Se acaba el partido. Dirk Nowitzki derrama lágrimas en la soledad del banquillo tras comprobar que todas las horas de entrenamiento cobraban finalmente sentido. Jason Kidd repasa mentalmente en la cancha, sí, pero aislado del mundo, toda su carrera deportiva. Es el único momento en que los jugadores de Dallas se mueven por separado. Hasta entonces, durante los ochenta y dos partidos de liga regular y los veintidós de playoffs demostraron ser el mejor equipo gracias a una actuación coral de todos los jugadores, técnicos, directiva, empleados y propietario.
Fortaleza mental, diferentes recursos tácticos en defensa, rotaciones largas, confianza en todos los jugadores. Entrenador de escuela céltica. Sabor a college. Olor a habitación de hermandad.
Dos bases sobre la cancha, "small ball", zonas, el sexto hombre como as en la manga, cambios defensivos, jugadas para lanzamiento exterior, dominio del bloqueo directo, triple poste para que Marion juegue al poste bajo. Arsenal táctico.
Suma de experiencia y deseo. Derrotas dolorosas que contribuyen a entrenar más duro y a querer ganar con más fuerza. Apuestas en contra. Puede que pierdan contra Blazers. Los Lakers les barren. Cuidado con Oklahoma. El Big Three es demasiado, gana Miami.
Nombres propios. Y es que incluso dentro de los mejores equipos universitarios de la historia se reconocen figuras especiales: Lew Alcindor (kareem) y Bill Walton en los equipos de UCLA de finales de los 60 y principios de los 70, Magic Johnson en Michigan State 1979, James Worthy y Michael Jordan en la North Carolina de 1982. Nowitzki decidió un par de partidos sobre la bocina, Terry dinamitó los dos últimos partidos. Pero ellos bien lo saben, es labor de equipo, de todos y cada uno. De defensa más que de ataque.
Quién podría olvidar a Barea y su juego de época, a Stevenson y su efectividad desde el triple, el saber hacer de Kidd en ataque y defensa, el juego por toda la cancha de Marion, la intensidad de Cardinal, los buenos minutos de Mahini con un Haywood lesionado, la intimidación, rebote y lucha de Chandler, la amenaza que supone para la defensa rival la presencia de Stojakovic o la pasión que seguro que pone en los entrenamientos Corey Brewer. Todo ello con un Caron Butler lesionado que sólo podría haber sumado en caso de haber estado disponible. Y hay que destacar el apoyo incondicional de un Marc Cuban que encarna lo mejor (también lo peor pero hoy no es el momento) de la esencia tejana. En cuanto a Rick Carslile, ya le dedicaré un post.
Lo repito. Ganó el baloncesto en su versión más pura y virginal. Venció el olor a toallas sudadas colgadas de las espalderas del gimnasio, la confianza incondicional en el compañero, la renuncia sobre el ego. El trabajo callado.
UN ABRAZO Y FELICIDADES A DALLAS MAVERICKS, JUSTO VENCEDOR DE LA NBA

