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Aprender y enseñar





Ayer, mientras regresábamos de Valladolid, discutíamos sobre la responsabilidad que tiene todo entrenador consagrado con quienes estamos empezando a conocer los secretos del baloncesto. A fin de cuentas no hay entrenador en el mundo que no sea, en cierta medida, el producto de todo lo aprendido a través de sus maestros. En un deporte en el que prácticamente todo está inventado el derecho a la propiedad intelectual es una aberración. Cada uno da lo que recibe, luego recibe lo que da. O así debería ser. Y si de maestros que absorbieron todo lo que les enseñaron tenemos que hablar, un nombre acude enseguida a mi cabeza.

Primero jugador, después alumno y más tarde profesor. Antonio Díaz Miguel no quiso saltarse ninguna etapa en su desarrollo profesional. Jugador de Estudiantes y de Real Madrid, con apenas 1,85 metros de estatura, Antonio ejerció de honrado profesional y pívot batallador hasta el punto de ser convocado en varias ocasiones para defender los colores rojigualdos de la camiseta del equipo nacional.

Con esas gafas que le cubrían medio rostro y con esa caída de ojos que dibujaba una faz inigualable, Antonio Díaz Miguel convirtió a la selección española en el equipo de referencia de todo el país. Finalizado el mes de mayo todos los aficionados se desprendían de la camiseta de sus particulares clubes y se enfundaban, orgullosos, la del equipo que deslumbró al mundo a altas horas de la madrugada cuando en 1984, después de vencer a Yugoslavia en Semifinales, se plantó en la final de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles para desafiar el dominio norteamericano. 



El propio Antonio, en su discurso de entrada en el Hall of Fame de Springfield, reconoció sentirse en deuda con todos y cada uno de sus maestros, con profesores de la más alta escuela y nombres que reconocería hasta el más ignorante de los comunes. Fueron ocho minutos de recordatorio y homenaje sincero a quienes le abrieron las puertas de sus casas y no tuvieron miedo ni recelo alguno a la hora de transmitir secretos seculares a un extraño de dudosa procedencia, a un español por el mundo que luego, en su país, integraría todo lo aprendido para conformar un método revolucionario que pillaría desprevenidos a los antiguos iconos de los banquillos en España. 



John Wooden, Dean Smith y Bobby Knight suman catorce títulos universitarios, innumerables presencias en la Final Four e infinitas aportaciones al mundo de la canasta a modo de innovaciones y detalles que han hecho del baloncesto un deporte más atractivo. Por ello, entre otras cosas, la misión de Antonio Díaz Miguel no se detuvo en la victoria, en la consecución de trascendencia más o menos efímera de éxitos deportivos. Antonio entendió desde el primer día que el baloncesto está por encima de cada uno de nosotros y que por muy grande que sea un deportista, nunca podrá situarse a la altura del propio deporte. Es por ello que todos sus esfuerzos se dedicaron a la promoción del baloncesto, al patrocinio de una filosofía en la que no importa sólo el resultado, sino también el modo de hacer las cosas. 



Apostando por un baloncesto rápido con veloces circulaciones de balón, Antonio Díaz Miguel fue durante muchos años la figura más reconocible de nuestro baloncesto, su principal estandarte y guía. Él lo situó en el primer escalón continental con las platas europeas de 1983 y 1987, con el cuarto puesto en el Mundial de Cali de 1982 y, sobre todo, claro está, con la plata ya mencionada de Los Ángeles. Él, a su vez, ejerció de maestro de toda una generación de técnicos encabezada por Lolo Sainz y Javier Imbroda que gobernó los designios de nuestro deporte durante la década de los noventa.

Hoy, veintiocho años después de la gesta olímpica de Los Ángeles, he querido traer a colación la figura de un técnico que transformó y modernizó los principios del entrenamiento, la de un hombre adelantado a su tiempo que se dedicó a honrar la figura de aquéllos que se lo enseñaron todo y a enseñar a aquéllos que como yo, todavía tenemos todo por aprender. 

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