El 24 de enero de 1848 James W Marshall descubrió oro en un yacimiento de California. Poco a poco la noticia fue llegando al resto del país y, en 1849, trescientos mil buscadores de oro viajaron al lejano oeste para hacerse ricos convirtiendo el pequeño asentamiento de San Francisco en la gran ciudad que hoy conocemos.
Y pensaréis “a qué viene todo esto”. Pues es muy sencillo. En el mundial de Turquía sólo un equipo ha perseguido el oro con la misma fe que lo hicieron aquéllos. Sólo un equipo presentó un caudal suficiente de trabajo y talento para optar al título y, al igual que en aquel 1849, los buscadores volvieron a ser americanos.
Se puede ser defensor del baloncesto FIBA, de los sistemas, de las defensas zonales, del pase extra y, aun así, admitir que Estados Unidos fue la mejor selección del mundial de Turquía.
Defendió con tal agresividad que sus rivales atacaban a 10 metros y de espaldas al aro, como aquel equipo de categoría cadete, tan inferior a su oponente, que bastante tiene con proteger el balón y pedir socorro.
Con el esquema habitual de todo equipo NBA, construido en torno a una estrella indiscutible, pero con la peculiaridad de no tener pívots puros Estados Unidos desarrolló un juego basado en la habilidad uno contra uno de sus jugadores y en una intensidad que ningún equipo pudo igualar.
No soy partidario de realizar cambios automáticos en defensa provocando situaciones de missmatch tan claras como permitían los norteamericanos. Sin embargo, los Westbrook, Gordon o Rose se bastaron para defender a las torres turcas. ¿Cómo? Siendo rápidos de manos, intensos de pies y creyendo en sus posibilidades. Anoche el small ball (cuatro o incluso cinco jugadores “pequeños) se impuso al “triple post” (tres jugadores grandes) eliminando muchos mitos sobre la altura y el baloncesto.
Qué decir de Kevin Durant, más que merecido MVP del mundial. Con 22 años y todo un futuro por delante aún es pronto para determinar su destino. Eso sí, yo no me lo quiero perder.
No quiero olvidarme, tampoco, de la gran actuación arbitral de Juan Carlos Arteaga que puso orden durante un caliente primer cuarto y que no consintió que Lamonica diera otro recital en favor de los Estados Unidos. Por cierto, ¿qué se pretendía con la elección del italiano? ¿que a todos los españoles se nos hinchara la vena del cuello recordando el atraco de Beijing?
Se acabó el mundial y llega, dicen, la hora de hacer balance. España tiene trabajo. Hay jugadores para quedar por encima del sexto puesto, eso parece claro, pero en competiciones tan igualadas no se pueden permitir tantos fallos de concentración. España ha de construir su proyecto a corto plazo desde la defensa. Si hay que sacrificar la dupla Navarro-Rudy habrá que hacerlo. A intercambiar canastas te puede ganar cualquiera con talento. Pero si tu zona es un fortín, dominas el rebote y gracias a ello marcas el ritmo del partido, una selección de nuestro nivel no debería tener problemas para reeditar final olímpica.
El objetivo es posible y depende de nosotros. Lo que aún no está claro es quién será el guía en nuestra particular London Gold Rush. Yo no apuesto por Scariolo.
UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

