí que la fuerza específica, que redunda en una mayor velocidad gestual, en unos centrímetros más de salto o en una mayor potencia para ganar en los contactos, considerándolas partes esenciales del equipaje de un gran jugador, las trabajaría en postemporada, en verano. Sí, amigos, no corriendo por la playa o jugando a las palas. Pero claro, para eso habría que firmar a los jugadores con contratos largos, de modo que la labor de monitorización y vigilancia pudiera ser coordinada y controlada por el club. Pero ya en septiembre y más allá de los entrenamientos específicos programados, solo fuerza preventiva, gracias. Nada de piernas cargadas, brazos hinchados en un entrenamiento. Postemporada. Ya, ya, ya lo sé.

Añado aquí un punto que había olvidado. Coordinación con el resto del cuerpo técnico para aspectos fundamentales en los que la técnica individual linda con su misión: apoyos, desplazamientos,... Todo en la búsqueda de la máxima eficiencia gestual y energética. En este punto, lo fundamental es avanzar en una misma línea, sin fisuras, tratando de maximizar el rendimiento en ambas áreas. 

4.       Determinación para tomar decisiones en sus áreas, asertividad en la comunicación con los jugadores, con los que debe fabricar complicidades sin hacerse eco de su discurso, capacidad de filtrado para actuar como intermediario entre sus demandas, las de los jugadores y las necesidades del equipo, que están por encima de todo. Y, por supuesto, una comunicación fluida, directa basada en la honestidad y la confianza con el equipo médico.

Bueno, este cuarto punto bien pudiera ser el primero. O flotar por encima del resto. En fin, estas serían mis premisas, a falta de llevarme, todavía, unas cuantas hostias, firmar unos cuantos fracasos y hacer muchos amigos, y no hay ironía alguna en mis palabras, entre el fantástico y necesario gremio de los preparadores físicos.



UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Diario de un encierro. Día XXVII






Esperando a Seve

Con el golf me pasó como con tantas otras cosas, que antes siquiera de haber empezado a explicar el porqué de mi acercamiento a este deporte ya me habían etiquetado. Yo, que iba y venía del campo cargando mi bolsa de palos de segunda mano y que, con suerte, si acaso, cogía el autobús, me había convertido de pronto en un nuevo rico, burgués, clasista y, creo que esto se lo callaban, pijo apestoso. Para colmo, aquellos que decían esto aún se enfadan cuando declino sus ofertas de jugar al pádel.

Es nueve de abril y llueve, claro, no puede ser de otro modo. Hace 63 años nacía en Pedreña, una pequeña localidad próxima a Santander, el mejor golfista europeo de todos los tiempos, Severiano Ballesteros, uno de los pioneros del deporte español, un auténtico fuera de serie en un deporte con escaso seguimiento en nuestro país. Al igual que sucedía con Miguel Indurain, que apagaba las velas en pleno Tour de Francia, Seve siempre cumplía años en la cita más especial del calendario: el Masters de Augusta.

Severiano hizo posible lo que antes era imposible desoyendo lo que, antes de la informática, se llamaba costumbre, uso social, etiqueta o corrección. Sin perder nada de su charme, pero sin renunciar tampoco a su latinidad, Ballesteros invirtió las normas clásicas del riesgo/recompensa, visualizó trayectorias que nadie más veía, movió el palo con la heterodoxia propia del autodidacta y ganó, ganó como nunca antes nadie lo había hecho, visitando áreas del campo que no conocía ni su diseñador.



Pues bien, además de celebrar este cumpleaños, que coincide también con el abortado inicio del Masters de Augusta, cito a Seve como impeliendo al destino a actuar y traer una figura de estas características para competir con los androides que nos traerán la mejora de las teorías del entrenamiento, la sofisticación de las tecnologías aplicadas y, a no mucho tardar, los avances en biogenética. Uno se puede quedar fascinado viendo a Giannis, Lebron o Williamson, puede apreciar lo lejos que están dos individuos de una, aparentemente, misma especie (uno mismo y ellos), pero a mí no me entusiasma su dominio por aplastamiento, prometo no levantarme a celebrar una sola de sus canastas.

Mi esperanza está en Doncic y sus ramalazos de genuino talento, pero a veces siento que le sobra escuela. Me gusta la suavidad, como tejida en seda, de Jayson Tatum. También las libertades que se toma Jokic, heredadas en parte de Sabonis, Divac y, por qué no decirlo, del mismo Marc Gasol. Pero solo pagaría una entrada para ir a ver a Curry, lo reconozco. Nadie como Curry, desde Magic, había conseguido conectar con la grada de esta manera, aunque reservo a Shaquille O´Neal un hueco destacado por su carisma y dejo a Jordan relegado a una categoría aparte, por no saber cómo encuadrar su magnetismo.



Esto, trasladado a la enseñanza de fundamentos, sería una invitación a plantear problemas sin ofrecer soluciones, a revitalizar los unos contra uno informales, en medio de los descansos, a fomentar el juego, los errores y la naturalidad en su comisión y aceptación. Y, por supuesto, a organizar ligas callejeras, regidas por muchas menos normas de lo que lo están los campeonatos de 3x3. El mejor plan veraniego para nuestros jugadores no incluiría, en la añoranza de mayor creatividad, una tabla de ejercicios físicos, sino un balón y una gorra para el camino.

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Diario de un encierro. Día XXVI





Solo otra (puta) teoría

El 99,5% de las especies que han habitado el planeta Tierra en algún momento de su historia están ya extinguidas. A lo mejor convendría empezar por aquí cualquier charla de cualquier tema, incluidas las ruedas de prensa del gobierno. No por el contenido del mensaje, que no debiera inquietarnos por ahora, sino para captar la atención de un oyente deseoso de narrativas, anhelante de cuanto se puede explicar por la ilusión de la causa y el efecto.

Si fuera el gerente de un equipo de la NBA no me preocuparía demasiado por contratar al mejor especialista en Analytics o estadística avanzada mientras la obtención de los datos proceda de las mismas fuentes que utilizan los rivales y los encargados de procesarla sigan siendo humanos más o menos capaces. Es posible que un buen especialista en estas áreas matemáticas ayude a mirar al entrenador y pueda conseguir que este se haga las preguntas más apropiadas, pero para eso hace falta que este sea humilde y acepte desprenderse de sus viejas ideas, basadas en la observación de todo aquello que venía a corroborarlas y la no observación de cuanto pudiera incomodarlo.

Supongamos que la consolidación de este nuevo acceso al conocimiento de lo que ocurre en una cancha se produjera hace cinco años aproximadamente. Supongamos que tras un vistazo al palmarés de equipos campeones en la NBA en ese período averiguásemos que ninguno de sus entrenadores tenía experiencia previa en la liga. Supongamos que hay una correlación clara entre la humildad de Steve Kerr, Tyronne Lue y, joder, me cuesta recordar su nombre, Nick Nurse, y los éxitos de sus equipos. Mi teoría explicativa de lo sucedido en los últimos cinco años en la NBA se resumiría en lo siguiente: contrata entrenadores humildes.



Ah, sí, lo de la línea de tres. Mi teoría para lo de la línea de tres es la siguiente. En 2013 y 2014 la liga se la jugaron San Antonio Spurs y Miami Heat. Los de Miami tiraron 21,6 y 22,5 triples de media por partido, mientras que los de San Antonio clavaron una media de 21,4. La fórmula ganadora era entonces la siguiente: lanza entre 20 y 23 triples y llegarás a la final de la NBA. El siguiente año ganaron los Warriors, lanzando 27, 4 y los mismos Warriors, tirando 31,8, batieron el récord de victorias en temporada regular la siguiente campaña. Cambió la fórmula ganadora.  



Los Warriors lideraron la estadística ese año, pero progresivamente, durante tres campañas más, redondeadas con dos anillos y una final, fueron perdiendo posiciones en la tabla de equipos con más lanzamientos de tres puntos, siendo quintos en la 16-17 y decimocuartos en la 17-18 manteniendo, eso sí, los promedios en cifras próximas a 30 mientras la fiebre recorría los despachos y los banquillos de la NBA. Mi teoría sería: La NBA copió un modelo, y lo adornó con sofisticados argumentos matemáticos para generalizarlo, pero si hubiera que poner un número, sin haber hecho la correlación, estaría más próximo a los 30 que a los 40 triples, Morey debería saberlo.

Luego mi teoría sería la siguiente: Klay Thompson, Stephen Curry con sus superiores condiciones para el tiro exterior, Larry Riley (y todos los GM que permitieron que jugaran juntos optando por otros perfiles en base a prejuicios tan variopintos como el endeble físico de Steve o el jugueteo de Klay con las drogas), y Steve Kerr cambiaron el juego. Los matemáticos llegaron después, como Stanley a la orilla del Lago Tanganica, para descubrirlo.



En fin, esta es solo otra teoría, una teoría que descarta todo aquello que la rechaza, que escoge todo aquello que la confirma, que dice más del autor que de baloncesto y que será tan útil como todas las demás si te la crees y te permite no titubear durante la batalla, la batalla dialéctica, me refiero, que es la única que se está librando hoy en día, mientras los pabellones esperan desiertos a que alguien vaya a ocuparlos, con  estas teorías o con otras. Y tampoco les importa si el porcentaje de especies extinguidas asciende en unas centésimas próximamente. Seamos humildes, tíos, como Kerr, Lue y… Joder, sí, Nick Nurse.

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Diario de un encierro. Día XXV





Veinticinco días, un cuarto de siglo

Ha llegado el momento de volver a jugar. Dejaré que pasen un par de horas, miraré a ambos lados de la calle para asegurarme de que no hay policías y caminaré bajo las cornisas de los edificios hasta la pista del viejo descampado, ahora un parque con ínfulas de jardín botánico. Será tan tarde que el eco de los rebotes del balón contra el suelo, el aro o el tablero, serán interpretados por los vecinos como aspectos psicodélicos de un mal sueño. Uno puede plantearse aprovechar la cuarentena para pasar droga, irse a la residencia de la playa o abrir un local clandestino donde verter la frustración y consumir la vida, pero, ¿quién se pondría a jugar al baloncesto a las dos de la madrugada?

Ha llegado el momento, ya son muchos años. Uno empieza a entrenar como de broma, coge a su primer equipo porque alguien pensó que lo haría bien, o para cubrir una necesidad puntual de un club o colegio. O, como en mi caso, para evangelizar en el baloncesto a unos muchachos excelentes que jugaban bien al fútbol pero podían hacerlo mucho mejor, y divertirse más, si se cambiaban de deporte. Y así, como de broma, van pasando los años, y los triples, las asistencias, esos rebotes que le robabas a los grandes palmeando el balón y atajándolo en dos tiempos, esos piques,… todo va cayendo en el olvido.

Han pasado casi quince años desde que nos tomáramos la foto que ha aparecido hoy en la mesilla de noche. En mi caso la cuarentena ha supuesto volver a casa, saludar a los viejos muñecos y ordenar los recuerdos de la habitación. No estamos todos, faltan algunos, también el chico de catorce años que quería ser Paul Pierce y Raúl López. Antes de que lo pregunten, mi rey favorito era Gaspar y cuando me hice del Madrid por mi hermano había un anuncio que, en fin, han caído siete desde entonces.

Supongo que este tiempo de reciclaje, de fiebre formativa, videoconferencias sobre lo humano y lo divino, debería ser también un tiempo para echarle un pulso a nuestra propia vocación y comprobar su fortaleza. Encerrados en nuestros domicilios, podemos explorar en qué medida echamos de menos bajar a la cancha, situarnos al lado de nuestros jugadores y prepararlos y formarlos para ser competitivos el día de partido, esa y no otra es la naturaleza íntima del deporte, al menos en los niveles profesionales o semiprofesionales donde se trata de ganar el último partido, como bien insiste Billy Beane, gerente de los Oakland Athletics, o al menos su alter ego de la película Moneyball.



Tengo la teoría de que solo las personalidades obsesivas pueden llegar a ser excelentes en sus respectivas profesiones. De ahí que me pregunte a menudo por mis propios límites en un oficio como este, más aún si me comparo con algunos compañeros, con la energía y el entusiasmo con los que abordan el análisis, la descripción, los detalles,… Creo, me pasa con todo, que soy demasiado consciente de todo lo que ocurre alrededor de lo que hacemos, de que no soy capaz de autoengañarme sin ayuda de dopamina sintética, prozac o como quieran llamarlo.

Me gusta el baloncesto, me gusta hablar con los jugadores, asistir en primera persona a su mejoría, participando, si es posible, en ella. Me gusta el aspecto psicológico, su inevitable analogía con la vida misma, la incertidumbre de esa bola que gira en torno al aro y hará bueno, o pésimo, el argumento de la obra. Me gusta, sí, pero me gustaba más tratar de imitar a Raül López, como me gustaba más aquel chico de catorce años que ocupaba este cuarto que ahora abandono a hurtadillas para bajar al parque.



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Diario de un encierro. Día XXIV




¿Pero cómo de amigos?

Comenta Nassim Taleb, autor de Cisne negro, libro cuya lectura me acompaña en estos días, que en el caso de las profesiones artísticas o de gratificaciones diferidas en el tiempo, conviene formar pequeñas sociedades o grupos con los que compartir esos minúsculos (e invisibles para el mundo) avances en una investigación, en una novela, en la composición de un próximo disco, un disco que el perfeccionismo del autor no le permitirá dar por terminado hasta 2022, cuando la hipoteca se haya convertido en una soga y su matrimonio esté a punto de romperse. Ya lo dijo Tolstoi: todas las familias felices se parecen, pero las infelices lo son cada una a su manera.



La espera del suceso altamente improbable que cambiará la vida de un entrenador es una espera activa, claro, salpicada de avances y retrocesos, de necesaria autocrítica, a veces exagerada, por ego más que otra cosa: "cómo pudo fallar ese tiro abierto, si lo había metido las 30 veces que lo había entrenado durante la semana en circunstancias parecidas al partido. No, no lo suficiente. No, no las suficientes". "Alto, para ya, tío. ¿Lo viste? Un mayor porcentaje de humedad en esa zona de la atmósfera del pabellón desvío en dos segundos de arco su trayectoria". Este es el tipo de mensaje que necesita un entrenador tras tres copas la noche después de un partido.

Vaya, que necesitamos amigos. Para celebrar los fracasos, que nos harán mejores, y para acompañarnos en la victoria, consolándonos tras caer en la autocomplacencia con la que el héroe anuncia a sus enemigos que en la próxima batalla irá marcando paquete, enseñando sus medallas e infinitamente menos preparado que a la anterior. No me hagan mucho caso, pero tengan amigos, sí, porque es duro explicar en casa esa tarea de tres canchas y media con un inicio en “corner pick and roll” y tres situaciones de transición del otro equipo alternando defensas si vienes de perder tres partidos seguidos, el vestuario parece Troya y te visita el líder de la competición el domingo.

En el baloncesto, al igual que en otros deportes, el período en el que se evalúan los procesos suele ser demasiado corto, insuficiente para ser efectivo. Esto conduce a un estrés que amputa parte de nuestras capacidades, lo que se une a ese “pensar mal en el pasado” que también menciona Taleb en este magnífico libro. Cuántas veces nos hemos hecho la ridícula pregunta de “qué hubiera pasado si (o si no)”.

¿Y sabéis qué? Por falta de amigos o por lo que sea, este exceso de estrés, esta angustia con la que se perciben las idas y venidas de este azar categorizado, deriva en un exceso de evaluación, en que nuestros jugadores, en vez de ser incentivados con un sistema de recompensas mantenidas en el tiempo, se encuentran escrutados por esa figura polivalente, que podría ejercer un liderazgo paternal pero que, sin embargo, opta, para su supervivencia, por un liderazgo de tipo empresarial, con evaluaciones de nuevo muy apresuradas.

Y cuando uno se siente evaluado complace, pero no gana, se adapta y busca beneficios a corto plazo. O gana, claro, si el sistema de evaluación es mejor que el de los demás, porque este es solo un eslabón más de aquellos en los que el baloncesto ha optado por la vía de la uniformización, y no la del cuestionamiento. Entre otras cosas porque no hay tiempo para replantearse nada y, ahora que lo tenemos, nos lo pasamos confirmando nuestras sospechas entre rivales, y, eso sí, afortunadamente amigos.



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Diario de un encierro. Día XXIII





Contra el uso del pasado para explicar el futuro (cuando es el futuro el que explica el pasado)

Personalmente, disfruto mucho con la nueva ola de pedagogía alrededor del baloncesto, tengo un cuaderno de notas junto al ordenador que va engordando a medida que lo hace también la cuarentena, la mejor cura de humildad, por cierto, para científicos, estadísticos y Nostradamus de sombrero de pico o tarot, en la medida en que una pandemia nos pilló desprevenidos, asintiendo ante todas las certezas que repetíamos allá por febrero el taxista, el entrenador, el periodista de apellido famoso y, lo que es más preocupante, también el ministro: es poco más que una gripe.

Me preocupa, en cambio, que no pasemos de la charlatanería académica, que nos quedemos en un debate sobre el debate acerca del debate y que empecemos a manejar la infumable jerga de, por ejemplo, los teóricos del lenguaje o los repipis estudiantes de arte, cayendo en la irrelevancia, no ya para el mundo en general, sino también para el resto de actores que intervienen en un partido de baloncesto llámense patrocinadores, aficionados o, qué sé yo, jugadores.

Por otro lado, me agarro a quienes defienden la impredecibilidad del futuro y reconocen que la historia, a pesar de los pesares, marcha siempre hacia adelante y es más confusa que los hechos que luego tratarán de explicarla, relatarla, y que son, curiosamente, los que mediatizarán nuestra conducta futura, a buen seguro radicalizándola, haciéndonos elegir entre dogmas que se parecen en todo menos en lo anecdótico: quién debe morir.



Aceptémoslo, los entrenadores nos engañamos contándonos y leyendo historias, sobrevalorando lo observado y conocido y generalizando acerca de lo no visto o contemplado. Nos contagiamos de las modas que aprueban y reconocen los méritos de determinada escuela, nos sumamos, para combatir la soledad, a quienes la mayoría adopta como nuevos y verdaderos profetas del éxito deportivo.

Entiendo que los apostantes, más aún las casas de apuestas, nos bombardeen con los resultados de modelos probabilísticos que a buen seguro han contemplado miles de escenarios, millones de factores y variables, combinados de las formas más variopintas posibles para decir que los Celtics tienen un 53% de ganar el partido frente al 47% de los Pacers. Acepto, ya lo he comentado en alguna ocasión, el deber de formarme en la interpretación de los datos que nos aporta la estadística avanzada o el Analytics. De lo contrario partiría en desventaja.

Pero me jode, sí, no hay otra palabra. Porque todos colaboramos en esta predecibilidad de los partidos actuando conforme a los patrones, tomando, en lo que parece un acto de pura lógica, los tiros que nos auguran un mejor porcentaje. Cooperamos activamente en la uniformización del baloncesto, en su degradación, a mí me lo parece, de arte a ciencia, aunque la venganza se suele servir en plato frío. De esta manera, con este pacto tácito de no agresión entre entrenadores -- “tú predecible, yo aún más predecible, no problema, mi amigo”—hacemos buenos los modelos y fosilizamos la idea de que el baloncesto puede ser explicado bajo parámetros estadísticos normales, en torno a la media, la mediana y su p…progresión lógica. 

Sinceramente, me gusta poco operar a raíz de lo pasado. Doblo con esperanza cada esquina no achaflanada, aunque nunca haya pasado por allí Scarlett Johansson, e intento corregir visualizando la próxima acción, aunque muchas veces haya sancionado la previa en base a mi formación judeocristiana de búsqueda y hallazgo de culpables. No creo demasiado en el scouting propio basado en el partido anterior, tampoco en las tendencias, aunque sí en los estados de ánimo. Me gusta más operar con un cuadro como modelo y valorar cómo de lejos estamos de él. Sentarme con los jugadores a ver el cuadro juntos, a comprobar si compartimos, aunque sea por contagio, el poder de mi oratoria o mi carisma, el mismo gusto pictórico.

Me gusta el contraataque, que es la acción que menos se ajusta a los modelos y a los esquemas, quizá solo por esto, no sé de qué sesgo se trata. Y acepto que no tengo ni idea de lo que va a pasar. Ah, sí, y que lo impredecible suele vencer a lo predecible, aunque eso quizá también lo sepan los modelos. Sobre todo los que mañana explicarán el porqué de nuestro despido o nuestro éxito.



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Diario de un encierro. Día XXII





Mi modelo de liderazgo. 

En la educación sentimental de los individuos, más que los sucesos de la edad adolescente, iconográfica y sobreactuada por definición, influyen las señales recibidas de forma intermitente e indiscriminada durante la niñez. Esa suma de colores, lenguaje de adultos, nombres inventados, presunciones francamente fantasiosas; todos esos códigos indescifrables terminarán definiéndonos del modo más sigiloso posible: confundiendo la esencia con su interpretación y asumiendo esta última como un todo inseparable de nuestro yo más íntimo.

Entre esas señales, una de las más confesables es el asombro que me producía ver pedalear a Miguel Indurain por las cumbres alpinas, pirenaicas, dolomíticas; por las calles de Bergerac o Luxemburgo. Nada nos congregó de forma más ordinaria y regular frente al televisor que sentarnos a ver ganar a Miguel las tres primeras semanas de julio.  A verlo ganar y a hacerlo de ese modo tan particular, objetivamente feo pero francamente hermoso.

¿O no era bello acaso verlo bajar el Tourmalet para iniciar fugas históricas o abortar otras que intentaban serlo? ¿O doblar corredores sin amagar siquiera cogerles la rueda para aprovecharse de la ventaja aerodinámica? ¿O situarse una y otra vez, sentado en la bicicleta, junto a Bugno, Ugrumov, Zulle, Chiapucci anulando sin alardes la penúltima actitud díscola de un pelotón del que se granjeó el respeto a base de una magnanimidad cesárea, sin precedentes ni secuelas?



Lo comeré cuando llegue, no hay problema, le decía a su mecánico, nervioso por la lentitud con la que servían la pasta en el buffet del hotel. Tenemos que cogerlo igual, no te preocupes, le comentaba a su archirrival, Manolo Saiz, ante el retraso del TGV que los conduciría hasta parís. Todas estas citas están contenidas en el libro de Alasdair Fotheringham, un recorrido bastante descriptivo y sin alardes por una carrera construida a partir del sufrimiento, el cálculo de las energías basado en las sensaciones y la prudencia, la templanza y la normalidad del hombre de campo.

La culpa la tuvo el viento. Así empieza Indurain, una pasión templada, de Javier García Sánchez, periodista que siguió a pie de obra aquellas hazañas sin sangre, sudor ni lágrimas, aunque estas se acumularan a su final, por las cuestas de Larrau, las calles de Villava o el ascenso del Fito en un epílogo muy mejorable, entre otras cosas por el codicioso comportamiento de sus mentores, Eusebio Unzué y José Miguel Echávarri.



Todo lo anterior para hablar de cómo esta coincidencia temporal, este crecer a la sombra de Miguel, ha influido en mi concepción del liderazgo. Una concepción que hereda del ciclismo sin pinganillos y pretecnológico la humildad de quien se sabe en un coche a cien o doscientos metros de la acción y entiende que esto, como aquello, es cosa de los jugadores, y que más vale tener un líder, aunque ejerza el liderazgo de esa forma hermética en que lo hacía Indurain.

Está bien, saldremos cuando sea posible, les debe estar diciendo Miguel a sus íntimos, a ese pequeño círculo que cuida y guarda con delicado celo, ahora que sabemos que la cuarentena se extenderá al menos hasta el día 26. Solo se me ocurre una figura así en la historia reciente del baloncesto, un liderazgo tan eficaz y silencioso, un estoicismo tan ajeno a los focos y los titulares, un carácter templado, medido y, definitivamente, por todo ello, ganador. Se llama Tim Duncan. Normal que el Echávarri de los Spurs viajara hasta las Islas Vírgenes para reclutarlo. 

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Diario de un encierro. Día XXI






Anatomía de un equipo de baloncesto. 


Me cuenta un joven ámigo residente que lo más difícil de gestionar en estos días de cuarentena son los egos de los diferentes especialistas que están atendiendo la crisis sanitaria en los distintos hospitales. Muchos cuestionan el trabajo de los otros, criticando la falta de previsión. Otros dudan de los que toman decisiones, considerándose más capacitado que ellos. Cuando falla el protocolo se abre un abismo a resolver en base a jerarquías más o menos definidas. Y yo, mientras, pensaba en un equipo de baloncesto.

La estadística avanzada y el Analytics parecen premiar dos cuestiones que parecen contradictorias pero que no lo son. Por un lado, la versatilidad parece un valor en alza, así son los jugadores más dominantes de la actualidad: Lebron James, Giannis, Zion Williamson, hasta Luka Doncic podría entrar en esta definición. Por otro, los que no son hijos de dioses, deben asegurarse su puesto por la vía de la hiperespecialización.

Si mides 1,80 y no tienes la calidad de Kyrie Irving, tendrás que meterte en la mente de tus oponentes, jugar al límite del reglamento y anotar los tiros abiertos. Si mides 1,90 debes poder jugar todos los pick and roll posibles y ser buenísimo, en general, en la labor anotadora, siendo muy fiable en los tiros abiertos. Con 2 metros te puedes apañar si puedes defender del 1 al 4 (al 5 en caso de small ball), metes los tiros abiertos y juegas sin balón. Los 2,10 ya no aseguran nada si no puedes intimidar penetraciones, aceptar cambios en los últimos segundos y anotar un porcentaje decente de triples.

Sabiendo esto, recorramos el camino a la inversa. Conocidas las necesidades del hospital, esto es del equipo, como hipotéticos directores de cantera o entrenadores en alguno de los mejores centros de formación del país, escuelas donde los jugadores y sus familias acuden con expectativas razonables de prosperar, ¿cambiaríamos algo los modelos de entrenamiento? ¿Filtraríamos antes quién puede llegar a ser un sucedáneo de Doncic y quién debe conformarse con ser Dellavedova? ¿Quién el jugador total y quién el cortador por esquina, obligado a tomar los tiros abiertos que tiene que tomar?

No estoy seguro, la verdad, reclamo vuestra ayuda. No sé si nuestro modelo especializa demasiado pronto o, si por el contrario, depositamos demasiadas esperanzas en gente a la que arruinamos la vida ocultando sus virtudes y poniéndolos ante el espejo de sus defectos. Tampoco tengo claro en si nos enamoramos demasiado de los pequeños habilidosos y le quitamos muchas horas de balón, protagonismo y errores, sobre todo errores, al que tiene las cualidades morfométricas.

Y de vuelta a los equipos semiprofesionales y profesionales, ¿cómo de especializada/jerarquizada os gustaría que fuera vuestra plantilla? Phil Jackson, en una de sus experiencias en la CBA planteó un modelo casi comunista de igualdad salarial. Los expertos en preparación física alaban alargar la rotación, lo que, en definitiva, lleva a repartos de protagonismo bastante solidarios. Y, sin embargo, también parece necesario un cierto liderazgo, un cierto reparto de funciones, no sé hasta qué punto una definición clara de roles, especialmente en los momentos críticos, cuando el jefe de servicio o entrenador se siente superado por la cantidad de derivadas que tiene que barajar y todo depende, en definitiva, de lo que esos cinco especialistas, el cirujano, el internista, el cardiólogo, el neurólogo y el residente decidan por acción, omisión y aceptación.



UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Diario de un encierro. Día XX






"Ha llegado el profesor de baloncesto"


Desde mi cómodo encierro hogareño, al que le sigue faltando el tacto de personas especiales, la conversación inteligente, y sin pantalla por medio, con otras a las que también admiro, y la reconfortante soledad de mis cafeterías oficina, con sus seres anónimos y llenos de secretos, al menos para mí, hoy me he acordado de los chicos y chicas de la residencia infantil y del centro de menores en los que colaboro como “profesor de baloncesto”, ese nombre con el que alerta de mi presencia el guardia de seguridad de uno de ellos, y que, a pesar de gustarme, tan vagamente se ajusta al verdadero perfil de quien les escribe.

(No busquen la conexión entre párrafos, quizá no la haya). Esta tarde he estado siguiendo a unos cuantos amigos charlar sobre minibasket, abarcando un amplio abanico de materias alrededor de su enseñanza. El seguimiento ha sido relativamente masivo, mayor de lo esperado, en cualquier caso, y el debate ha sido interesante. Yo me reconozco lego en la materia, entre otras cosas porque nunca he sabido expresarme en el lenguaje de los niños, o porque mi inteligencia es básicamente verbal, mucho más apta para convencer a quienes ya han formalizado la lógica del español y entienden las nociones abstractas de mis discursos y arengas. Yo sí creo, como sugirió Rafa Gil en el debate, que faltan entrenadores/profesores de minibasket, pero no creo, como se solía decir, que estos deban ser los que más saben de baloncesto. ¿El del senior al mini? En mi opinión no.

Es más, les diré lo siguiente. Creo que al hacer jugar a chicos tan pequeños a un deporte tan normado les cerramos en exceso el campo de posibilidades. Hacer convivir a diez niños y/o niñas en el 26x14 que suelen medir muchas pistas de minibasket, o en el 24x13 o inferior en el que los hacinamos a menudo, requiere de la intervención de un adulto, claro, por poco hay que llamar a las fuerzas de seguridad. Estoy casi convencido de que el nivel perceptivo de un niño que maneja un balón, incluso de un niño que juega sin balón, no va más allá del tercer nivel de lectura, siendo el primero su posición en el conjunto del campo y en relación con la canasta, el segundo su relación directa con el defensor y el tercero su relación directa con el compañero, y su defensor, más cercanos. Ojo, esto pasa también en senior. ¿Cuántos pases a la puerta atrás o a la continuación son interceptados porque no se ha llegado a reconocer la intervención de un tercer jugador?




También es necesario un adulto para que entiendan y compartan los objetivos del equipo: meter más canastas que el contrario. Incluso parece obligatorio que todos entiendan conceptos como línea de aro, línea de pase, ayuda, finta, cuestiones que un niño suficientemente estimulado por el juego podría comprender naturalmente si de verdad siente la necesidad de robar el balón y depositarlo en el aro: a estos los llamamos niños precoces. Entrenando colectivamente, porque parece inviable dar verdaderamente a cada uno lo suyo, equilibramos motivaciones y compensamos energías. Y claro, nos pasa como en la escuela, que el ritmo lo marca el individuo que estadísticamente se sitúa en la mediana, en la cúspide de la campana de Gauss.

Por eso creo que, sin desdeñar las experiencias que pueda añadir el minibasket al currículo formativo de una persona, es necesario combinar esta participación con su presencia en un deporte individual y, no sé por qué, me gusta el tenis por los desplazamientos y la coordinación óculo manual que exige, por su constante toma de decisiones (con toda la carga atencional y perceptiva que esta demanda) y por la necesidad que tiene el jugador de autorregular sentimientos de euforia o frustración, así como de comprender la globalidad del partido, su vertiente estratégica, hecho que, inopinadamente, en el baloncesto asumimos los entrenadores. Cuántas veces echamos de menos esa “lectura de partido” entre jugadores profesionales de baloncesto, cuántas esa capacidad para empezar mal un partido y terminarlo bien. Cuántas nos lamentamos por los déficit de atención. 



En fin, sé que esta reflexión no va a ninguna parte. Ni siquiera tiene un propósito concreto porque la tesis es, en sí misma, ambigua. Sirva de algo, si acaso, si nos hace más conscientes de lo que hacemos y nos invita a reflexionar sobre el valor de cada palabra y cada gesto, de cada segundo de entrenamiento. Sobre todo a los verdaderos profesores de baloncesto, de minibasket, a los que tanto admiro.

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS