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He Got Game (Una Mala Jugada)



Antes de que el mundial de Turquía monopolice la temática de los post he decidido escribir sobre la última película relacionada con el baloncesto que he tenido la oportunidad de ver.

Jesus Shuttlesworth tiene una semana para tomar la decisión más importante de su vida. El mejor jugador de High School del país tiene que determinar en qué Universidad jugará la siguiente temporada.

Mientras, en la prisión de alta seguridad de Attica, su padre cumple condena por haber asesinado a su mujer, la madre de Jesus en un golpe de mala fortuna durante una riña doméstica. Jake, así se llama, es un frustrado jugador de baloncesto que trató a su hijo con férrea disciplina y rigidez. Ahora, tiene la opción de ver rebajada su condena si consigue que su vástago juegue para la Universidad en la que en el pasado lo hizo el gobernador del estado. Conseguirlo no le será nada sencillo porque Jesús ni siquiera le reconoce tras el incidente en el que falleció su madre.

El baloncesto es tema central de la película. Es la excusa perfecta para reflexionar sobre toda una serie de experiencias que rodean la vida de las futuras estrellas de la NBA. La fama, las mujeres y el dinero son atractivos demasiado fuertes para quien vive en la miseria y desde pequeño sueña con abandonar las profundidades de la Gran Manzana.

El turbio mundo de los representantes y de las compañías interesadas se entremezcla con los asuntos familiares. No es fácil tomar decisiones acertadas cuando el epicureismo se asoma a la puerta. No es fácil ser fiel a tus principios cuando el mundo que te rodea te incita a dejarlos guardados en un cajón. No es fácil tener éxito en Coney Island y sobrevivir en el intento.

Por lo que se refiere a los actores, Denzel Washington, en el papel de Jake (padre de Jesús) realiza un papel muy digno aunque, naturalmente, no a la altura de sus actuaciones en Philadelphia o Training Day por poner un ejemplo.

Sin embargo, el personaje principal no es interpretado por un actor profesional. Ray Allen encarna a Jesus Shuttlesworth y se le nota muy cómodo y no me refiero sólo a las escenas de baloncesto.

En la dirección, Spike Lee da muestras de su amor al baloncesto en una obra con sello propio. Su personalidad queda reflejada en variadas secuencias. Uno de los neoyorquinos más famosos del mundo nos enseña las luces y sombras de su ciudad sin complejos y a corazón abierto.

Si no tenéis grandes planes, ver He Got Game puede ser una buena opción para hacer más amena la sobremesa tras alguna comida familiar. No mucho más.

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Tiempo de Miller, tiempo de un killer







Se retiró entre alabanzas. Un “simple” gesto técnico le convirtió en una de las caras más conocidas de la liga, su tiro exterior. Ahora es uno de los mejores comentaristas de la TNT y protagoniza todas las pesadillas de Spike Lee y del resto de seguidores de los Knicks. Sí, lo habéis adivinado, hablo de Reggie Miller.

El 31 de los Pacers tuvo una gran carrera. Promedió 18,2 puntos a lo largo de la misma y se convirtió en el héroe de un Estado que se llama Indiana por no llamarse Baloncesto. A pesar de no ganar ningún anillo su historial cuenta con un Mundial de Baloncesto (Canadá 94) y unos Juegos Olímpicos (Atenas, perdón, Atlanta 96). Sin embargo, a pesar de todos estos logros, se le recordará por ser experto en “matar” partidos en los últimos segundos, en el clutch time que dicen al otro lado del Atlántico. Más aún, su carrera puede resumirse en 8,9 segundos que los buenos aficionados nunca olvidaremos.

Primer partido de las semifinales de la conferencia este de 1995 entre los Pacers y Nueva York. 105-99 a favor de los Knicks. Balón de Indiana en medio campo tras pedir tiempo muerto Larry Brown. Jugada de pizarra para liberar a Reggie y triple en la cara de John Starks y en las narices del pequeño gran director Spike Lee (parte inferior del vídeo, con gorra). 102-105. La remontada seguía siendo utópica. Los Knicks entregarían el balón a su mejor lanzador de tiros libres y partido finiquitado. Al menos eso pensaban todos los que aún permanecían sentados en la grada (muchos habían decidido abandonar con antelación la cancha para evitar los típicos atascos que se forman tanto en la Quinta como en la Sexta Avenida).

Sin embargo, Miller tenía otros planes. Los asesinos son así. No actúan bajo mandatos legales ni mucho menos obedecen usos sociales. Sienten que el destino les ha llamado a cometer crímenes. El que tuvo lugar aquella noche no será registrado en ningún expediente policial, es cierto, pero tortura constantemente el alma de todos aquellos neoyorquinos que desde 1973 llevan esperando para ver a su equipo levantar un panel en lo alto del Madison.

Resulta que Roger Mason no pudo entregar el balón a ningún compañero. Y no sólo eso, no pudo entregar el balón a ningún jugador de los Pacers que no llevara el dorsal 31, lo que hubiera sido un mal menor. El pobre Roger Mason debió pagar la ira de Pat Riley aquella noche. Aún debe retumbar en sus oídos el sepulcral silencio que invadió el Garden cuando Miller recuperaba el balón, salía hacia los 7,20 metros y se disponía a lanzar el triple para empatar el partido. Y entró, aunque eso, supongo, ya todos lo sabiáis.

Y no sólo eso. Los Knicks fallaron su siguiente ataque y en la última jugada Reggie Miller recibió falta, anotó los dos tiros libres y robó más que un partido. Aquella noche se escucharon llantos en un bloque de edificios en Brooklyn. Un pequeño bebé al que su padre había llevado al partido, aún demasiado pequeño para ser consciente de lo que había sucedido, parecía llorar la derrota de su equipo. O eso cabría imaginar. En realidad sus lágrimas simbolizaban la felicidad de saber que estuvo allí, que no se enteró de nada, pero que estuvo allí el día en que Reggie Miller cometió el más bello y cruel de sus asesinatos deportivos.




UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS