Reflexiones en voz baja




Pau Gasol no va al All Star. Los técnicos de la NBA no saben cómo pararlo y aún así lo relegan a un segundo plano. Paseando anota veinte puntos y coge más de diez rebotes todas las noches. De espaldas a canasta no hay otro jugador como él. Desde el poste medio nadie comparte la bola con tanto gusto. Y sin embargo, los técnicos piensan que Bosh y Millsap se merecen más que él esta elección. Pero bueno, como intuyo que a Pau le da bastante igual acumular méritos de tan dudosa factura, no voy a indignarme por esta vez.

El jueves hubo un Djokovic-Federer. Me he enterado hoy. El serbio, que ahora mismo está jugando a un nivel de tenis desconocido hasta la fecha, se enfrentó al mayor esteta de la historia del deporte y me he enterado hoy. Mientras tanto, siguiendo la misma rutina de siempre, me he percatado, sin pretenderlo, de que se estaba jugando la Copa del Rey de fútbol y de que aún no tenemos gobierno en España. Joder, el jueves se jugó un Djokovic-Federer y me he enterado hoy.

El jueves pasado hubo un Real Madrid-Barcelona de Euroliga, es decir, de Copa de Europa de baloncesto. Tranquilos, me enteré ese jueves, aunque de casualidad. Es cierto que el calendario, que hace que se repita tan a menudo el enfrentamiento, le quita, por exceso de uso, valor a la rivalidad, pero de no haber sido porque se decidió en un “buzzer beater” espectacular de Justin Doellman, a duras penas hubiera cosechado veinte segundos de televisión mayoritaria. Mayoritariamente estúpida, digo.

Popovich se equivoca. No hay mayor pureza en su juego con dos interiores que en el polimorfismo cubista que plantean los Warriors. En la búsqueda del buen tiro, objetivo de todo ataque, toda estrategia es válida. Si Parker no la mete desde ocho metros, entiendo que los Spurs no planteen ese tipo de juego. La cosa es que Curry anda cerca del cincuenta por ciento en esas distancias. Lo cierto es que Green, un cuatro, puede subir la bola a alta velocidad y equivocándose muy pocas veces. Lo cierto es que la línea de triple lleva treinta y cinco años pintada en las canchas NBA y nadie, en estas tres décadas y media había utilizado esta arma con la eficacia y el esplendor de los Warriors. Aunque a Popovich le resulte excesivo y no le guste el circo.

Muchos amigos que ya peinan canas temen que el récord de setenta y dos victorias de los Bulls pueda caer este año. Se aferran al calendario, a que los Warriors aún tienen tres partidos pendientes contra los Spurs y otros tantos frente a los Thunder, pero por si acaso, en sus ratos libres, preparan un argumentario rancio basado en el nivel actual de la liga. Ya saben, “los de ahora no son como los de antes”. Para ellos, por el hecho de ser adolescentes en aquella época, el páramo en que se sumergió la liga durante la década de los 90 fue un jardín floreciente. Para ellos, por hallarse próximos a los cuarenta ahora, lo que hacen los Warriors es pachanguear; un juego de críos. Lo que de verdad siento es que la nostalgia les impida disfrutar de este aluvión de buen juego que, de prolongarse en el tiempo, la historia se encargará de poner en contexto. 



UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS.

Lost in translation





Aunque la facultad comunicativa es inherente al ser humano, su sistematización tuvo que esperar al siglo IV a.C. Fue entonces cuando Aristóteles se embarcó en una más de sus múltiples tareas titánicas creando lo que hoy conocemos como Retórica o arte de la persuasión. El sabio griego afirmaba que en la búsqueda de la fidelidad de la comunicación, es decir, en el intento por conseguir que nuestro mensaje influya a nuestro receptor del modo deseado, es importante no solo el mensaje en sí mismo, sino también la relación entre la fuente del mismo y su receptor. De esta forma, incidía en las características propias del emisor valorando especialmente sus habilidades comunicativas (dominio del lenguaje, habilidad verbal para hablar, capacidad adecuada para pensar y reflexionar), su actitud (autoconfianza y congruencia), su conocimiento respecto al tema del mensaje y al propio proceso de comunicación y, por último, su estatus socio-cultural, pues este va a condicionar su rol en el acto comunicativo al suscitar en el receptor diferentes expectativas.

Ahora bien, la retórica no es suficiente y por ello debe echar mano de su correlato más práctico, la oratoria, el arte de hablar con elocuencia. En palabras de Cicerón, el perfecto orador habría de poseer disposición natural, cultura profunda y conocimientos de la técnica del discurso. En un nivel más cercano a la puesta en escena habla de la necesidad de aunar invención (búsqueda de argumentos adecuados), disposición (ordenación de los argumentos), elocución (hallazgo de las palabras convenientes), memoria y acción (todo lo relacionado con el aspecto físico y el lenguaje corporal).

Lógicamente, tanto Aristóteles como Cicerón, se referían la comunicación como un acto esencialmente protocolario, pautado, guiado por reglas que regulan los turnos de palabra y los tiempos. Pensaban en un orador erigido en un púlpito sobre el que se centra toda la atención del auditorio. Nada que ver con el acto de comunicación al que se enfrenta el entrenador de baloncesto, especialmente en cantera. Este, aunque avalado por un currículum de dimensiones bíblicas o por un Premio Nobel de literatura, ha de ganarse cada día la atención de sus interlocutores echando mano de las habilidades personales que mencionaba Aristóteles y de las estrategias discursivas citadas por Cicerón, pero también de una capacidad de empatía que va más allá de todos estos talentos innatos o aprendidos, que es casi un saber esotérico concedido a unos pocos por una suerte de gracia divina. Quizá sea lo que el orador latino definía como “disposición natural”.



Sin embargo, no querría que este post sirviera solamente como constatación de la existencia de un don para la comunicación que a muy pocos nos ha sido concedido de manera graciosa. Quería más bien, tras este largo preámbulo y dado que mi posición es la de la mayoría, reunir una serie de consejos para articular un buen discurso con el que llegar a los jugadores y conseguir, de esta manera, la eficacia del mensaje. Estas son, para mí, después de echar mano de varias lecturas sobre el tema, las claves del acto de comunicación en un equipo de baloncesto.

1. El conocimiento y asimilación del contenido del mensaje. No basta con saber qué se quiere transmitir, sino que es necesario que este saber esté integrado dentro del corpus del entrenador de modo natural. Es decir, no basta con haber estudiado el día antes, sino que habrán sido necesarias largas horas de reflexión y, mejor que mejor, otras tantas de puesta en práctica.

2. La estructuración del contenido del mensaje. Me remito a lo que Cicerón llamaba disposición, es decir, a la ordenación lógica de los argumentos. Ahora bien, la clave está en la palabra “lógica”. Si nuestro discurso es básicamente didáctico, la lógica tendrá que ver con la secuencialización de los contenidos o la jerarquización de los objetivos de un ejercicio o enseñanza. Si nuestro discurso es motivador, igualmente habremos de ordenar los puntos a tratar distinguiendo entre lo fundamental y lo accesorio.

3. La elocuencia, efectivamente, es clave. Ahora bien, encontrar las palabras adecuadas para persuadir es una labor camaleónica pues hay tantas como contextos. No serán las mismas con un grupo senior de Málaga, que con un infantil de Tokio. Estas palabras, además, han de ir bien aliñadas por el lenguaje corporal. Si queremos transmitir seguridad, más vale que la aparentemos.

4. Conocer al receptor. Y este conocimiento no solo lo da el paso del tiempo, sino fundamentalmente la capacidad para escuchar, la suma o, mejor dicho, la multiplicación de aprendizajes fruto de las diferentes conversaciones mantenidas de modo particular con cada uno de los miembros del equipo. Conocer la psicología, los miedos y ambiciones del otro es esencial. También cuando el otro es un ser colectivo o grupo.

5. Valor ejemplarizante. Significar algo para tus jugadores. Solo de esta manera tu palabra adquirirá un sentido superior al de las propias palabras. Solo de esta manera, el verbo se hará carne, emoción. Solo así conseguiremos transmitir. Por suerte, este valor no depende de atributos traídos desde la cuna, sino del trabajo duro, de la honestidad y el compromiso de sinceridad que establecemos con los jugadores. Y esto, aunque complicado, está al alcance de cualquiera.

En esta sociedad que ha confundido la multiplicidad de portavoces, altavoces y mensajes con la verdadera comunicación, se hace necesario reflexionar sobre el modo de transmisión, sobre el canal y también sobre los códigos. En este mundo se hace más necesario que nunca recuperar el valor de la emoción y el sentimiento para no caer en esa estampa del brutal y genial cuadro de Edward Hopper (arriba) o en esta otra de la película Her: en ese aislamiento deshumanizador.




UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Las diez claves para



"La gente quiere victorias rápidas. No saben lo que cuesta crear y construir". 

(Gregg Popovich)

¿Por qué tantos artículos, entradas de blog o libros de papel comienzan sus títulos de la misma manera que yo lo he hecho? ¿Por qué anuncian un número concreto? ¿Por qué se sirven de la palabra “clave”, elemento básico, fundamental o decisivo de algo? ¿Por qué los perseguimos con avidez, los leemos con deleite e incluso tomamos nota de su contenido? ¿Por qué los compartimos en las redes sociales? ¿Tal vez porque en el pasado experimentamos al menos una de esas diez “claves” y no nos fue mal del todo poniéndola en práctica? ¿Tal vez porque algún amigo nos recomendó leer a un determinado autor y ello nos permite dotar a sus palabras de una probada ciencia? ¿Cuántos amigos deben recomendar un artículo para que esta suspensión de la capacidad de juicio crítico acontezca? ¿Basta con un amigo si admitimos previamente que este es una voz autorizada en la materia?

Nos pasa a los entrenadores. Para creer a uno de los nuestros debe haber ganado un par de ligas. Para sentir que hemos aprovechado el tiempo viajando cientos de kilómetros debe ser un tipo reconocido y, además, aportarnos los secretos de su éxito. A pesar de las numerosas cautelas que los ponentes de numerosos clínics introducen en sus discursos (“es mi manera de ver las cosas”, “solo es una visión más”, “no pretendo sentar cátedra”) el espectador ansía claves, titulares, ejercicios que poner en funcionamiento en la próxima sesión, aunque estos persigan un objetivo no previsto en la planificación.

Olvidamos que no es tan importante el qué como lo es el cómo. Obviamos que entrenar es, ante todo, un acto de comunicación y que un mismo mensaje puede ser recibido de manera muy distinta en función de su articulación, pero también del vínculo que une al receptor con el emisor. Me niego a pensar que los diferentes resultados obtenidos por distintos entrenadores con las mismas plantillas se basen principalmente en que uno haya leído un artículo titulado “Las diez claves...”y el otro no.

Todo ello sin intención de refutar que existan diferentes teorías del entrenamiento y concepciones del juego, unas mejores que otras, y diferentes grados de conocimiento y experiencia, unos mayores que otros. Pero no, igual que para adelgazar no basta con leer un artículo que contenga cinco o seis recetas milagrosas, para aprender de un gran entrenador no basta con escucharlo o verle dirigir un entrenamiento. El gran aprendizaje pasa por comprender cómo se planificó, rediseñó y se edificó, ladrillo a ladrillo, el edificio al que debe parecerse un buen equipo a final de temporada. Y para ello no hay diez claves, ni cinco. Tal vez, si acaso, una que contiene un centenar: Sabia acumulación de experiencias. Y en la anterior frase, por supuesto, lo esencial es el adjetivo.


UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Que lo que el baloncesto ha unido...






Hoy es uno de esos días en los que el gris del cielo se basta para explicar el sentimiento que embarga a la familia del baloncesto en Salamanca y, más concretamente, a la del club en el que tengo la suerte de trabajar. Una luctuosa noticia nos ha rescatado de la común creencia de que todo seguirá igual cuando nos levantemos, de que seguirán ordenadas las calles y de que resistirán, a nuestro lado, para siempre, los seres queridos. Suspendidos en el éter de lo cotidiano, narcotizados por el constante flujo de banalidad, secuestramos la idea de la muerte concediéndosela únicamente, a modo de dudosa gracia, a ese otro, lejano y desconocido, al que no le ponemos rostro y por el que no podemos sentir dolor alguno.

Sin embargo, pese al duelo implícito a la noticia, alivia, al menos, poder comprobar el efecto unificador que tienen estos tristes acontecimientos, ver cómo suspenden durante un tiempo el curso de rivalidades que solo percibimos como absurdas (aunque lo sean por definición) en estos días fatalmente señalados. Por fortuna, en el mundo del baloncesto, el cainismo admite límites y no nos impide reconocer, aunque debamos esperar (en virtud de nuestra estúpida pero inseparable condición humana) a un trágico desenlace, que es mucho más lo que nos une que lo que nos separa.

Todo esto me lleva a hablar de la amistad; ese sentimiento que sobrevive a matrimonios e infidelidades, a despidos y fracasos empresariales. De la amistad que surge, en este caso, dentro de la fraternidad que aspira a ser un equipo de baloncesto; un buen equipo, matizo. Pienso en los lazos que unen a los miembros de esos conjuntos universitarios estadounidenses, capaces de reunirse años más tarde para recordar sus victorias y sus derrotas. Pienso, y me emociono, en esa promoción de North Carolina State reunida para conmemorar el aniversario de la muerte de un amigo y para recordar, de paso, la figura de ese vitalista enamorado del baloncesto que fue siempre Jim Valvano. Y pienso en Mike Krzyzewski, Coach K, acompañándole en su cama de hospital, tras haber librado innumerables batallas en la cancha al frente de Duke.



Y pienso en Audie Norris, en sus lágrimas en el funeral de Fernando Martín, con quien compartió, además de numerosos rasguños y empujones, una gran pasión. Y en Magic Johnson portando debajo del chándal de los Lakers la camiseta de Larry Bird el día en que la camiseta de éste pasaba a formar parte del cielo del Garden. Y se me viene a la cabeza, también, la amistad entre Vlade Divac y Drazen Petrovic, inútilmente segada por la guerra y una lucha de banderas que nunca debió quebrar lo que el baloncesto había unido. Cuánto se arrepiente aún, Vlade, de no haberse podido reconciliar a tiempo… Y lamento lo poco que, en general, cuidamos de este bien que es la amistad, lo mucho que nos dejamos llevar por las imposiciones de la agenda y por las prebendas de la modernidad. Lamento que detrás de cada intento por generar un vínculo irrompible se esconda la sombra de la suspicacia, la reserva mental, el as bajo la manga. Me duele que se impongan menudencias y que estas hayan hecho de la soledad una de las grandes enfermedades de nuestro tiempo.



Finalmente, me pregunto, como entrenador, cuál es mi papel en la enseñanza de este valor, cuánta importancia le brindo a la construcción de afinidades, a la incentivación de la camaradería en los equipos que entreno. Me cuestiono cuánto sé sobre la amistad y si la he cultivado lo suficiente durante mi vida como para poder permitirme enseñarla. Hoy, en un día triste, aprecio con más fuerza este valor que el baloncesto irradia de forma natural y que el hombre, parafraseando el rito, no debe separar. Y, por favor, que no tenga que venir la odiosa muerte a recordárnoslo.


UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Rafael...Nadal







Me quedo con ganas de escribir sobre Rafael Benítez y es que su nombre es el de todos los entrenadores del Real Madrid que no enamoraron a las estrellas, el de todas las mascotas que no mearon del modo en que le gusta a Florentino. Su método, lleno de ecuaciones y algoritmos, se ha mostrado ineficaz para conquistar el Hollywood futbolístico, más amante del “laissez faire” y del polvo improvisado. Ahora, mientras hace las maletas, echa de menos esa modesta oficina desprovista de objetos de oro o plata, ese humilde rincón perfumado con gotas de sudor y lleno de manchas de café que no se limpian por respeto a los anteriores inquilinos. Ahora, pocas horas después del afectuoso recibimiento de la afición valencianista, echa de menos aquel “you´ll never walk alone” que inundaba las noches de Liverpool. Más aún después de escuchar en sueños la voz carrasposa de Sabina cantando aquello de “la muerte viaja en ambulancias blancas...”.

Pongamos que, sin embargo, he decidido escribir de Rafael Nadal, protagonista del primer Informe Robinson del año. En este programa –sensacional, por cierto– se sincera acerca de los problemas mentales que le llevaron a parecer vulgar durante amplios períodos de la pasada temporada, sobre el miedo que le atenazaba y la ansiedad que le impedía controlar sus emociones. Con esta demostración de conocimiento de sí mismo revela, en cambio, una de las grandes facetas que nos hace admirarlo y que, al mismo tiempo, nos pone en nuestro sitio como limitados espectadores de un ser excepcional.

Disfruto entrenando porque tengo la motivación de jugar bien de nuevo, afirma Rafa, viva –y real– encarnación de Sísifo, al que muchos de nosotros tildaríamos de infeliz al estar castigado por Hades a elevar durante una larga jornada una pesada roca a lo largo de la vertiente de una montaña sabedor de que al final se le resbalará de las manos. La lucha por llegar a las cumbres basta para llenar un corazón de hombre. Hay que imaginarse a Sísifo feliz, nos decía Albert Camus en su obra El mito de Sísifo. Rafa, desde luego, lo ha hecho.

Y es que igual que Rafa valoraba diferentes factores como posibles causas del bajón de juego, Toni, de un modo tal vez excesivamente simplificador, lo resumía de la siguiente manera: La intensidad ha bajado, los resultados han bajado. Nos lo dice también en la obra Sirve Nadal, responde Sócrates, en la que el tío de Rafa figura como coautor junto al filósofo Pere Mas, La virtud (areté) se puede enseñar, ya que nace del hábito y la costumbre (ethos), lo que equivale a decir que la virtud es un asunto que concierne a la educación (paideia), por lo que parece recomendable adoptar los buenos hábitos desde la infancia (página 70).

Hablando de Toni, lo reconozco, fui uno de los muchos que, durante la pasada temporada, viendo a Rafael Nadal competir sin coraje, atenazado ante la presión y sintiéndolo pequeño, muy pequeño, al otro lado de la red durante los puntos decisivos, pregoné entre mis amigos la necesidad de un cambio de entrenador. El propio Toni, durante el programa, reconoce que quizá sus mensajes, por repetidos, han podido perder fuerza o vigencia, pero al mismo tiempo, proclama una gran verdad: Igual que no me atribuí el mérito de los Grand Slam que ganó, sería muy soberbio por mi parte atribuirme el presunto demérito de que ahora no los gane. Y ambas cuestiones son ciertas, pero nadie mejor que Rafa para saber qué es lo que toca ahora, cuál ha de ser la trama del siguiente episodio de su carrera.

Porque, entre otras cosas, Toni enseñó desde muy pequeño a Rafael a saber esperar. A saber esperar y a no poner una excusa como parapeto: a no escudarse en el estado de la pista, en la altura de la red o en la presencia de viento. A buscar la diversión en el trabajo, y no al contrario. A respetar y hacerse respetar por el rival. A conocerse y superarse. A jugar a zurdas, siendo diestro, para que su mejor golpe coincidiera con el peor de muchos rivales (el revés alto). A liftar la bola para que sus oponentes tuvieran que buscarla en el cielo para golpearla. Y a sobrellevar con naturalidad y sin afectación el éxito.

Por todo esto, siento decirle, querido lector, que ni usted ni yo, impacientes, poetas de la excusa y amantes de los placeres mundanos, podremos ser nunca Rafael Nadal. Ojalá que, al menos, podamos disfrutarlo unos cuantos años más.




UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Setenta en 2015






Setenta veces siete pido perdón por cada una de las setenta entradas que con esta han salpicado con tinta virtual este diario durante 2015. Setenta por no dejarlas en sesenta y nueve, número redondo y simbólico, pero poco conectado con el perfil más bien escarpado de este diario y su autor. Setenta entradas que, partiendo de la órbita de un balón de baloncesto, tomaron derivadas inesperadas adquiriendo rumbos no siempre queridos. Setenta entradas de las que, agrupadas temáticamente, rescataré a modo de resumen las que más me gustaron.

En 2015 quise airear los cajones de mi habitación y extraer de entre las pelusas y el polvo la pedagogía asociada a la formulación de dilemas en un par de entradas de diario que invitaban a la reflexión y al diálogo. También, después de ver Wiplash, la película basada en la descarnada lucha de un aspirante a baterista, quise compartir mi opinión sobre la crisis de las vocaciones. Meses después, tras leer la obra de Ramón Gener, Si Beethoven pudiera escucharme, extraje un cuento que él mismo incorporaba para reflexionar sobre la creatividad y relacionarla, a posteriori, con la enseñanza del baloncesto. Por último, para no firmar en noviembre mi primer mes en blanco después de más de cinco años, tuve que inventarme un pequeño juego con mi equipo infantil para poner a prueba la honestidad de los jugadores y el pacto de confianza que hemos establecido. Todo para hablar del baloncesto en su faceta más didáctica. Todo para hablar, en definitiva, de educación, en un país donde todos estos temas se resuelven a base de decreto y sin abordar las cuestiones de fondo. 41-32 fue el marcador.

En esta misma línea, quise recuperar también la línea trazada por los grandes maestros. Si Billy Wilder escribía los guiones para sus futuras películas en un despacho presidido por un gran cartel que rezaba “¿Cómo lo haría Lubitsch?” todos los entrenadores deberíamos planificar nuestras temporadas y nuestra toma de decisiones con un lema parecido siempre en mente. En mi caso, y en este caso el blog sirve tanto de radiografía como de manifiesto, pienso que John Wooden, Mike Krzyzewski y Gregg Popovich deben ser los tres grandes referentes. Todo para poder triunfar al recibir, cerca del final de una carrera o de la propia vida, el cariño que el mundo del baloncesto le expresó a Jim Valvano poco antes de morir y que tan bien recoge el documental Sobrevive y Avanza. O todo, simplemente, para que pasados unos años, sigamos recibiendo una llamada cuya primera frase sea: qué tal entrenador.

En este año que termina escribí también sobre actuaciones que me emocionaron. Sobre el virtuosismo de los 37 puntos en un cuarto de Klay Thompson, sobre los valores que hay detrás de los 40 puntos de Pau Gasol en la semifinal del Eurobasket y sobre el heroísmo de la victoria de los Clippers ante los Spurs en el playoff de la mano de un Chris Paul haciendo las veces de un Héctor resucitado. En la previa de las finales hablé también del gran villano de la liga y de ese niño al que se hace necesario recordarle cada poco que deje de joder ya con la pelota.



También hubo espacio para los grandes equipos. También, incluso, para uno de fútbol, el Atlético de Madrid, tras su 4-0 en el derby de la capital. No me olvidé de los Spurs a raíz de la victoria de los Patriots, su “alter ego”, en la Superbowl. Y hablando de almas gemelas, aproveché la visita de los Celtics a España para referirme a los paralelismos que de modo natural se establecen entre ellos y el Madrid, un Madrid, por cierto, en el que Laso obtuvo al fin el premio al no siempre valorado talento de “saber esperar”. Por supuesto, en el año de los Warriors, no pude evitar comparar su juego con el de otros grandes equipos, de este y otros deportes, en la entrada que titulé “El baloncesto total”.

Por lo que a mí respecta, seguí formándome de manera más o menos activa. Lo hice en la semana de entrenadores a la sombra de Porfirio Fisac en Valladolid y también de regreso a Zaragoza para el máster de táctica, donde además tuve la gran oportunidad de exponer los resultados del proyecto de investigación del CES 2014. Además, aunque de manera muy precaria, a través de vídeos de los que sentiré vergüenza –espero– el día de mañana, quise explorar mi vena divulgadora hablando de los Spurs y el pase, de Curry y Carmelo y sus habilidades en el uno contra uno, de la defensa del futuro que representaron, aunque solo fuera el año pasado, los Milwaukee Bucks, y de nuevo, del juego de pick and roll de los San Antonio Spurs. Además, rescaté la sección más longeva de este blog con la octava edición de Aclarando conceptos.



Y saqué a la luz reflexiones de fondo de armario que no interesan a nadie, y menos en Navidad. Y busqué la solución en la catedral de Burgos, en la redefinición de la oferta televisiva o en el replanteamiento del lugar que ha de ocupar el baloncesto en el sistema educativo. Y divagué, y caí en incoherencias y paradojas –esas que no se perdonan en esta sociedad tan perfecta que no duda ni a la hora de autodestruirse–. Y no convencí. Y fracasé como lo hacía Scott Fitzgerald en comparación con Hemingway, pese a que su prosa era tal vez (seguro) más profunda y delicada. Y reclamé, de manera cuanto menos osada, cada vez que le di al botón “publicar”, un lugar en la vida privada de muchas personas. Porque uno escribe para que lo lean, aunque escriba lo que le dé la gana. Como es el caso.


UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Los caminos no tomados




"Dos caminos se bifurcaban en un bosque y yo, yo tomé el menos transitado. Y eso hizo toda la diferencia". (Robert Frost en El camino no elegido)


Hace poco reflexionaba, en el marco de un seminario de escritura de no ficción, sobre el peso de los hechos que, en nuestra biografía, nos afectan por no haber sucedido nunca; por haber sembrado una expectativa que nunca germinó. A esta colección que incluye aviones y trenes no tomados, palabras nunca dichas, letras jamás impresas, besos nunca robados o síes que nuestros miedos transformaron en desoladores noes, quiero añadir hoy todas esas entradas de diario que bien pudieron haber visto la luz en este 2015 que está a punto de expirar y que, sin embargo, ante la falta de tiempo, por discreción o vergüenza, se quedaron en ese difuso universo de lo intangible e inmaterial.

Bien pudieron irrumpir en este diario las necrológicas de Dolph Schayes, Darryl Dawkins o Moses Malone acompañadas de una reflexión sobre la temprana edad a la que les sobrevino la muerte a estos dos últimos (58 y 60). También pude haber escrito sobre el legado de Bill Ruthridge, ayudante casi vitalicio de Dean Smith o el de Flip Saunders.

También pude hablar, pero no tuve tiempo para armarme del arsenal probatorio suficiente, de las presuntas corruptelas del señor Sáez, presidente de la Federación. Desconozco si sus actuaciones pecaron de mal gusto, de escaso cuidado o de soberbia. Desconozco si son causa suficiente para inhabilitarlo de su cargo y tampoco estoy al corriente de los términos de su enfermedad. Quiero ser cauto, pero exijo, como último miembro de toda esta cadena alimenticia en la que, como sucede en el mundo, unos pasamos hambre y otros se atiborran, una explicación. Sí, quiero transparencia. Deseo saber cómo se gestiona el dinero procedente de los clubes y de los contribuyentes. Quiero saber en qué se gastan esos fondos, mientras asociaciones deportivas modestas apenas sí pueden asomar la cabeza por encima del agua

No me sorprendió el anuncio de retirada de Kobe. Como tampoco lo ha hecho el nefasto arranque de temporada de los Lakers. La vanidad pudo a la discreción y al final el magnífico escolta no pudo resistirse a que este año se convierta en una suerte de gira homenaje por las diferentes canchas de la liga. Para sorpresa de muchos de mis contemporáneos no está en mi top 10. Le avalan sus largas jornadas de trabajo y su capacidad para anotar, anotar y volver a anotar. En contra la alargada sombra en la que se cobijó para obtener numerosos triunfos y lo destructivo de su afán de notoriedad: su ego le impidio ser un buen líder.

También me hubiera gustado debatir en la distancia con mi admirado Popovich. Hablando sobre el éxito de los Golden State Warriors criticó el abuso del lanzamiento exterior, calificándolo como de una especie de circo. Sin despreciar la posibilidad de que sea simplemente una maniobra para desestabilizar al que se plantea como gran rival de sus San Antonio Spurs en la lucha por la hegemonía en la Conferencia Oeste, creo que Popovich se equivoca. La implantación de la línea de 3 puntos en la temporada 1979-1980 fue un gran acierto. Hizo, sin necesidad de reformas, más grande la cancha y favoreció a su estimado juego interior. Su presencia, además, no es nueva, por lo que si los Warriors son capaces de servirse de esta convención, lo que Popovich debería hacer es darles la enhorabuena y, mientras tanto, seguir usando sus armas. Porque si los Warriors apuestan por pivots móviles que puedan subir a la base y distribuir el juego desde allí, los Spurs cuentan con dos de los jugadores interiores más capaces para construir juego desde poste medio. Y nadie les critica por abusar del balón interior. Y la lucha que se planteará, como esperamos y deseamos los aficionados, no será entre la pureza y el circo, sino entre dos estilos diferenciados que, por su nivel de ejecución, marcarán una época.

Por último tampoco quise hablar de mí como sí hacía en otras épocas en las que el diario tenía más de eso, de diario, y menos de ensayo sobre la marcha;cuando era más egocéntrico y menos pretencioso. No quise relatar lo feliz que abandoné el campeonato de selecciones provinciales de Castilla y León tras ver competir magníficamente al grupo de niñas prealevines que representó a Salamanca con orgullo y absoluta devoción por el juego. Tampoco las dificultades que me encontré con el infantil de Santa Marta, durante la temporada pasada, al ser incapaz de crear un grupo con la disciplina suficiente como para poder competir a escala autonómica. Y más recientemente, tampoco quise dejar cuenta de mi incorporación al Club Baloncesto Tormes en el que, por el momento, me hallo muy feliz y satisfecho con la implicación de los chavales, también infantiles, que entreno.

Y tampoco escribí la crónica del triunfo de Duke. Ni ahondé en la magnífica temporada del Real Madrid o en el magnífico arranque del Valencia Basket. Ni valoré suficientemente el bronce de la selección femenina absoluta o los múltiples triunfos en cantera, con mención especial al que lograra, una vez más, José Ignacio Hernández, mi paisano, con la sub-20 femenina. Ni volví a hablar de Pau Gasol tras su exhibición ante Francia, cuando el mayor de los Gasol sigue siendo el mejor pívot de la liga y el tipo mejor educado de toda la NBA.

Y tampoco escribí una entrada, y esto sí que me duele,, dándoos las gracias por estar ahí,cerca o en la distancia, pero comunicándonos siempre en el mismo idioma: el del baloncesto. Así que, brindando por todos esos caminos no tomados, me despido y os doy las gracias.


UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Debates nada inocentes





Últimamente estoy haciendo lo que nunca se me pasó por la cabeza durante mis años de universidad: colarme en una clase que no me corresponde. La celebración del curso de nivel I de entrenadores de baloncesto me está permitiendo escuchar las lecciones de los mejores técnicos de la ciudad y el diálogo que estos entablan con los que pretenden serlo de aquí a unos cuantos años. Durante estos seminarios, las cuestiones metodológicas se mezclan con aquellas otras de corte más bien conceptual partiendo siempre de la base de que “casi todo vale” o de que “cada cual puede mantener su posición”. Sin embargo, estas afirmaciones, siendo necesarias para dotar al discurso del pertinente tono de humildad, son rápidamente matizadas por la presencia más o menos perceptible de los espectros de los padres de la estadística, la geometría o la biomecánica moderna. Por no hablar de los de la psicología, la preparación física, la sociología y otras ciencias auxiliares de las que el entrenador debe conocer al menos unas nociones básicas.

En el curso de estas charlas se dejan caer algunas afirmaciones cuanto menos susceptibles de abrir nuevos debates y yo, ante la necesidad de seguir llenando de contenido este diario, he tomado nota.

1. ¿Ganar o formar?

1.1. Las defensas zonales en categorías de formación.
1.2. La asignación de roles en la búsqueda de la mayor efectividad del equipo ahora y sin vistas al futuro. (“Este no tira”, “jugamos para este”).
1.3. El uso mayoritario de sistemas como herramienta de control del entrenador sobre el juego por conceptos, mucho más complejo de enseñar, con mayor protagonismo de los jugadores y con, tal vez, peores resultados en el corto plazo.

2. El papel de la técnica individual.

2.1. “La técnica individual no existe” (Alberto Miranda). Es decir, no se debe entrenar descontextualizada, sin que el jugador comprenda su aplicación inmediata en el juego.
2.2. La técnica individual aplicada como tendencia reciente. No entrenar recursos que un jugador no vaya a emplear en el partido.
2.3. Los jugadores y los entrenadores deberían intervenir en la elaboración del reglamento, algo que ha venido quedando en manos del Comité Técnico de Árbitros de la FIBA.

3. Los entrenadores.

3.1. La escasa ambición y capacidad de autocrítica del nuevo entrenador.
3.2. El amateurismo. La dificultad para conciliar la tarea de entrenador con las otras fuentes de ingresos, vida familiar, vida social,…
3.3. ¿Un gremio? ¿Nos coordinamos como tal? ¿Compartimos información? La lógica de los clubes frente a la lógica de los entrenadores.

4. El papel del baloncesto en el marco de la nueva “cultura del ocio” (este es de mi cosecha)

4.1. ¿Qué valor debe aportar el baloncesto en el marco socioeconómico actual? ¿Deben volcarse los esfuerzos financieros en su dimensión mediática como espectáculo o más bien en su vertiente educativa como complemento en la formación?
4.2. La necesidad de fidelizar futuros “consumidores” de baloncesto. ¿Cómo implantar una cultura de baloncesto aprovechando los éxitos de nuestra selección absoluta? ¿Qué medios emplear para esta difusión?

Debates necesarios a los que nos deberíamos plantearnos darle respuesta. 

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Lo que ya sabíamos




Hasta Rajoy lo intuía cuando la mañana después de encajar la primera hostia de la semana pasada, se dedicó a caminar en la cinta: el ejercicio físico repercute favorablemente en el rendimiento. Lástima, para el presidente en funciones, que no directamente en los resultados electorales. Un reciente estudio de la Universidad Internacional de Valencia y del que los medios se han hecho eco en días pasados, ha venido a confirmar lo que en su día concluyeron otras instituciones en España y también en el extranjero.

La capacidad cardiorespiratoria y la habilidad motora están relacionadas con el rendimiento escolar”, afirma Francesc Llorens, cabeza visible del estudio. Resulta que el ejercicio se correlaciona de manera directa y positiva con la generación de neurotransmisores y con factores de crecimiento cerebral que a su vez fortalecen las conexiones neuronales que facilitan la memoria y el aprendizaje. Y si dos de las facetas que nos identifican como especie dentro del mundo animal son nuestra capacidad de razonamiento y nuestra habilidad para crear recuerdos, el resultado de este estudio no puede ser tachado en ningún caso de intrascendente.

Una mejor respiración alienta la comunicación entre las células y, por otra parte, la habilidad motora favorece la concentración”, relataba en este caso Irene Esteban-Cornejo, coordinadora de unestudio semejante llevado a cabo en el marco de la Universidad Autónoma de Madrid en 2014 y en el que la muestra superó el número de dos mil estudiantes. Por su parte, en el Reino Unido, el Estudio Longitudinal Avon de Padres y Niños también conocido como “Niños de los 90”, en el que se hizo un seguimiento de más de 14.000 chicos y chica nacidos en 1991 y 1992, fue aún más lejos al concluir que había un efecto dosis/respuesta, es decir, que “cuanto más intenso era el ejercicio realizado, mayor era el incremento de las calificaciones”. Acompañaba todas estas proposiciones con un argumentario neurológico muy sesudo del que soy incapaz de extraer una pequeña síntesis sin incurrir en errores de bulto, pero del que se deducía muy fácilmente la misma tesis del resto de estudios.

Esto que han venido a demostrar instituciones de gran prestigio es lo que muchos ya intuíamos. Las mejoras atencionales, en la capacidad espacial y las no mencionadas en estos estudios relacionadas con las habilidades sociales, en el caso de los deportes de equipo, no necesitaban del respaldo de ningún estudio para su sostenimiento. En muchas ocasiones, y sin querer desprestigiar el bendito oficio del magisterio, el patio y el pabellón han servido como correctores de conductas desviadas que la escuela no hace más que reforzar con lo esclerótico de su forma y lo oscuro de su fondo y su discurso. Cada día, un muchacho estresado o aburrido, encuentra sentido a su infancia correteando detrás de un balón, colaborando con un compañero y tratando de conseguir un reto, aunque como le sucede también al horizonte, se desplace al mismo ritmo que sus intentos por alcanzarlo.

Así que ya lo saben, muévanse e inviten a sus hijos a que organicen su apretada agenda marcada por los deberes escolares, el chat de WhatsApp y la videoconsola, para que quede en ella un espacio de tiempo para correr y saltar. Recuerden, si no, lo mucho que les puede ayudar esto a pensar y que pensar, después de todo, no está tan mal.


UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Not that far






Para los primeros colonos que se hicieron al camino con la intención de conquistar el oeste, este punto cardinal simbolizaba lo lejano y lo desconocido. Para los amantes de las películas ambientadas en los desiertos de Texas, Nuevo Méjico o Arizona, el Oeste representa una tierra sin ley donde la supervivencia se gana con las armas y en la que vaqueros e indios suceden a los héroes tebanos o troyanos en una suerte de épica contemporánea. En cualquier caso, el Oeste está rodeado de leyenda y mitología, igual que sucede en el baloncesto.

Y es que alguno de los equipos más mitificados de la historia de nuestro deporte sientan sus raíces en estas tierras más allá de las Grandes Llanuras, a barlovento o sotavento de las Rocosas. La Blazermania se instaló durante los años 70 en la ciudad de Portland como lo hiciera el Showtime en la megalópolis de Los Angeles durante la siguiente década. Famosos fueron también los Jazz de la dupla Stockton y Malone, así como los Kings de la tortilla de patata (Bibby, Christie, Stojakovic, Webber, Divac,...), que diría Montes, o de nuevo aquellos Blazers de Rasheed Wallace, Pippen, Stoudamire, Sabonis, Randolph, Bonzi Wells,... que igual que terminaron siendo asociados por su carácter macarra, bien podrían haber sido recordados por su buen baloncesto. Durante muchos años el Oeste fabricó equipos caracterizados por su baloncesto vertiginoso y su inevitable fatídico destino. Y es que a los Jazz, los Kings y estos Blazers habría que unir a los Suns liderados por Steve Nash, a los Sonics de Payton o Kemp y, por supuesto, a los Lakers de Baylor (jugador con mayor número de finales sin anillo), West (único MVP de las finales que no consiguió el anillo) y Chamberlain, un equipo que habría podido marcar una época de no haber sido por la presencia constante de la maquinaria céltica, tal vez más roma y menos brillante, pero sin duda mejor engrasada.

El cambio de siglo vino a alumbrar una tendencia claramente marcada por la supremacía del Oeste. Con Phil Jackson cambiando el viento de Chicago por el sol de California a la sombra de Shaquille y de Kobe, los Lakers del “threepeat” sentaron las bases de dicho dominio. Lo hicieron de la mano de los intermitentes Spurs; intermitentes, digo, porque se dedicaron a ganar anillos solo en los años impares. Solo Pistons, Heat y Celtics lograron inmiscuirse en este festín hasta que los de Miami se hicieran con la tripleta formada por Wade, Bosh y Lebron, pero ni siquiera sus títulos consiguieron alterar la lógica de poder de un tablero claramente descompensado. Los datos son esclarecedores en este sentido. Desde que comenzara el milenio solo en una temporada los equipos del Este registraron un balance mejor que los equipos del Oeste. Y si nos aproximamos en el tiempo a nuestros días, es escalofriante el récord de 547 a 353 partidos a favor del Oeste en los dos últimos años. Un 61% de victorias que resultaba más descorazonador si cabe al ser la NBA una liga cuyos mecanismos están llamados a equilibrar las tendencias y buscar la igualdad de oportunidades.

Este año, como por arte de magia, después de cuarenta días de competición, el Este registraba a fecha de 4 de diciembre, una ventaja de 54 a 47 en los partidos frente al Oeste. Además, un vistazo a la clasificación basta para comprobar que los playoffs, por primera vez en mucho tiempo, se encuentran mucho más baratos hacia el Pacífico. Y si bien los 82 partidos terminarán de poner en valor esta aparente mejora, yo me atrevo a concluir que el cerco se ha estrechado y que el Este es, efectivamente, más competitivo que en años anteriores. Y no, no gracias especialmente a la llegada de nuevos talentos vía Draft o traspasos, sino a partir de proyectos que se han ido consolidando en el tiempo como son los de Atlanta, Indiana, Toronto, Orlando o Boston.

Estamos, en cualquier caso, de enhorabuena. El Este ha dejado de ser ese núcleo de baloncesto enjaulado en sistemas conservadores y, desde esta nueva perspectiva, el Far West se nos muestra no tan lejano. Warriors aparte.




UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS