Deliberadamente
en caliente. Así me he propuesto escribir este post. De la misma
manera y a la misma temperatura con la que se gestaron algunos de los
momentos más importantes de la historia del hombre. De haber
reflexionado fríamente sobre las consecuencias trágicas que hubiera
podido acarrear la toma de la Bastilla no estaríamos estudiando hoy
la Revolución Francesa. De la misma manera, el mundo sería muy
distinto si los norteamericanos no hubiesen reaccionado con
vehemencia y orgullo ante el sibilino y alevoso ataque a su base
militar en Pearl Harbour por cuenta de los japoneses.
Por
ello he decidido no contenerme y poner las cartas sobre la mesa. Hace
pocas horas que hemos perdido la final del campeonato provincial
infantil contra los chicos de Salesianas, formados y entrenados,
básicamente, en el Club Baloncesto Tormes, el más grande
(Perfumerías Avenida aparte), en términos económicos y de masa
social, de nuestra ciudad, Salamanca. Lo hemos hecho por ocho puntos,
diferencia que no refleja lo sucedido durante el partido pues, a
falta de poco más de dos minutos, estábamos a sólo una canasta.
Los chicos lo han dejado todo, pero la dura defensa rival alimentada
por un arbitraje que permitió el uso de las manos no nos dejó
desplegar nuestro mejor juego ofensivo.
Hablar
en caliente no significa caer en el empleo peyorativo del lenguaje.
No pretendo rescatar de nuestro rico vocabulario todos esos vocablos,
cientos, pensados para hablar con ánimo de ofender. Tampoco tengo
una lista de jugadas, al más puro estilo Mourinho, para explicar el
porqué de mi enfado e indignación. Son motivos más hondos los que
me llevan a escribir con las mangas remangadas y a regurgitar toda la
mierda que mis chicos han tenido que tragar durante el partido de
esta tarde.
Podríamos
estar horas debatiendo sobre la verdadera importancia de una final
provincial de la categoría infantil. Objetivamente no se trata de un
campeonato de España. Sin embargo, hasta el más insensible mortal,
sería capaz de reconocer la ilusión que mueve a los chavales. Para
ellos es todo un acontecimiento, una cita romántica con el deporte
que más aman.
Quizá
sea parte de la pedagogía que pretenden vendernos desde los colegios
de árbitros. Quizá quieran enseñarle a los niños lo dura que es
la vida antes de tiempo, antes de que una dolorosa relación o un
“amable” profesor se lo deje claro. Preferiría que lo
descubrieran viendo El Buscavidas o leyendo A Sangre Fría y no por
mor de un arbitraje chulesco y malencarado; tan equivocado en el
fondo como descuidado en las formas.
No sé
si le faltaron luces o le sobraron cojones a uno de los árbitros
para acudir con un chándal del C.B. Tormes, el mismo club en el que
entrenan el noventa por ciento de los jugadores rivales. Desconozco
si es una prueba que tienen que pasar todos los aspirantes a árbitros
cuando una vez tras otra son designados para dirigir encuentros en
los que intervienen equipos de su mismo club. Desde un punto de vista
humano no deja de ser un marrón. Si te equivocas para los tuyos eres
parcial. Si lo haces para el contrario un traidor. Éste se aprendió
muy bien aquello de “Roma no paga a traidores” y no quiso
disimular. Ni siquiera con el chándal.
Tampoco
se cortó un pelo el principal, un árbitro veterano con tablas y
experiencia en partidos como éste. Entiendo que de la simple lectura
de la frase interior es imposible deducir la tonelada de ironía que
incluía. El principal resultó ser una joven figura del arbitraje
salmantino, el próximo Betancourt (creo que ahora sí se nota), un
ser íntegro que no dudó en castigarme con una técnica por hacerle
llegar el balón al otro árbitro para acelerar la continuación del
juego. Es cierto que se trataba de un pase de más de quince metros.
Pero el balón le llegó suavemente a las manos. Desconozco si quería
enseñarme la técnica del pase o si le molestó la perfección en la
ejecución. Lo único que sé es que aquellos dos tiros libres y
posesión acabaron por decantar el encuentro a favor del conjunto
rival en una acción tan determinante como la del tapón, con dos
abajo a falta de dos minutos y medio, que supuso la eliminación por
faltas de uno de nuestros mejores jugadores.
Lo
siento, empiezo a parecerme a Mourinho y no era ésa mi intención.
Así, a pesar de que desde mi parcial parecer me siento perjudicado,
no era éste el principal motivo de este post. Lo que no querría es dejar pasar
la expresión con la que se dirigió ese mismo veterano de 18 ó 19
años a uno de mis chicos de 12. Entiendo que todos podemos tener un
mal día, pero ni siquiera después de ser despedido se le puede
decir a un preadolescente: “Pero tú qué protestas subnormal”. Y
aun así no quiero cargar las tintas sobre estos jóvenes árbitros a
los que se les concede el privilegio de dirigir una final. Prefiero
hacerlo contra quienes los eligen.
Se nos
llena la boca hablando de la importancia del deporte de base. Todos
los políticos corren como si fueran críos para hacerse la foto con
los chicos vestidos de corto. Vende mucho decir que se apuesta por la
cantera. Pero no se cuida. No se atiende a las necesidades de ese
material tan sensible que encierra un chico (una chica) de trece o
catorce años. ¿Por qué no aparecieron en el pabellón dos árbitros
veteranos conocedores de las reglas y con la experiencia suficiente
como para evitar el bochorno que se produjo? ¿Por qué se
menosprecia a las categorías inferiores cuando constituyen, en
realidad, la fuente principal de las que se va a seguir abasteciendo
el baloncesto durante los próximos años? ¿Por qué se juega de tal
manera con las ilusiones de estos jóvenes jugadores? ¿Por qué? Que
alguien me lo diga para que pueda dormir más tranquilo.
UN
ABRAZO Y BUEN BALONCESTO (del puro y sin mácula) PARA TODOS